Un amor tan puro como el agua

Un amor tan puro como el agua

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‘‘Incapaz de percibir tu forma, te encuentro siempre a mi alrededor.

Tu presencia llena mis ojos con tu amor, hace más humilde mi corazón.

Estás en todas partes.’’

Si existe un director con una peculiar forma de ver el mundo y un estilo único para contar las historias más fantásticas es el tapatío Guillermo del Toro, quien ha estado involucrado en la realización de más de 34 películas entre las que destacan: Cronos (1993), El espinazo del Diablo (2001), Hellboy (2004), El laberinto del fauno (2006) y Pacific Rim (2013) lo que le ha valido un respetable espacio dentro de la industria cinematográfica difícil de superar.

En su último trabajo, ‘‘La forma del agua’’, resalta nuevamente la fidelidad que profesa a sus monstruos desde su adolescencia. Pero el hombre-pez nativo de Sudamérica que protagoniza la cinta ya lo coronó con el León de Oro del Festival de Cine de Venecia, el Globo de Oro como Mejor Director y otros dos galardones como Mejor Película y Mejor Director en los Critic’s Choice Awards que vislumbran un camino dorado para hacerse de su primer Oscar, o tal vez dos.

En un laboratorio de alta seguridad en la década de 1960 —en tiempos de la Guerra Fría y la conquista espacial—, Elisa Esposito —interpretada por la elegante Sally Hawkins— es una joven muda que trabaja haciendo la limpieza del lugar. Pero pronto descubrirá en una misteriosa criatura anfibia que permanece en cautiverio —el recurrente actor Doug Jones—, el más puro de los sentimientos.

El relato fantástico de Guillermo del Toro recuerda el romance de la Bella y la Bestia, pero va un poco más allá, pues expone a Elisa y al activo —así es como llaman al monstruo— de manera inocente y a la vez sugestiva sin caer en la lujuria. Se trata más bien de una aceptación del otro sin palabras, sin importar la forma, que nos demuestra que en el fondo todos sentimos igual.

La empatía con Elisa es casi inmediata, su vida sumida en la rutina —apagar el despertador, cocer huevos, masturbarse en la tina, ir a trabajar, ver televisión con su vecino— parece no tener vestigios de algo extraordinario, siempre transcurre igual. Al menos hasta la aparición de la criatura que instintivamente llama su atención, al reconocerse de cierta forma iguales, hay algo que los conecta más allá de la curiosidad, quizá por intuición. Ambos son seres raros e incompletos ante los ojos de la mayoría, de los normales. Posiblemente se trata de una proyección de su director, pues en una de tantas entrevistas se autonombraba un ‘‘cabrón gordo y raro’’, un freak. Ejemplo de lo anterior son los dos mejores amigos de nuestra protagonista, quienes forman parte de sectores menospreciados en la sociedad: Zelda —la magnífica Octavia Spencer— es una mujer de color, una esposa abnegada, bastante parlanchina, y Giles —interpretado por Richard Jenkins— es un publicista gay. Una muda, una negra y un gay coquetean con el tema político-social para levantar ámpula.

Los cuentos de hadas no son sólo para niños y del Toro acierta con esta maravillosa fábula, en un entorno donde todo se encuentra milimétricamente cuidado. Los tonos verdosos y turquesas que rodean a Esposito juegan entre lo real y lo fantástico, la música de jazz, el homenaje al cine mismo con sus musicales, —y el hecho de que la protagonista vive justo arriba de un menospreciado cinematógrafo— demuestran que a del Toro no se le escapa ningún detalle.

Pero cómo en todo buen relato no puede faltar el malo de la película, quien intentará a toda costa frenar el contacto entre estos dos seres fantásticos. Hablamos del encargado de seguridad de la planta, Richard Strickland —interpretado por Michael Shannon—, un hombre sediento de poder que parece la versión humana y subversiva de la criatura marina quien es en realidad el verdadero monstruo.

La fuerza de la imaginación en ‘‘La forma del agua’’ es contundente, supone la demolición de lo establecido en el subconsciente para dar paso a un universo onírico. El relato fantástico que nos regala Guillermo del Toro eleva las diferencias y demuestra que todo puede cambiar de un momento a otro, y que algunas personas no están predestinadas a ser como las demás. Para quien sabe amar de verdad, la forma no es excusa en el reconocimiento de dos iguales que se funden en un profundo mar de sentimientos.

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