Los delitos de violencia sexual son una norma, pero seguimos tratándolos como excepciones

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Durante los últimos días, la violencia sexual ha estado en la mente de muchos estadounidenses y mexicanos por igual, con una serie de escándalos en ambos países. 

En EU, dos figuras públicas se volvieron noticia por su comportamiento hacia jóvenes y mujeres bajo su esfera de influencia: el gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, y el difunto entrenador olímpico estadounidense, John Geddert. 

John Geddert, ex entrenador del equipo olímpico de gimnasia femenina de Estados Unidos en 2012 fue hallado muerto el 25 de febrero tras ser acusado de múltiples delitos en relación con abusos a jóvenes gimnastas por la oficina de la fiscal general de Michigan, Dana Nessel. Durante esos mismos días, el gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, fue acusado por tres mujeres, entre ellas dos antiguas colaboradoras, de acoso sexual.  

La violencia sexual ha estado en la mente de muchos estadounidenses y mexicanos por igual, con una serie de escándalos en ambos países.

En México, dos hombres poderosos de diferentes orígenes fueron acusados de varios cargos de agresión y acoso sexual por varias mujeres: el antiguo senador Félix Salgado Macedonio y el aclamado diplomático y escritor Andrés Roemer. 

Félix Salgado Macedonio, favorecido por el presidente López Obrador para convertirse en el próximo candidato a gobernador de Guerrero, ha sido acusado de violencia sexual y violación por cinco mujeres. Mientras crecía el rechazo de millones de mujeres mexicanas a la candidatura de Salgado Macedonio, el ex embajador de buena voluntad de la UNESCO Andrés Roemer se enfrentó a acusaciones de 11 mujeres diciendo haber sido agredidas sexualmente en su casa después de que las invitara a una reunión de trabajo. 

Los detalles que rodean a estos cuatro hombres y sus escándalos son diferentes, lo que tienta a muchos a aislar la violencia sexual que ejercieron como un comportamiento desafortunado, extremo, pero al final, poco común. Sin embargo, existe una conexión entre Cuomo, Geddert, Salgado Macedonio y Roemer, y nos dice algo sobre la base de la violencia sexual.  

1) La violencia sexual es un ejercicio de poder

Aunque estos cuatro hombres tenían antecedentes muy diferentes, compartían un importante vínculo con las mujeres que los han acusado de violencia sexual: tenían alguna forma de poder sobre ellas. Desde oportunidades de empleo, la decisión de qué atleta adolescente podría competir en los Juegos Olímpicos, hasta, en el caso de Salgado Macedonio, algo tan simple como dinero para un taxi. 

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Basilia Castañeda, una de las mujeres que acusó a Salgado de haberla violado, tenía 17 años en 1998 cuando viajó a Acapulco con su novio para reunirse con un político “emergente” del Partido de la Revolución Democrática (PRD), al que estaba afiliada. Castañeda cuenta que, tras perderse accidentalmente en la ciudad, pidió a un taxi que la llevara a casa de Salgado con la esperanza de localizar a su novio. Tras informar a Castañeda de que no estaba allí, Salgado le prometió ayudarla a volver a casa. Su promesa consistió en someterla en un sofá, violarla, y arrojarle un billete de 100 pesos en la cara. 

Uno de los aspectos más insidiosos de la violencia sexual tiene que ver con hombres en posiciones privilegiadas que abusan de su poder. No es casualidad que tantos relatos en los que alguien es repentinamente incapaz de moverse, de salir de una situación, de ejercer su propia voluntad, tiendan a presentar a un abusador que ha puesto a las víctimas, consciente e intencionadamente, en una posición en la que no pueden defenderse, por mucho que lo deseen. 

Este poder va más allá del momento en que se produce el abuso, matizando también las secuelas. El miedo que innumerables mujeres han experimentado a la hora de decir algo después, y el inevitable cálculo de los beneficios frente a las consecuencias de hablar públicamente, dilucidan una dinámica más amplia de desequilibrio de poder. 

