Liz Cheney sale del liderazgo Republicano, anunciando la permanencia del Trumpismo

Compartir en email
Email
Compartir en twitter
Twitter
Compartir en facebook
Facebook
Compartir en whatsapp
WhatsApp
Compartir en telegram
Telegram

Martha Daniela Guerrero

En 2016, desafiar a Donald Trump como republicano no era algo insólito, y mucho menos políticamente peligroso. Cinco años después, la destitución de la representante de Wyoming Liz Cheney de su cargo de dirigente en la Cámara de Representantes nos recuerda que las cosas han cambiado. 

La votación de esta semana para destituir a Cheney, tercera republicana de la Cámara y la republicana de mayor rango en pedir la destitución de Trump, por repudiar las falsas afirmaciones sobre el fraude electoral y responsabilizar al ex presidente del mortal asalto al Capitolio el 6 de enero, reveló a un partido decidido a cerrar filas. Hoy, mientras el Partido Republicano busca forjar rutas electorales efectivas en un país cada vez más diverso, con las elecciones intermedias de 2022 como próxima prueba, se han puesto en marcha tres estrategias principales. 

La primera consiste en dejar atrás la elección de 2020, definiéndola como una derrota lejana e improbable, vinculada para siempre a alguna forma de “fraude.” Segundo, abstraer y minimizar la insurrección del Capitolio, borrando la violencia, la muerte y un desbordamiento de grupos extremistas y etno-nacionalistas que apoyaron activamente las falsas proclamaciones de victoria de Trump. Finalmente, promulgar una ola de legislación estatal que dificulte el voto a comunidades de bajos ingresos, a la gente de color, y a los estadounidenses más jóvenes. Estos esfuerzos generalizados para restringir el voto han inquietado a muchos activistas y expertos, que afirman que el uso continuo del concepto de “fraude electoral” por parte de republicanos se ha convertido en un eufemismo para frenar el aumento de la participación de votantes no blancos en un país cercano a perder su mayoría electoral blanca. 

¿Qué tiene que ver la expulsión de Cheney de la dirección del partido con estas estrategias? La congresista de Wyoming, junto con otros republicanos de alto rango a nivel nacional y estatal, ha rechazado explícitamente lo que muchos llaman ahora la “Gran Mentira”: que a Trump le “robaron” la elección de 2020. El desafío de Cheney a una denuncia de fraude electoral ampliamente creída por votantes y activistas republicanos por igual, tuvo un costo significativo para la más reciente republicana en fallar la nueva prueba de fuego de su partido

Cheney fue castigada por su falta de disposición a: 1) guardar silencio, como sugiere el libro de jugadas del líder de la minoría del Senado del Partido Republicano, Mitch McConnell; 2) minimizar y pasar de largo, siguiendo el ejemplo de varios miembros republicanos del Congreso; o 3) apoyar las denuncias de fraude electoral y esperar a ser elevada dentro del partido, una ruta tomada por figuras como el senador por Texas Ted Cruz, el senador por Missouri Josh Hawley y la congresista por Georgia Marjorie Taylor Greene, todos ellos ahora superando las expectativas de recaudación de fondos para sus reelecciones.

Liz Cheney sale del liderazgo Republicano, anunciando la permanencia del Trumpismo

Estas tres rutas parecen ser las únicas opciones actualmente disponibles para los republicanos, independientemente de su apoyo real a Trump como figura, señalando una tendencia más amplia que apunta a la institucionalización y sanitización del Trumpismo, especialmente si resulta útil para ganar elecciones.  

La reputación del ex presidente se deterioró después de que una turba de sus partidarios irrumpiera en el Capitolio, en un disturbio que resultó en daños a propiedad federal, casi 150 heridos, cinco muertos y una votación para destituir a Trump. Sin embargo, ahora los que se niegan a apoyar tácita o explícitamente las mismas mentiras sobre las elecciones que llevaron al violento asalto del 6 de enero enfrentan castigos. Cheney se une a una lista cada vez más larga de republicanos que se han enfrentado a una serie de consecuencias por oponerse a Trump o decir que las elecciones de 2020 fueron, de hecho, legítimas. 

