Matar al mensajero: actitudes en EU hacia funcionarios y trabajadores del sector salud

Matar al mensajero: actitudes en EU hacia funcionarios y trabajadores del sector salud

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Durante muchos años, quise ser doctora. Escuchando las historias de mi abuelo y mi tío sobre turnos impredecibles, casos increíbles y pacientes inolvidables, me sentía muy orgullosa del trabajo que los dos cirujanos de mi familia realizaban cada día. Cuando cumplí 12 años, mi tío me regaló un estetoscopio. A los 14, empezó a llevarme al hospital donde trabajaba. Me ayudó a entrevistar a pacientes con enfermedades cardiovasculares para mi proyecto final de secundaria. A través de los años, me regaló muchos libros sobre la historia de la cirugía, sobre la evolución de los antibióticos, sobre misterios médicos. 

Mi afición por la escritura y las ciencias sociales eventualmente me llevaron hacia otra dirección, pero mi admiración por los trabajadores del sector salud y funcionarios de salud pública nunca disminuyó. Durante las primeras etapas de la pandemia, asumí que la empatía y el respeto por ellos sería la norma en Estados Unidos. Pensé que los aplausos para médicos, enfermeras, técnicos, ayudantes, administradores, trabajadores sanitarios, funcionarios locales y estatales, y todos aquellos asegurando servicios de salud durante la pandemia, nunca pararían. Nunca imaginé que pudiéramos desprendernos tanto de mensajes sinceros instando a la cautela y cooperación sanitaria, o de los testimonios póstumos de aquellos que perdieron sus vidas sirviendo a los demás. 

Poco después de que mi tío se contagiara de Covid-19 debido a su trabajo en un hospital mexicano, compartió su preocupación por la creciente indiferencia e incluso hostilidad de la gente hacia los funcionarios públicos de salud y trabajadores sanitarios. 

La falta de empatía de la población de EU con los empleados del sector salud es un reflejo de la situación de unión que se vive en esa nación. Aquí te dejamos la colaboración de nuestra columnista Daniela Guerrero.

Al principio, era tentador aislar esta ira y este desdén a México. Desafortunadamente, muchos estadounidenses no tardaron en mostrar actitudes muy similares. Debido a continuos casos de presiones locales, protestas armadas, amenazas de muerte, manipulación política y otros ejemplos de agresión y denigración, más de 70 agentes de salud pública en Estados Unidos han sido despedidos, han renunciado o tienen previsto abandonar sus puestos desde el inicio de la pandemia. 

A esta alarmante pérdida de funcionarios de salud pública se suma la actual escasez crítica de personal hospitalario en al menos 25 estados. Es probable que la presión sobre los centros de atención médica resulte en mayores tasas de mortalidad por Covid-19, una tendencia sobre la cual científicos advirtieron al público norteamericano durante meses sin ningún éxito. Hoy en día, a pesar de los extraordinarios esfuerzos de trabajadores del sector salud, los hospitales son cada vez menos capaces de mitigar infecciones descontroladas. Colectivamente, se ha fomentado un entorno saturado en el que doctores y enfermeras pueden salvar cada vez menos pacientes.

En una conversación a principios de esta semana, me di cuenta de que tenía demasiadas preguntas sobre esta extraña relación con funcionarios de la salud pública y trabajadores del sector salud durante la pandemia. ¿Por qué tantos norteamericanos maltrataron a los científicos que intentaron protegerlos? ¿Por qué se convirtieron en un blanco político y social? ¿Por qué algunas personas han amenazado con hacerles daño o matarlos? ¿Por qué sus recomendaciones de aislamiento y precaución fueron percibidas como ofensivas o melodramáticas? 

Estas preguntas no tienen respuestas singulares o claras. Factores como un presidente que lideró la desinformación en línea en torno al Covid-19, senadores que socavaron públicamente a expertos en salud para obtener beneficios políticos y una retórica implacable que afirmó falsamente que las autoridades sanitarias “cambiaron de opinión” sobre el uso de cubrebocas, sin duda alimentaron un sentimiento de animadversión. La evolución del conocimiento sobre infección y prevención se convirtió en una excusa para muchos estadounidenses que dejaron de escuchar a los líderes de la salud pública y sus “volubles” pautas. Quienes trataban de confundir y distraer adoptaron teorías infundadas sobre la inmunidad de rebaño, presentando como positivo el aumento exponencial de infecciones.