Una norma importante, tanto en la sociedad estadounidense como en la mexicana, sigue siendo que los hombres poderosos, exitosos y generalmente respetados son “intocables” por múltiples razones, y para que un incidente de violencia sexual les afecte realmente, tiene que ser “realmente malo” o fácilmente demostrable.

“Todo en el mundo tiene que ver con el sexo, excepto el sexo. El sexo tiene que ver con el poder.” Esta famosa cita de Oscar Wilde es útil para ilustrar cómo el control, la autoridad y la vulnerabilidad se fusionan en escenarios en los que una persona es forzada, coaccionada o manipulada para realizar un acto sexual por alguien en una posición relativa de poder. 

La violencia sexual está incrustada en estructuras que tienden a proteger a los hombres y a exponer a las mujeres, ya sea como mentirosas, estafadoras o como alguien que simplemente “confundió” o “malinterpretó” la naturaleza consensual de un encuentro. Para añadir a Wilde, la violencia sexual tiene que ver con sexo, pero también con poder.  

2) Los depredadores no son creaturas míticas

En los departamentos de Recursos Humanos, en los seminarios de oficina, en redes sociales y en el discurso público, ha surgido una línea popular para explicar la naturaleza sigilosa de la violencia sexual: “le puede pasar a cualquiera”. Se ha convertido en lenguaje común que el acoso y el abuso sexual pueden adoptar diversas formas, atravesando edad, género, raza, etnia, estatus socioeconómico, ocupación y varias otras identidades superpuestas. 

Sin embargo, a medida que aumentan las denuncias de violencia sexual en todos sectores y ámbitos de la sociedad, nuestra idea compartida de quién y qué es un depredador sigue recurriendo a estereotipos hiperbólicos y anticuados. Del mismo modo que muchos siguen entendiendo la violencia sexual sólo como una expresión de comportamientos extremos — un malvado desconocido que viola a una mujer que vuelve a casa a altas horas de la noche — , seguimos pensando a menudo en los depredadores como criaturas mitológicas que disfrutan de lastimar y abusar de víctimas indefensas, alejadas del resto de nosotros. 

Un depredador es un monstruo. Alguien vil e inmoral que existe sobre todo en nuestra imaginación. Sin embargo, estos cuatro casos ejemplifican una verdad más dura: los depredadores están en el mundo, en muchas ocasiones son personajes conocidos, funcionarios públicos, profesionales, empresarios, padres, intelectuales. Los depredadores son simplemente aquellos que siguen perpetrando comportamientos sexuales abusivos a lo largo del tiempo, motivados por diversas razones: porque creen que pueden salirse con la suya, porque lo han normalizado, porque ven a sus víctimas como prescindibles.

Un depredador puede desempeñar funciones importantes en la sociedad durante varios años. Un depredador también puede ser amigo, mentor, jefe, aliado político, socio comercial, padre, pareja. Un depredador puede tener una buena reputación, un buen trabajo, una vida. 

Si dejamos de construir mitos en torno a los depredadores, el espacio entre una mujer brutalmente violada y asesinada que se suma a un número récord de feminicidios en México y la descarada petición del gobernador Cuomo a una joven en una boda de “besarla” mientras le pasaba la mano por la parte baja de la espalda se desvanece. 

Los depredadores de contextos muy diferentes se unen en torno a ideas simples de sus víctimas pasadas y futuras que hacen más sencillo normalizar años de abusos: “ella se lo buscó,” “me señalo que quería algo,” “se resiste por vergüenza,” “no le importa.” Por más aborrecibles que sean, estas ideas son lo suficientemente simples como para ilustrar la noción de que los depredadores no son seres extraordinarios, sino figuras extremadamente banales a las que se les permite subsistir e incluso prosperar como consecuencia directa de lo mítico que se ha vuelto la idea de un depredador “real.” 

