Luchando contra un jefe “fantasma” en sus teléfonos: Repartidores de aplicaciones de entrega de comida en Nueva York se unen para combatir la explotación a manos de empresas tecnológicas.

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Los repartidores de alimentos fueron considerados trabajadores esenciales durante la pandemia. Sin embargo, durante el último año se han visto privados de servicios básicos como acceso a baños y refugio contra el frío.

Este inicio de año, Gustavo Ajche se esforzó por volver a su trabajo como repartidor después de casi dos semanas sin poder hacerlo. Su bicicleta eléctrica se deslizó por una calle congelada durante la gran tormenta de nieve que cubrió la ciudad de Nueva York a mediados de diciembre, y la caída lo incapacitó para pedalear. “Me dolía todo,” dijo Ajche. “Apenas podía moverme.”

Aunque todavía tenía algo de dolor, el trabajador originario de Guatemala sabía de sobra que no podía tomarse más días para recuperarse. “Las facturas no esperan,” dijo Ajche. “Al menos no me fracturé nada.” El transportista de 38 años se puso el casco, abrochó sus chamarras para protegerse del frío, y volvió a subirse a su bicicleta eléctrica.

Estas pasadas fiestas fueron especialmente duras para Ajche, que terminó 2020 en una nota amarga: lesionado, desanimado, y recordando constantemente sus casi dos décadas como empleado en un restaurante, antes de convertirse en repartidor para aplicaciones de entrega de comida hace tres años. “Antes tenía un patrón humano,” dijo Ajche. “Ahora siento que trabajo para un fantasma en mi teléfono.”

Ajche pasó muchos años trabajando en un par de pizzerías del bajo Manhattan. “Llevaba las pizzas a los clientes, limpiaba un poco, organizaba las sodas, ayudaba en la cocina, de todo un poco.” En su vida anterior a las aplicaciones de reparto, cobraba un sueldo decente y tenía acceso a ventajas sencillas que hoy parecen lujos imposibles, como un baño, cuatro paredes donde calentarse, y un jefe humano con el que podía comunicarse. “Tenía derechos básicos,” dijo Ajche.   

Como trabajador de restaurante, Ajche esperaba con especial ilusión la Navidad, cuando llegaba su bono anual. “Siempre organicé una fiesta, y los chicos traían vino, o panettone, o cualquier otra cosa que nos regalaran nuestros patrones,” dijo el repartidor guatemalteco. “Me sentía como una persona real.” El año pasado, lo más cerca que Ajche estuvo de un bono navideño fue una serie de correos corporativos de las aplicaciones de reparto, agradeciéndole su imprescindible trabajo. “Se me hundió el corazón,” dijo. “Ni siquiera nos consideran empleados, pero están agradecidos”.

Tras más de una década en restaurantes, gustavo ajche se convirtió en "dasher" hace tres años. Foto cortesía de gustavo ajche.
Tras más de una década en restaurantes, gustavo ajche se convirtió en “dasher” hace tres años. Foto cortesía de gustavo ajche.

“Como una Pelea entre David y Goliat” 

En la última década, la repartición de comida se ha convertido en una industria tecnológica de rápido crecimiento en EU, con un mercado proyectado a alcanzar más de 30 mil millones de dólares el próximo año. Cuando las aplicaciones se popularizaron, los restaurantes se vieron cada vez más presionados para asociarse con ellas. “A los propietarios [de restaurantes] se les vendió la idea de que alcanzarían a clientes a los que sólo tenían acceso estas compañías,” dijo Deepti Sharma, fundadora y directora ejecutiva de FoodtoEat, una empresa de catering corporativo centrada en vendedores de grupos minoritarios. “Los representantes de ventas se acercan de forma agresiva a los negocios locales, advirtiéndoles que, si no se asocian y pagan comisiones de hasta el 30%, se quedarán fuera del juego.”

“Los restaurantes dejaron de contratar como antes,” dijo Ajche. Al ver cómo desaparecían sus antiguos empleos, muchos trabajadores migrantes acudieron a las aplicaciones de reparto.