Como dijo el Dr. Jalal Baig, la politización de la pandemia se ha convertido en un daño directo a la salud del pueblo norteamericano. El Dr. Anthony Fauci confirmó lo peligrosas que se han vuelto estas distorsiones sobre el Covid-19. En una entrevista con Elisabeth Rosenthal para el New York Times, enfatizó lo mucho que le sorprendió ver que incluso en áreas donde la devastación del virus se ha hecho evidente, la gente sigue afirmando que no es real.

Más allá de un entorno político polarizado en el que las mentiras se volvieron extremadamente útiles para rechazar responsabilidades y transferir culpas, aún me cuesta trabajo encontrarle sentido a la insensibilidad de tantos hacia los trabajadores y funcionarios del sector salud. Durante mi conversación sobre este fenómeno, alguien mencionó el seductor impulso de dispararle al mensajero cuando su mensaje te desagrada. 

Arraigada en la antigua Grecia, esta expresión abarca nuestro instinto de culpar al portavoz de las malas noticias. En las Vidas Paralelas de Plutarco, el rey Tigranes recibe la noticia de la eminente llegada de Lúculo, pero está tan afectado por la noticia, que ordena la muerte del mensajero, disuadiendo a cualquier otro de volver a traer información negativa. 

Durante una crisis que nos ha enfrentado a nuestra propia vulnerabilidad y mortalidad, los líderes de salud pública y trabajadores del sector salud se convirtieron en los mensajeros a disparar. Para muchos, se volvió más fácil convertirlos en el problema que absorber la magnitud de la crisis sanitaria.

La evidencia que científicos y funcionarios públicos estadounidenses presentaron sobre el Covid-19 nos mostraron partículas invisibles e insidiosas propagadas fácilmente a través de actividades que queríamos percibir como benignas. Sus conteos diarios de infecciones muertes todavía se interfieren en nuestros esfuerzos por fortalecer una disonancia cognitiva ante el Covid-19. Sus conmovedores relatos de pacientes en deterioro siguen desafiando las garantías sin tacto de que a “casi nadie” lo afecta el virus.

Cuanto más lejos se esté de quienes se enfrentan directamente a las crueldades que el Covid-19 impone a pacientes cuyas experiencias no podrían desviarse más de “una gripe”, se vuelve más sencillo percibir las advertencias como aburridos chantajes; caracterizar la precaución como paranoia; menospreciar los nexos entre infecciones de bajo y alto riesgo. 

La crisis médica que se está produciendo y el acoso sostenido a los funcionarios de salud pública son parte del mismo problema. Tanto autoridades como trabajadores del sector salud han absorbido la conmoción, la incredulidad, el cinismo, la frustración, la ansiedad y la negación de Estados Unidos. Sometiéndose a ataques feroces, agresivos rechazos y una alarmante apatía, nunca han dejado de repetir mensajes que muchos aún se niegan a escuchar: usa cubrebocas, mantén tu distancia, lávate las manos, evita las reuniones a pesar de lo “seguras” que puedan parecer. Hoy, continúan exponiéndose a un virus responsable de más de 266,000 muertes en Estados Unidos para atender a una población que los ha dado por sentado.

En medio de una turbulenta transición política que exacerba un vacío de liderazgo federal, noticias de una próxima vacuna que ha animado a tantos a reclamar la normalidad de manera contraproducente, olas de desinformación y una ola nacional de Covid-19 sin precedente, continuar antagonizando a funcionarios de salud pública e ignorando a trabajadores del sector salud saldrá cada vez más caro. En vez de dispararle a los mensajeros informados sobre el Covid-19, escuchar lo que están diciendo resulta esencial. 

