Porqué el nombramiento de Kamala Harris importa

Por Daniela Guerrero

El martes 11 de agosto, el candidato presidencial del partido Demócrata, Joe Biden, eligió a la senadora por California, Kamala Harris, como su compañera de campaña.

Harris, afroamericana e india americana, se convertirá en la cuarta mujer y la primera mujer de color en una boleta presidencial cuando ella y Biden sean nominados formalmente en la convención Demócrata virtual.

Harris ha representado a California en el Senado desde 2017, cuando se convirtió en la segunda mujer afroamericana y la primera surasiática americana en unirse a la Cámara alta. Antes de eso, había sido la fiscal general de California desde 2011.

En caso de ser elegida, la antigua contendiente en las elecciones presidenciales primarias demócratas de 2020 sería la primera mujer, persona de color, descendiente directa de migrantes y graduada de una universidad históricamente afroamericana en ocupar la vicepresidencia. También será la primera surasiática en una boleta presidencial.

Es tentador catalogar la nominación de Harris como un triunfo estratégico, una cuota que Biden “tenía que pagar” después de las marchas contra la brutalidad policial y la inequidad racial que sacudieron a Estados Unidos este año.

Es tentador concebir el nombramiento de una mujer de color, hija de migrantes de la India y Jamaica, como un ejercicio retórico, un acto simbólico para apaciguar y simular. Sin embargo, para algunos Harris representa algo distinto, un triunfo real en un paisaje político que castiga a muchas mujeres por el simple hecho de serlo.

Investigaciones en materia de ciencias políticas han establecido que las mujeres que se presentan como candidatas a cargos públicos tienen que sortear una maraña de estereotipos y dobles estándares que es poco probable que experimenten sus homólogos masculinos.

Los rasgos que la mayoría de la gente asocia con un «político» real – efectividad, ambición, agresividad, confianza, dureza – están ligados a lo que entendemos como «comportamiento masculino.»

Estudios han encontrado que, como resultado, es común asumir a un hombre como candidato viable sin conocer sus credenciales, algo que no sucede con una candidata mujer.

Con 45 presidentes norteamericanos desde 1789, trivializar y negar el carácter masculino de la oficina presidencial no es más que un ejercicio retórico. Aunque muchos insisten en que la presidencia no tiene género, no parece existir una sola mujer completamente “presidenciable,” reafirmando nuestra concepción de una presidenta/vicepresidenta como excepción a la norma masculina.

Bajo un contexto político, social y cultural que ha construido la presidencia como una oficina “naturalmente” masculina, el nombramiento de Harris tiene un peso real para quienes, por siglos, no han sido “presidenciables”— mujeres, personas de color, migrantes, individuos con linajes mixtos.

La representación importa. Las caras que vemos en los medios importan. Los modelos a seguir importan. La posibilidad de una vicepresidenta de color cuyos orígenes la alejan de la norma de la presidencia — ocupada en su abrumante mayoría por hombres blancos — debilita los prejuicios raciales y de género que han sostenido a la oficina ejecutiva por tanto tiempo.

No se trata de proclamar la virtud absoluta de Kamala Harris. No se trata de negar los conflictos que puede cargar como centrista, como antigua fiscal, como legisladora. Se trata de eliminar su estado como “mujer” de la lista de defectos.

Se trata de normalizar a mujeres preparadas como opciones reales para ocupar la presidencia. Se trata de cambiar normas previas, de abandonar la obsesión con el “perfil” presidencial verdadero, indudablemente masculino. Se trata de que una candidata presidencial deje de ser una excepción, una ficha política, una idea abstracta que es “difícil” concretar en la realidad política.

El nombramiento de Kamala Harris importa, porque nos recuerda que “como siempre ha sido” no es un decreto divino, una ley física inamovible ni una justificación válida. Harris nos recuerda que la presidencia puede ser diferente si todos lo exigimos.

La poderosa elevación de una mujer y persona de color contribuye a un cambio de percepción más profundo sobre quién está “hecho” para gobernar.

Condenar a ciertos perfiles raciales, étnicos y de género a un estado perpetuo de excepción para la presidencia y otros cargos públicos, no es una práctica digna ni apta para un electorado cada vez más consciente del poder de la diversidad.

Twitter: @daniguerreroo

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