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DoorDash es el jugador más poderoso en el mundo de las aplicaciones de entrega; la empresa con sede en San Francisco posee más de la mitad del mercado estadounidense. El año pasado, comenzó a cotizar en la bolsa, con una valuación inicial de $70 mil millones. “Cualquier empresa que recauda una cantidad tan elevada de capital y luego se hace pública con tanto éxito como lo hizo DoorDash, tiende a tener una personalidad magnética que hace que los accionistas estén dispuestos a invertir miles de millones,” dijo Len Sherman, ejecutivo en residencia de la Escuela de Negocios de la Universidad de Columbia.

El atractivo mensaje de la empresa no se limitó a los accionistas. El fundador y director ejecutivo, Tony Xu, ha dicho repetidamente a clientes por qué creó DoorDash: para ayudar a las pequeñas empresas a crecer y dar a los conductores de la empresa, o “Dashers”, la oportunidad de convertirse en su propio jefe. Ajche, como muchos otros, esperaba un trabajo que le diera libertad, flexibilidad, y dinero rápido. Sin embargo, después de tres años en su carrera como “Dasher,” pasa unas 50 horas a la semana en su bicicleta y rara vez gana más de 400 dólares. “Te quedas en la calle durante horas, esperando que la aplicación te necesite,” dijo Ajche. “Te dan lo que quieren, cuando quieren, y nunca es suficiente.”

DoorDash y sus competidores están creciendo, dicen expertos y activistas, a costa de ejércitos de trabajadores explotados. “Alguien tiene que pagar el precio real de la conveniencia que le ofrecen a los clientes, y las aplicaciones han hecho que los restaurantes y los conductores paguen la cuenta,” dijo Sharma. Otros expertos como Sherman afirman que, dado que las empresas de reparto no tienen un modelo de negocio lo suficientemente fuerte, obtienen sus ganancias cobrando de más a los restaurantes y gestionando un ejército de conductores virtualmente sin costo. “Clasificar a los mensajeros como contratistas independientes es algo que beneficia a este tipo de empresas”, dijo Sherman. “Es matemática simple, es más barato explotar a trabajadores sin beneficios de ningún tipo o garantías laborales.”

La pandemia fue un punto de inflexión para muchos repartidores, quienes han creado “Los Deliveristas Unidos,” un grupo cada vez más numeroso de migrantes latinoamericanos, que, a pesar de no estar legalmente autorizados a sindicalizarse, han presionado a las aplicaciones de reparto para que mejoren sus condiciones de trabajo. Después de meses de calamidades cada vez mayores, incluidas un virus que devastó las comunidades migrantes, nuevos niveles de competencia debido al desempleo masivo, y un dramático aumento de los robos de bicicletas y muertes por accidentes de tránsito, Deliveristas Unidos organizó una protesta el pasado mes de octubre, en la que más de seiscientos repartidores bajaron en bicicleta por Broadway hasta el Ayuntamiento de la ciudad, denunciando el abuso laboral y el robo de salarios. 

On october 15, hundreds of drivers took to the streets for the first time to protest working conditions. Photo courtesy of workers justice project.
El 15 de octubre cientos de repartidores protestaron en las calles por primera vez para exigir mejores condiciones de trabaja. Foto cortesía de Proyecto de Justicia Laboral. Foto de Sol Aramendi.

Con banderas de México y Guatemala, y pancartas exigiendo seguridad y justicia, los repartidores pitaron a favor de un salario mínimo y protecciones básicas. “Fue la primera vez que me di cuenta de que todos podíamos formar parte de un mismo equipo,” dijo Jonán Huerta, uno de los manifestantes, originario de la Ciudad de México. Huerta, de 33 años, ha trabajado para aplicaciones de reparto durante los últimos cuatro años, y dice que pronto se dio cuenta que ser un “trabajador esencial” en la crisis sanitaria no significaba ninguna protección. “Con o sin pandemia, lo único que les importa a las aplicaciones es que la comida esté allí en 15 minutos,” dijo Huerta. “Todo lo demás es tu problema.”