Como naveguen los norteamericanos uno de sus momentos colectivos más difíciles, cómo respondan a aquellos que intentan evitar más muerte y dolor, y que tanto valoren las vidas de aquellos vulnerables al virus, importará mucho en los años por venir. 

Como alguien que casi eligió la medicina como carrera, todavía no puedo creer lo fácil que ha sido culpar e ignorar a mensajeros decentes y apolíticos que nunca quisieron controlar o restringir a nadie, sino prevenir el estado de emergencia que hoy vive Estados Unidos. Todavía estoy pasmada por la presión que han soportado estos últimos meses. Nunca tuvieron la oportunidad de hartarse, de olvidarse del Covid-19, de huir de la línea de fuego. 

Sé que mis palabras pueden desencadenar el impulso de disparar al mensajero que he descrito. Me doy cuenta de que estos argumentos se han vuelto triviales para un gran número de norteamericanos escépticos y agotados. Entiendo lo imposible que parece mantener esfuerzos rigurosos en medio de la devastación, el cansancio y la incertidumbre. 

Pero pasar por alto el hecho de que a través de acciones, todavía se puede cambiar el curso de la pandemia es un perjuicio para quienes nunca dejaron de trabajar por la salud y seguridad de otros. 

La falta de empatía de la población de EU con los empleados del sector salud es un reflejo de la situación de unión que se vive en esa nación. Aquí te dejamos la colaboración de nuestra columnista Daniela Guerrero.

The shot messengers of the pandemic: public health officials and healthcare workers

Growing up, there was nothing I wanted more than to be a doctor. Listening to my grandpa’s and uncle’s stories about unpredictable shifts, remarkable cases, and unforgettable patients, I felt so proud of the hard, meaningful work the two surgeons in my family did every day. For my twelfth birthday, my uncle got me a stethoscope. At 14, he started taking me on rounds at the hospital where he worked. He helped me to interview patients with heart disease for a high school project. Over the years, I was gifted books on the history of surgery, on the development of antibiotics, on the rarest medical mysteries on record. 

Ultimately, my love for writing and social sciences led me in a different direction, but my admiration for healthcare workers and public health officials never faded. During the earliest stages of the pandemic, I assumed empathy and respect for them would remain the norm. I thought communal cheering rituals for doctors, nurses, technicians, aides, administrators, sanitation workers, local and state officials, and all those securing healthcare services, would never stop. I never imagined we could become so detached from heartfelt messages urging caution and cooperation, or posthumous testimonials of those who lost their lives serving others. 

Shortly after my uncle contracted Covid-19 because of his continued work at a Mexican hospital, he shared his concerns about people’s increasing indifference and even hostility towards public health officials and healthcare workers. He witnessed troubling rhetoric and aggressive episodes against doctors, nurses, and others. 

At first, it was tempting to believe this anger and contempt could somehow be exclusive to Mexico. Unfortunately, many Americans soon displayed very similar attitudes. Due to continued instances of local pressure, armed protests, death threats, political scapegoating, and other examples of aggression and denigration, more than 70 public health workers across the country have been fired, resigned, or plan to leave their posts since the pandemic began. 

This steady and alarming loss of top public health officials is tragically paired with current critical hospital staff shortages in at least 25 states. Strained healthcare systems are likely to result in higher Covid-19 fatality rates — which scientists and public officials warned Americans about for months to no avail. Today, despite extraordinary healthcare workers’ efforts, hospitals are increasingly unable to compensate for unchecked infection rates. Collectively, we fostered an environment in which they may not be able to save patients at the same rate. 

In a conversation earlier this week, I realized I had too many questions about our paradoxical relationship with public health officials and healthcare workers during the pandemic. Why did we mistreat the scientists and public officials trying to protect us? Why did they become such an easy mark politically and socially? Why have some people threatened to hurt or kill them? Why were their genuine pleas to slow down our normal pace so offensive or melodramatic to so many Americans? 