Muchas de las mujeres que acusaron a Andrés Roemer se mostraron totalmente sorprendidas por quién resultó ser su abusador en el momento. ¿Puede un escritor, filántropo e intelectual público reconocido internacionalmente ser un “verdadero” depredador? La respuesta es sí, y para que los depredadores sean menos misteriosos e imposibles, debemos estar dispuestos a aceptar que el éxito, la reputación positiva, el poder, la fama, el dinero y cualquier otro significante social que suele proteger a las personas de consecuencias, a menudo pueden facilitar abusos. 

El amigo simpático que te lleva a casa cuando estás demasiado borracha, el jefe que poco a poco equipara tu éxito profesional con lo coqueta que eres, el hombre poderoso que te dice que nadie te creería: estos depredadores no son ficticios, sino personas reales de quienes puedes depender, a quienes puedes conocer, respetar, admirar, y querer. 

3) La violencia sexual es común, y ese es el problema 

Durante siglos, los hombres han sido retratados como seres altamente sexuales, que a menudo tienen un impulso más fuerte que las mujeres para participar en actividades sexuales. Durante mucho tiempo, los estereotipos de género no sólo han sancionado, sino que han defendido variaciones de las mismas figuras: un “donjuán”, un “jugador”, un “coqueto.” 

Cuando se le presionó sobre las acusaciones de violación, Salgado respondió que, de hecho, era “incorregible e impredecible,” haciendo honor a las ideas populares y prevalentes de que los hombres simplemente son hombres, y hay poco que hacer al respecto.

La idea de la violencia sexual como una indiscreción menor, un lapso momentáneo de juicio, un instinto más bajo que casi nunca se materializa, es extremadamente poderosa para minimizar el abuso y el acoso sexual a través del tiempo. La violencia sexual se convierte en un caso extremadamente raro, no en una práctica tácitamente generalmente respaldada. 

La violencia sexual ha estado en la mente de muchos estadounidenses y mexicanos por igual, con una serie de escándalos en ambos países.

Una vez que acciones como la violación, las insinuaciones no deseadas y el contacto inapropiado se convierten en un error humano y no en una serie de acciones intencionadas, entonces muchos se vuelven cada vez más comprensivos con el abusador, que simplemente “se equivocó.” 

Si la defensa de Salgado parece demasiado obvia, la reciente disculpa del gobernador Cuomo ofrece una comprensión más matizada de cómo suele desarrollarse el argumento del “calor del momento”: “Reconozco que algunas de las cosas que he dicho se han malinterpretado como un coqueteo no deseado.” 

Bajo esta lógica, Cuomo, de 63 años, simplemente cometió un error en su forma de hablar. Ya no acosó a una empleada de 25 años preguntándole por su vida sexual y si consideraría estar con un “hombre mayor.” La intención y el albedrío detrás de las acciones desaparecen de repente, y todo es un gran y borroso error. 

Preguntas populares en torno al abuso y acoso sexual suelen ser: “¿Con qué frecuencia pasa esto realmente?”, “¿Qué tan grave fue?”, “¿Quién está tan enfermo como para hacer algo así?”, “¿Quién se quedaría callada durante tanto tiempo?”. “¿Ella es la que está mintiendo?” “¿Está mintiendo él?”

La violencia sexual no es una cuestión de opinión, de “creer” si las víctimas dicen la verdad o no. Sin embargo, así es como muchos en Estados Unidos y en México siguen abordándola. No como norma, sino como eterna excepción.

Crimes of sexual violence are a norm— but we keep treating them as exceptions

During the past few days, sexual violence has been in the minds of many Americans and Mexicans alike, with a series of scandals overlapping in both countries. 

In the US, two public figures made headlines for their predatory behavior towards young girls and women under their sphere of influence: New York Governor Andrew Cuomo, and late US Olympic coach, John Geddert. 