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En los meses previos a la protesta, Deliveristas Unidos había estado trabajando con el Proyecto de Justicia Laboral (WJP), un centro de trabajadores y organización comunitaria originario de Brooklyn. “Estos trabajadores han sido invisibles durante mucho tiempo,” dijo la directora ejecutiva de WJP, Ligia Guallpa. “Pero están en todas partes, haciendo un trabajo muy duro para alimentar a los neoyorquinos.” Tras escuchar innumerables historias de trabajadores que hacían sus necesidades en botellas de agua, perseguían sus bicicletas robadas, realizaban vigilias en la calle por los trabajadores muertos en accidentes de tráfico, y se enfermaban sin dinero para una prueba de Covid-19, Guallpa, hija de un antiguo jornalero, decidió ayudarles a organizarse. “Habían permanecido en silencio, pero las condiciones exacerbadas por la pandemia hicieron imposible quedarse callados.”

El floreciente movimiento laboral liderado por repartidores como Ajche y Huerta se ha esforzado por unir a una mano de obra fragmentada, reticente y vulnerable en torno a la idea de que se merecen mejor trato por parte de estas aplicaciones. Muchos trabajadores y defensores saben que no será fácil. “Es como una lucha entre David y Goliat,” dijo Ajche. “No somos nada comparados con estas empresas multimillonarias.” Compañías como DoorDash tienen una ventaja sobre los trabajadores migrantes exigiendo mejores salarios y condiciones: pueden bloquearlos. “No somos empleados, así que simplemente nos borran y es como si nunca hubiéramos existido,” dijo Huerta.

El Verdadero Cambio es Difícil de Lograr

Ajche dice que es complicado mantener el ritmo de su lucha cuando la gente está asustada de perder su única fuente de ingresos, o incluso de ser expulsada del país. “El dinero y el miedo hacen que sea casi imposible organizarse,” dijo. La organizadora del WJP, Glendy Tsitouras, afirma que el estado migratorio de los trabajadores les hace pensar a menudo que no tienen derechos. “Se han enfrentado a tanta discriminación y a tantos traumas a lo largo de los años, que es mucho lo que hay que superar.”

A pesar de los desafíos, Deliveristas Unidos han conseguido una serie de victorias improbables, como el acceso a vacunas para los repartidores, encuentros con legisladores locales y estatales para presentar sus demandas, y una reciente reunión con DoorDash.

Dos miembros del Ayuntamiento que estuvieron en la reunión del 11 de febrero plantearon la posibilidad de legislar en el futuro para garantizar mejores condiciones para los repartidores, pero no especificaron qué tipo de ley buscarían. “Seguiremos facilitando más reuniones, así como desarrollando una legislación que garantice que los repartidores sean tratados como los trabajadores esenciales que son,” dijo la concejal de Nueva York Carlina Rivera. El candidato a la alcaldía, Carlos Menchaca, calificó la reunión como “esclarecedora,” pero dijo que hay que trabajar mucho para que las empresas asuman las indignidades que sufren los transportistas.

Aunque la esperanza de cambio es grande, las demandas presentadas por Deliveristas Unidos siguen sin ser atendidas, incluyendo los límites de peso para entregas de otros artículos, equipo de protección personal, ventanas más largas para pedidos lejanos, transparencia sobre el sistema de puntuaciones, y formas de comunicarse con la empresa para apelar a los despidos injustificados y a las discrepancias en propinas.

Los repartidores y sus simpatizantes afirman que llevan varios meses denunciando estos problemas. “Hemos estado en muchas reuniones con políticos locales, los consulados de nuestros países de origen dicen que hablarán con la ciudad, las aplicaciones envían correos electrónicos prometiendo mejorar las cosas, pero los cambios reales nunca llegan,” dijo Huerta. “Ha pasamos un invierno muy duro y nunca conseguimos refugio,” dijo Ajche. “Incluso pedir un baño ha sido como exigir algo imposible.”

El conductor mexicano césar solano ha llevado grandes bolsas de comida para perros y cajas de vino, lo que hace que su trayecto sea inestable. Foto cortesía de césar solano.
El conductor mexicano césar solano ha llevado grandes bolsas de comida para perros y cajas de vino, lo que hace que su trayecto sea inestable. Foto cortesía de césar solano.

Promesas Vencidas y Nuevas Esperanzas

El historiador John Tutino, que estudia la migración mexicana en la Universidad de Georgetown, dice que las empresas suelen hacerse de la vista gorda porque reconocen que el costo político es bajo. “Sencillamente, no se les considera un grupo de interés por su estado migratorio.” Los trabajadores migrantes también suelen ser el blanco perfecto cuando se trata de obtener mano de obra barata. “Su perseverancia y creatividad en condiciones altamente precarias, su nula dependencia de asistencia pública y su extrema necesidad de enviar dinero a casa, los hacen empleados muy atractivos para algunas empresas.”

