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Daniela Guerrero

Es tentador pensar en la evolución de los derechos de las mujeres como algo inevitable. Sin embargo, historias como la de Ruth Bader Ginsburg, quien falleció este viernes 18 de septiembre a los 87 años, nos recuerdan que la equidad de género — como concepto, como expectativa social, como acción legal — no es el regalo de ningún gobierno, ni el destino de ningún sistema político. La equidad de género es el resultado histórico de vidas dedicadas a la idea de que las mujeres merecemos exactamente los mismos derechos que los hombres.

Llamar a Ruth Bader Ginsburg un “ícono feminista” es una infravaloración, un eufemismo. La académica, abogada y Jueza de la Suprema Corte de Justicia por casi tres décadas abrió caminos — tanto tangibles como simbólicos — para distintas generaciones de mujeres luchando por derechos que a quienes somos más jóvenes tal vez nos parecen fundamentales, pero representan décadas de esfuerzo y sacrificio.

Hace tan solo 50 años, sólo tres de cada cien profesionales del mundo jurídico y menos de doscientos de los diez mil jueces de Estados Unidos eran mujeres. Ginsburg se incorporó a un entorno legal y a una sociedad norteamericana que rechazaban abiertamente a la equidad de género como prioridad.

A lo largo de su carrera, la jurista neoyorquina tuvo todas las razones para rendirse, pero jamás lo hizo. Ginsburg se enfrentó a discriminación abierta en todas las etapas de su carrera. Tras graduarse con honores de la Universidad de Columbia — después de haber completado dos de tres años de su educación en la Universidad de Harvard — Ginsburg no consiguió trabajo en ninguna firma de Nueva York.

Sin embargo, lejos de ser derrotada por la discriminación, decidió estudiarla. En 1963, comenzó a enseñar en la Universidad de Rutgers. En 1969, fue ascendida a profesora titular y comenzó a trabajar como voluntaria en la Unión Americana de Libertades Civiles (ACLU), donde más tarde dirigió el Proyecto de Derechos de la Mujer. En 1972, se convirtió en la primera mujer en ocupar una cátedra completa en la Universidad de Columbia. Mientras enseñaba, Ginsburg argumentó seis casos ante la Corte, y ganó cuatro.

Cuando Ginsburg comenzó su trabajo en los años 60’s, la Suprema Corte nunca había invalidado sentencias basadas en la discriminación de género. Hoy, le debemos gran parte de nuestro rechazo hacia políticas públicas basadas en el género de una persona a los procedentes que Ginsburg definió.

Feminicidios, injusticias en México, violencia contra las mujeres, violencia en México - Informe Confidencial

Décadas antes de que se uniera al tribunal más eminente de Estados Unidos, su trabajo como abogada en la década de los 70’s cambió fundamentalmente el enfoque de la Suprema Corte hacia los derechos de la mujer. Como escribió elocuentemente Nina Totenberg, corresponsal de Asuntos Jurídicos de National Public Radio, Ginsburg “cambió el mundo para las mujeres estadounidenses.”

“Lucha por las cosas que te importan,” comienza una de las frases más famosas de Ginsburg, “pero hazlo de manera que lleve a otros a unirse a tu causa.” Este pensamiento representa la avanzada inteligencia emocional e implacable disciplina de una jurista tenaz que interiorizó el aspecto práctico de la lucha contra la discriminación de género.

A lo largo de su carrera, Ginsburg representó a varios hombres que desafiaron al género como criterio de discriminación. En sus casos, no desistió en razonar que las actitudes rígidas sobre los roles de género nos perjudicaban “a todos.” La abogada sabía que la Suprema Corte, compuesta por hombres, consideraría los casos que involucraran a demandantes masculinos con más seriedad. En el corto plazo, su estrategia avanzó la equidad de género de manera discreta. Después de años, su enfoque probó ser radical e innovador, transformando la discriminación en base al género en un criterio inconstitucional.

Ginsburg presenció, defendió y constitucionalizó una de las revoluciones más reñidas y subestimadas de la historia moderna estadounidense: la emancipación de la mujer. Junto al Juez afroamericano Thurgood Marshall, ningún norteamericano ha avanzado tanto la causa de la equidad ante la ley como Ginsburg. Cuando el presidente Bill Clinton la nominó a la Suprema Corte, comparó su trabajo legal a favor de las mujeres con el de Thurgood Marshall a favor de los afroamericanos.

Su larga y notable trayectoria incluye legendarias opiniones sobre los derechos de las personas con capacidades diferentes en el caso Olmstead vs. LC y la paridad de género en las fuerzas armadas en United States vs. Virginia. Ginsburg también se distinguió por sus poderosas disensiones en casos como Shelby County vs. Holder sobre el derecho al voto; Ledbetter vs. Goodyear Tire Company Co. sobre equidad de género; y Ricci vs. Stefano sobre acción afirmativa.

Tras el anuncio de su muerte, muchas narrativas se centraron en la batalla política que constituirá el remplazo de Ginsburg en la Suprema Corte de Justicia, enfrentando a los Republicanos que buscan un nombramiento rápido para aprovechar su mayoría en el Senado contra los Demócratas que exigen esperar hasta después de la elección.

Ignorar las implicaciones prácticas del fallecimiento de Ginsburg resulta imposible en un contexto tan ideológicamente polarizado como el que actualmente vive Estados Unidos. El terreno político es desconocido, sin ningún precedente reciente de una vacante en el alto tribunal tan cerca de una elección presidencial.

En promedio, las nominaciones a la SCJ han tardado 70 días en pasar por el Senado, y la última, para Brett Kavanaugh, tardó más. Hoy, faltan 43 días para la elección. Sin embargo, no hay reglas fijas sobre cuánto tiempo debe durar el proceso una vez que el presidente anuncie su selección, y algunas nominaciones se han movido más deprisa. Todo se reducirá al capital político, la presión que se logre ejercer, y los votos en el Senado.

Más allá de la tormenta política y mediática que se avecina, y del contexto único en el que este nombramiento ocurrirá, reconocer y honrar a una mujer extraordinaria en el sentido más amplio de la palabra no debe pasar al segundo plano.

Hoy, es nuestro privilegio y nuestra obligación preservar las conquistas de su lucha y ampliar sus extraordinarios legados. En palabras de la propia Ginsburg, “el tiempo está del lado del cambio.”

TW: @daniguerreroo

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