Sobrellevando el hartazgo: el privilegio de quedarse en casa

Daniela Guerrero

Durante las últimas semanas, el hartazgo hacia la inmovible presencia del COVID-19 se ha intensificado en Estados Unidos, con millones lamentando las restricciones de contacto y movimiento que prometían ser temporales y hoy solidifican su permanencia.

Cada vez más personas en posiciones privilegiadas buscan vías alternas al aislamiento estricto, en el nombre del hartazgo.

La renta de propiedades y reservas de hoteles para “escapadas de fin de semana” han aumentado entre quienes conservan empleos y medios. Reuniones “pequeñas” de amigos cercanos, eventos “discretos” y visitas familiares “rápidas” se normalizan, puesto que “no se puede vivir así.”

Hoy, entre quienes tenemos el privilegio de mantener oportunidades de educación y empleo, conservar un flujo de ingresos y no haber perdido a alguien cercano al COVID-19, hay quienes usan el “hartazgo” como excusa para romper el aislamiento con actividades no esenciales.

Hay quienes perciben la pandemia como una afrenta personal, como un plan elaborado para erosionar sus vidas sociales. Como “no se puede vivir así,” cada vez más estadounidenses rompen las reglas, se reúnen con quienes extrañan, planean viajes para combatir el tedio.

Como “no se puede vivir así,” cada vez hay más comentarios sobre lo ridículas e imposibles que son ciertas medidas. Algunos concentran su hartazgo en el uso de máscaras. Otros en la distancia exigida al interactuar con otros. La mayoría, en las restricciones impuestas a actividades que claro que podrían reanudarse, “con precaución.”

Cada persona parece tener un compás invisible y distinto. Operamos bajo teorías convenientes para cada ocasión.

A veces, el contagio se convierte en una abstracción improbable, un destino para otros. A veces, la efectividad de medidas preventivas se pone en duda. ¿Cómo es que un pedazo de tela sobre nuestras bocas y nariz hará alguna diferencia? ¿Cómo es que lavarse las manos compulsivamente ayudará?

A veces, enemistades surgen entre quienes “ya se obsesionaron” y quiénes “ya no tienen miedo” del COVID-19. Algunos abogan por comprar tiempo mientras la vacuna es fabricada. Otros sostienen que la inmunidad de rebaño es la respuesta.

Este tipo de discusiones parecen destinadas a repetirse hasta el cansancio, casi siempre en grupos favorecidos que no reconocen las capas de privilegios detrás de la posibilidad de aislarse.

Para quienes podemos seguir estudiando y trabajando desde hogares seguros, sin miedo a ser desalojados por falta de pagos, y con la garantía de recibir atención médica en caso de enfermarnos, es tentador tomar la pandemia a la ligera. Es fácil concentrarnos en el hartazgo insoportable quepage1image5784432

conlleva interrumpir rutinas diarias, viajes, ritos sociales que dábamos por sentado hasta hace unos meses.

Sin embargo, mientras los números de contagios y muertes ascienden de manera constante en Estados Unidos, el país con más casos en el continente americano, parece que la realidad nos trata de decir otra cosa.

Los más de 4 millones infectados y por lo menos 158,000 muertos parecen recordarnos que el hartazgo es una respuesta egoísta, inferior. Lo peor, es una respuesta completamente sorda al sufrimiento y sacrificio ajeno.

Hoy, estar harto del aislamiento es un privilegio escaso, puesto que, para muchos, la presencia del COVID-19 se ha traducido en la pérdida de la salud e incluso la muerte; en seres queridos perdidos ante una enfermedad desconocida y letal; en una lucha contra el desempleo en una economía contraída; en un trueque injusto entre su salud y la capacidad de sostenerse.

A medida que la epidemia estadounidense se agudiza, la tasa de infección en poblaciones latinas y afroamericanas ha superado con creces al resto del país, demostrando la composición demográfica de su fuerza laboral esencial.

Quienes no tienen la posibilidad de aislarse debido a necesidades económicas, no perciben la pandemia de la misma forma. Para muchos de ellos, quedarse en casa es un lujo del que nunca tuvieron la oportunidad de cansarse.

Mientras las tasas de infección se han mantenido relativamente bajas en condados y barrios acaudalados, en su mayoría blancos, decretos de aislamiento jamás se concretaron para muchas familias latinas y afroamericanas, con miembros trabajando en industrias que nunca cerraron para mantener servicios esenciales, y ahora, para otorgarle a quienes están “hartos” un sentido de normalidad en restaurantes, bares y hoteles.

Uno de los análisis demográficos más recientes del Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades muestra que los latinos representan el 34 por ciento de casos en todo el país, una proporción mucho mayor al 18 por ciento de la población nacional que representan.

Estas disparidades fueron particularmente evidentes en estados altamente poblados, como California, Florida y Texas. En Carolina del Norte, los latinos constituyen el 10 por ciento de la población, pero el 46 por ciento de infecciones. En Wisconsin, el 7 por ciento de la población es latina, representando el 33 por ciento de casos. En el condado de Yakima, Washington, el sitio del peor brote del estado, la mitad de los residentes son latinos.

Si bien muchos estadounidenses se sienten fatigados y frustrados a causa de largos períodos atrapados en sus hogares, un nuevo estudio arroja luz sobre cómo el distanciamiento social es un privilegio otorgado a muy pocos.

Investigadores de la Escuela de Salud Pública Mailman de Columbia han descubierto una tendencia preocupante: en Nueva York, a medida que muchos lugares de trabajo pasaron a trabajar de forma remota para minimizar la exposición al virus, desigualdades entre comunidades buscando practicar el distanciamiento social emergieron.

«Nuestro estudio proporciona evidencia de que las comunidades más desfavorecidas social y económicamente no solo tienen un mayor riesgo de infección por COVID-19, sino que carecen del privilegio de participar plenamente en intervenciones de distanciamiento social, lo que podría agravar las desigualdades de salud ya existentes», dijo la coautora del estudio, Micaela Martínez.

Considerando disparidades en la conectividad y el hecho de que solo ciertos tipos de trabajo se pueden realizar desde el hogar, se estima que solo el 25% de los norteamericanos pueden trabajar de forma remota.

Aunque a veces el encierro resulte abrumador, y sea tentador ver a la pandemia como un fenómeno que nos ataca personalmente, es importante recordar que, si la monotonía de una existencia protegida se convierte en nuestro mayor agravio durante meses que han volcado la vida de tantos de manera irreversible y cruel, somos afortunados.

Antes de tomarnos a la ligera el riesgo de contagio, antes de negar la severidad de la enfermedad, antes de quejarnos o burlarnos, antes de proclamar el fin del distanciamiento social en nombre del hartazgo, es importante reconocer al aislamiento no como sacrificio, sino como exención.

A quienes tienen que salir a trabajar, a quienes han fallecido, a quienes han perdido a sus seres queridos, les debemos más disciplina y menos complacencia.

Ejercer el privilegio del aislamiento con responsabilidad y empatía es quizás la única ofrenda genuina que podemos darle a quienes jamás tuvieron la opción de “hartarse.”

Twitter: @daniguerreroo

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