John Geddert, former coach for the 2012 US Olympic women’s gymnastics team, was found dead on February 25 after being charged with multiple crimes in connection with the abuse of young gymnasts by Michigan Attorney General Dana Nessel’s office. During those same days, New York Governor Andrew Cuomo was accused by three women, including two former aides, of sexual harassment.  

In México, two powerful men from different backgrounds were accused of various counts of sexual assault and harassment by multiple women: former senator Félix Salgado Macedonio, and acclaimed diplomat and writer, Andrés Roemer. 

La violencia sexual ha estado en la mente de muchos estadounidenses y mexicanos por igual, con una serie de escándalos en ambos países.

Félix Salgado Macedonio, favored by president López Obrador to become the next candidate for Governor of Guerrero, has been accused of sexual violence and rape by five women dating back as far as 1998. As pushback from millions of Mexican women to Salgado Macedonio’s candidacy swelled, former UNESCO goodwill ambassador Andrés Roemer faced accusations from 11 women saying they were sexually assaulted at his home after he invited them for a work meeting. 

The details surrounding these four men and their scandals are different, which easily allows many to isolate the sexual violence that they engaged in as unfortunate, extreme, and ultimately rare behavior. But there is more to the links between Cuomo, Geddert, Salgado Macedonio, and Roemer, and it reveals something fundamental about sexual violence.   

  1. Sexual violence is an exercise of power

Even though these four men had widely different backgrounds, they shared an important link to the women accusing them of sexual violence — they had some form of power over them. From employment opportunities to deciding which teenage athlete got to compete in the Olympics, to in the case of Salgado Macedonio, asking for cab fare money. 

Basilia Castañeda, one of the women accusing Salgado of raping her, was 17 back in 1998 when she traveled to Acapulco with her boyfriend for a meeting with a rising politician from the Party of the Democratic Revolution (PRD), to which she was affiliated. Castañeda recounts how after accidentally getting lost in the city, she asked a taxi to take her to Salgado’s house in hopes of locating her boyfriend. After informing Castañeda he was not there, Salgado then promised to help her get back home — a pledge that consisted of him forcing her onto a couch, raping her, and throwing a $100 peso bill in her face. 

One of the most insidious aspects of sexual violence has to do with men in privileged positions abusing their power to harm women. It’s not coincidental that so many accounts in which someone is suddenly unable to move, to exit a situation, to exert their own will, tend to feature an abuser that has knowingly and intentionally put victims in a position where they can’t fight back, no matter how much they may want to. 

This power goes beyond the moment in which the abuse occurs, coloring the aftermath as well. The fear countless women have experienced over saying something afterward, and the inevitable calculation of benefits v. consequences on speaking out publicly, elucidate larger dynamics of power imbalance. 

An important norm in both American and Mexican society remains that powerful, successful, and generally respected men are “untouchable” for multiple reasons, and for a sexual violence incident to truly affect them, it has to be “really bad” or easily verifiable.

“Everything in the world is about sex, except sex. Sex is about power.” This now-famous Oscar Wilde quote is useful to illustrate how control, authority, and vulnerability merge in scenarios where a person is forced, coerced, or manipulated into a sexual act. 

Sexual violence is embedded in structures that tend to protect men and expose women, either as liars, scammers, or someone who simply “confused” or “misinterpreted” the consensual nature of an encounter. To add to Wilde, sexual violence is about sex, but it’s also about power.  

  1. Predators are not mythical creatures

Across Human Resources departments, office seminars, social media, and public speech, a popular line has emerged to explain the stealthy nature of sexual violence: “it can happen to anyone.” It has become common knowledge that sexual harassment and abuse can take various forms, cutting through age, gender, race, ethnicity, socioeconomic status, occupation, and various other overlapping identities. 

Yet, as more claims of sexual violence continue to rise across industries and societal spheres, our shared idea of who and what is a predator continues to fall back on hyperbolical, outdated stereotypes. In the same way many still understand sexual violence only as an expression of extreme, senseless behaviors — an evil stranger raping a woman walking home late at night — we still often think of predators as mythological creatures who enjoy hurting and abusing helpless victims, removed from the rest of us. 