En una elección especial en mayo en Texas, el crítico de Trump Michael Wood obtuvo el 3% de los votos. Aaron van Langevelde, un abogado y asesor político del Comité Republicano que votó para certificar la victoria de Biden en Michigan, fue destituido de su puesto en la Junta de Escrutadores del Estado. Brad Raffensperger, el Secretario de Estado que defendió el proceso de recuento de votos de Georgia contra los intentos de interferencia de Trump y sus aliados, ha sido despojado de su poder de voto en la Junta Estatal de Elecciones, como parte de la nueva ley restringiendo el voto. Por último, el senador de Utah Mitt Romney y posiblemente el principal crítico de Trump, fue recientemente abucheado y llamado traidor durante la convención del Partido Republicano de su estado. 

Te puede interesar: La desigualdad global hace de la vacuna de Covid-19 un privilegio, no un derecho

Uno de los puntos de la campaña del presidente Biden fue que probablemente se produciría una “epifanía” entre “muchos de sus amigos republicanos” si Trump fuese derrotado en 2020. Hoy en día, no sólo falta la epifanía, sino que la retórica optimista de Biden se ha demostrado cada vez más errónea, ya que figuras clave republicanas como el líder de la minoría de la Cámara de Representantes, Kevin McCarthy  y su homólogo del Senado, Mitch McConnell, se oponen fuertemente al nuevo presidente y “gestionan” a Trump y su influencia sobre el partido. 

En un artículo de opinión publicado en febrero en el Washington Post, Ruth Marcus analizó los enfoques aparentemente opuestos, pero en última instancia similares, dentro del establecimiento republicano hacia Trump, una figura con auténtico poder político, ideológico y electoral. Titulado “McConnell y McCarthy están jugando a juegos diferentes con Trump. Puede que ambos ganen,” el análisis de Marcus destacó dos tácticas utilizadas por aquellos republicanos que, sin estar dispuestos a impulsar explícitamente mentiras de fraude electoral o a revisitar en detalle el motín del Capitolio y el proceso de destitución que le siguió, quieren retener la fuerza del Trumpismo. 

Destitución de la representante de Wyoming Liz Cheney

“Entre los republicanos hoy en día, hay dos enfoques principales para tratar con el ex presidente Donald Trump,” escribió Marcus. “Uno es el apaciguamiento abyecto – como lo ejemplifica el líder de la minoría de la Cámara de Representantes, Kevin McCarthy. El otro, encarnado por el líder de la minoría del Senado Mitch McConnell, es la resistencia light.” 

La posible sustituta de Cheney, la congresista de Nueva York Elise Stefanik, encarna esfuerzos más amplios para incorporar formalmente el Trumpismo al Partido Republicano -como ideología general, como ventaja neta electoral, y como vehículo para renegociar el reciente legado republicano gestionando la pandemia. A pesar de que Stefanik ha respaldado las denuncias de Trump sobre el fraude electoral, incluida su falsa promoción de 140,000 “votos ilegales” en el condado de Fulton, en Georgia, varios republicanos se han opuesto a la representante de Nueva York, a quien no consideran una “verdadera conservadora”. 

Si Stefanik es “demasiado liberal” para varios republicanos, ¿por qué sigue siendo la favorita para sustituir a Cheney? Muchos partidarios y expertos creen que el Trumpismo moderno estará impulsado por la lealtad al ex presidente como figura, así como por ideología y retórica Trumpista. Bajo ese prisma, el papel del Trumpismo en el partido republicano tendrá menos que ver con la política y más con las percepciones, las ideas y los marcadores del conservadurismo contemporáneo en una nación muy dividida y cada vez más polarizada.  

Teniendo en cuenta que la destitución de Cheney de su papel de líder esta semana representó una guerra indirecta sobre el apoyo a Trump, es importante marcar sus palabras al reconocer su descenso. “Permanecer en silencio e ignorar la mentira engrandece al mentiroso”, dijo la representante de Wyoming. “No me sentaré a ver el silencio, mientras otros llevan a nuestro partido por un camino que abandona el estado de derecho y se une a la cruzada del ex presidente para socavar nuestra democracia”.