DoorDash emitió un comunicado en el que describió cómo la empresa está “liderando el camino” para apoyar a los repartidores. Sus principales esfuerzos incluyen equipo de seguridad para bicicletas “gratuito y fuertemente subsidiado,” acceso a bicicletas electrónicas, pedidos “amigables para las bicicletas”, y trabajo continuo con funcionarios y activistas de la comunidad. La empresa afirma que se toma la seguridad de sus trabajadores muy en serio, y que está “explorando activamente nuevas formas de apoyar a los Dashers”, según la portavoz Campbell Mathews.

Los trabajadores no consideran que muchos de estos esfuerzos sean reales. El equipo de seguridad subvencionado, por ejemplo, es una vieja promesa de DoorDash. “Llamar a descuentos de 5 dólares en cascos y guantes con el logotipo de la empresa un subsidio es un engaño,” dijo Ajche. Repartidores dicen que, aunque el acceso a bicicletas eléctricas suena bien, el verdadero problema actual es la completa falta de seguro por robo de bicicletas.

Después de gastar hasta 3,500 dólares en bicicletas electrónicas y baterías sólo para empezar, estos transportistas temen que su inversión, y su capacidad de trabajar, desaparezca en tan solo unos segundos si sufren un robo. A pesar de lo frecuente que es este problema para los Dashers, la empresa no ofrece ninguna forma de amparo o compensación. “Me da miedo perder mi bicicleta de 2,000 dólares por un pedido de 5 dólares,” dijo Ajche. Al tener que entrar a varios edificios al día, los repartidores no tienen más remedio que dejar sus bicicletas sin vigilancia. “Muchas veces cortan los candados,” dijo Huerta. “¿Cómo luchamos contra eso?”

Estos trabajadores también dudan acerca de los “esfuerzos” de DoorDash en cuanto a los pedidos amigables con las bicicletas. A medida que la aplicación amplía sus servicios a farmacias y tiendas, los ciclistas tienen que llevar cada vez más productos grandes y pesados, como bolsas de comida para perros y cajas de botellas de vino. “Te tratan como a un coche con cajuela,” dijo el repartidor mexicano César Solano. “Tu bicicleta pesa mas, y te hacen ir hasta Nueva Jersey o moverte de barrio, sin darte más tiempo.”

Los repartidores dicen que ventanas de entrega reducidas, mayores distancias desde el inicio de la pandemia, y paquetes demasiado grandes, promueven activamente prácticas de riesgo.” “Afecta nuestro puntaje el llegar tarde,” dijo Huerta. “Y un puntaje bajo significa menos trabajo.” Alyshia Gálvez, antropóloga cultural y médica de la Universidad de la Ciudad de Nueva York, dice que este tipo de indiferencia hacia la forma en que los trabajadores completan los pedidos peligrosos es intencional. “Uno de los aspectos más insidiosos de compañías que clasifican a sus empleados como ‘independientes’ es que no existe un contrato social, ni siquiera en el sentido de preservar la vida de los trabajadores,” dijo Gálvez.

Mientras los repartidores siguen recorriendo la ciudad, trabajando para fantasmas en sus teléfonos, muchos son más conscientes de su poder colectivo. Para Ajche y Huerta, Deliveristas Unidos va más allá que una sola demanda o empresa. “Tengo esta imagen en mi cabeza de lo que le pasaría a mi mujer y a mi hijo pequeño si muero en el trabajo,” dijo Huerta. “Aunque es duro, y mucha gente no quiere que digamos lo que estamos diciendo, no puedo soportar la idea de no luchar para que mi trabajo sea más seguro y mejore.” Para Ajche, se trata de mostrar a su hija e hijo, que están en la universidad en Guatemala, que la dignidad importa. “Quiero que sepan que si no luchas por ti, nadie lo hará.”

Los repartidores y sus simpatizantes afirman que llevan varios meses denunciando los mismos problemas. Foto cortesía de proyecto de justicia laboral. Foto de sol aramendi.

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JGR