A predator is a monster. Someone who is vile and immoral and exists mostly in our imagination. Yet, these four cases exemplify a harder truth: predators are out in the world, on many occasions are known figures, public officials, professionals, employers, fathers, intellectuals. Predators are simply those who keep on engaging in abusive sexual behaviors over time, motivated by various reasons — because they believe they can get away with it, because they’ve normalized it, because they view their victims as expendable.

A predator can fulfill important roles in society for multiple years. A predator can be someone’s dearest friend, mentor, boss, political ally, husband, business partner, parent, significant other. A predator can have a good reputation, a good job, a life. 

If we stop building myths around predators, the space between a brutally raped and murdered woman added to a record number of femicides in Mexico and Governor Cuomo’s cheeky request to a young woman at a wedding to “kiss her” while running his hand on her bare lower back suddenly fades. 

Predators across widely different contexts unite over simple ideas of their past and future victims that make it simpler to normalize years’ worth of abuses: “she was asking for it,” “she signaled that she wanted me,” “she’s resisting out of shame,” “she doesn’t care.” However abhorrent, these ideas are simple enough to illustrate the notion that predators are not extraordinary beings, but extremely banal figures that are allowed to subsist and even thrive as a direct consequence of how high the bar for a “real predator” has become. 

Many of the women who accused Andrés Roemer expressed utter shock over whom their abuser turned out to be in the moment. Can a writer, philanthropist, and internationally recognized public intellectual be a “real” predator? The answer is yes, and for predators to become less mysterious and impossible, we must be ready to accept that success, a positive reputation, power, fame, money, and any other social signifier that usually shields people from consequences, can often facilitate abuse. 

The nice friend who takes you home when you’re too drunk, the boss who gradually equates your professional success with how flirty you are, the powerful figure who says no one will believe you even if you say something — these predators are certainly not fictitious, but actual people you may know, respect, admire, like, and depend on.  

  1. Sexual violence is common, and that’s the problem 

For centuries men have been portrayed as highly sexual beings, who often have a stronger urge than women to engage in sexual activity. For a very long time, gender stereotypes have not only sanctioned but championed variations of the same figures: a “ladies’ man,” a “player,” “a flirt.” 

When pressed about allegations of rape, Salgado replied that he was in fact, “incorrigible and unpredictable” fully playing into popular and prevalent ideas about how boys will simply be boys, and there’s little to do about it.

The idea of sexual violence as a minor indiscretion, a momentary lapse in judgment, a baser instinct that rarely materializes, is extremely powerful to minimize sexual abuse and harassment over time. Sexual violence becomes an extremely rare instance, not a tacitly endorsed practice. Once actions such as rape, unwanted advances, and inappropriate touching become human error rather than an intentional series of actions, then many become increasingly understanding towards the abuser, who simply “screwed up.” 

If Salgado’s defense seems too obvious, looking at Governor Cuomo’s recent apology offers a more nuanced understanding of how the “heat of the moment” argument usually plays out: “I acknowledge some of the things I have said have been misinterpreted as an unwanted flirtation.” 

Under this logic, Cuomo, 63, simply made a mistake in how he spoke. He no longer harassed a 25-year-old employer by asking about her sex life and whether she’d ever consider being with an “older man.” The intention and agency behind actions suddenly disappear, and it’s all a big, fuzzy mistake. 

Popular questions around sexual assault and abuse often go, “How often does this really happen?”, “How bad was it?”, “Who is sick enough to do something like that?”, “Who would ever stay silent for so long?” “Is she lying?” “Is he lying?” 

Sexual violence is not a matter of opinion, of whether you “believe” victims this one time. Yet, that’s how both many in the US and México still address it. Not like a norm, but an eternal exception. 

TW: @daniguerreroo

JGR