These questions don’t have singular or clear answers. Factors such as a sitting president driving online misinformation around Covid-19, senators publicly undermining health experts for political gain, and an unrelenting rhetoric falsely claiming that health authorities “changed their minds” about masks, undoubtedly fed a sense of antagonism. Evolving knowledge of infection and mitigation became an excuse for many Americans to stop listening to public health leaders and their “unstable” guidelines. Those seeking to confuse and distract embraced unfounded theories of herd immunity, portraying uncontrolled infection rates as positive. 

As stated by Dr. Jalal Baig, the politicization of the pandemic has become a direct harm to people’s health. Dr. Fauci confirmed how dangerous these persistent distortions of the pandemic have become. In an interview with Elisabeth Rosenthal for the New York Times, he emphasized how much it stunned him to see that even in areas where the devastation of the virus has become clear, people still claim it’s not real. 

Beyond a polarized political environment in which actual lies became extremely useful to reject responsibility and deflect blame, I still struggle to make sense of the callousness displayed towards healthcare workers and public health officials. During my conversation about this upsetting phenomenon, I was reminded of the seductive impulse to shoot the messenger. 

Rooted in ancient Greece, this expression encompasses our instinct to senselessly blame the bearer of bad news. In Plutarch’s Parallel Lives, King Tigranes is so displeased at the news of his rival Lucullus’s imminent arrival that he has the messenger killed, discouraging others from passing negative information. 

The evidence scientists and public officials have presented about Covid-19 alerted us of invisible, insidious particles spreading easily over activities we desperately wanted to perceive as benign again. Their daily infection and death totals still get in the way of a comfortable Covid-19 cognitive dissonance. Their accounts of deteriorating patients have challenged tactless assurances that “almost no one” is severely affected by Covid-19. 

During a crisis that has confronted us with our vulnerability and mortality, public health leaders and healthcare workers became the shootable messengers. Rather than assimilate the magnitude of the crisis, for many Americans, it proved easier to blame them, to ignore their appeals, to turn them into the problem. 

The further one has been able to stand from those directly facing the cruelties that Covid-19 imposes on patients whose experiences couldn’t deviate more from “coming down with the flu,” the easier it becomes to see warnings as boring guilt trips; to characterize caution as paranoia; to belittle the connection between low-risk and high-risk infections. 

The erupting care crisis and sustained harassment towards public health officials are part of the same problem. Along with healthcare workers, state and local officers have absorbed America’s shock, disbelief, cynicism, frustration, anxiety, and denial. Subjecting themselves to vicious attacks, aggressive pushback, and alarming unresponsiveness, they have repeated messages many still refuse to hear: wear a mask, keep your distance, wash your hands, avoid gatherings despite how “safe” they may feel. Today, they continue to expose themselves to a virus responsible for 266,000 deaths to provide care for a population that has taken them for granted.

Amid a turbulent political transition exacerbating a federal leadership vacuum, news of an upcoming vaccine that has emboldened so many to reclaim normalcy in counterproductive ways, tidal waves of misinformation, and an unmatched national Covid-19 surge, we can’t afford to keep antagonizing public health officials and ignoring healthcare workers. Instead of senselessly shooting our informed Covid-19 messengers, we need to take in what they’re saying

The irreversibility of our actions today may seem relative, as we grow more tired from an inconceivable year — but how we navigate one of our hardest collective moments, how we respond to those trying to prevent more death and pain, and how much we value the lives of those vulnerable to the virus, will matter for years to come. 

As somebody who nearly chose medicine as a career, I still can’t believe how easy it has been to blame and ignore decent, apolitical messengers who never wanted to control or restraint us, but to prevent what we’re now living through. I’m still shocked by the pressure they have endured these past months. They never got a chance to lash out, to forget about Covid-19, to run away from the fire. 

I know my words may trigger the exact urge to shoot the messenger that I’ve described. I realize these arguments have turned trite for a large number of drained and skeptical Americans. I understand how impossible it seems to maintain rigorous curve-flattening efforts amid devastation, weariness, and uncertainty. But overlooking the fact that through our actions, we can still change the course of this pandemic is a disservice to the people who never stopped working for our health and safety.  

We can still collaborate with our scientists and public officials. We can still choose to listen.

TW: @daniguerreroo

JGR

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