Trump aplaudió la decisión de despojar a Cheney de su liderazgo, llamando a la congresista un “ser humano amargo y horrible”, que no tiene “ninguna personalidad ni nada bueno que tenga que ver con la política o con nuestro país.” La valoración del ex presidente sobre la probable sustituta de Cheney es mucho más positiva, a pesar de que el historial de voto de Stefanik es menos conservador. ¿La razón? El apoyo constante de la legisladora neoyorquina a través de sus dos juicios de destitución, y su promoción de mentiras de fraude electoral. 

Cuando Trump celebró su absolución en su primer juicio de destitución, elogió a una leal Stefanik: “Pensé, ‘Tiene buena pinta, parece que tiene buen talento”, dijo Trump. “Siempre seré tu amigo. Qué gran futuro tienes”. 

A medida que el Partido Republicano favorece cada vez más el Trumpismo como medio para asegurar votos y escaños -acompañado de la exclusión sistemática del voto mediante leyes estatales restrictivas, el abrazo de la desinformación y las teorías de la conspiración cuando sean útiles, y la institucionalización de un conservadurismo más ideológico-, la expulsión de Liz Cheney de las altas esferas republicanas revela un nuevo paradigma. 

Hoy, Trump, quien una vez se refirió a sí mismo como la “gallina de los huevos de oro” del Partido Republicano, podría no estar tan equivocado.  

Liz Cheney’s ouster signals GOP efforts to institutionalize Trumpism

Martha Daniela Guerrero

In 2016, challenging Donald Trump as a Republican was not uncommon — much less politically dangerous. Five years later, the removal of Wyoming Representative Liz Cheney from her leadership post in the House of Representatives reminds us that things have changed. 

This week’s vote to oust Cheney, third-ranking Republican in the House and most senior GOP members to call for Trump’s impeachment, for repudiating false claims about election fraud and holding the former president responsible for the deadly January 6th Capitol riot, revealed a party determined to close ranks. Today, as the GOP seeks to carve out effective electoral paths in an increasingly diverse country, with the 2022 midterm election as an upcoming test, three main strategies have been set in motion. 

First, to move past the 2020 election by deeming it a distant and improbable defeat, forever linked to some form of “fraud.” Second, to abstract and minimize the Capitol insurrection, erasing violence, death, and an overflow of extremist and ethno-nationalist groups actively supporting Trump’s false claims of victory. Third, to enact a wave of state legislation making voting more difficult for low-income communities, people of color, and younger Americans. These widespread efforts to restrict voting have already concerned many activists and experts, who say the continued use of “election fraud” by Republicans has become a euphemism to curtail increased turnout among non-white voters in a country set to lose its white electoral majority in just a few decades. 

Leer más: Repartidores de comida en Nueva York luchan por vacunarse

What does Cheney’s expulsion from party leadership have to do with these strategies? The Wyoming Congresswoman, along with other high-ranking Republicans at the national and state level, has explicitly rejected what many now refer to as the “Big Lie” — that the 2020 election was “stolen” from Trump. This challenge to an election fraud claim widely believed among Republican voters and activists alike, came at a significant cost for Cheney, the latest Republican to fail the party’s latest litmus test

Ultimately, Cheney was punished for her unwillingness to either a) remain silent, as continually suggested by GOP Senate Minority Leader Mitch McConnell’s playbook, b) minimize and tiptoe, following the lead of several Republican members of Congress, or, c) support election fraud claims and await elevation within the party, a route taken by figures such as Texas Senator Ted Cruz, Missouri Senator Josh Hawley, and Representative Marjorie Taylor Greene, all now exceeding reelection fundraising expectations. These seem to be the only options currently available for Republicans, regardless of their actual support for Trump as a figure, signaling a wider trend aiming to institutionalize and sanitize Trumpism, especially if it proves helpful to win elections.  

The former president’s reputation suffered after a mob of his supporters stormed the US Capitol, in a riot that resulted in federal property damage, nearly 150 injured, five dead, and a vote to impeach Trump. Nonetheless, now those who refuse to either tacitly or explicitly support the same lies about the election that led to the violent assault on January 6 face real backlash. Cheney joins a growing list of Republicans who have faced a range of consequences for opposing Trump or saying the 2020 election was, in fact, legitimate. 

In a May special election in Texas, Trump critic Michael Wood got 3% of the vote. Aaron van Langevelde, a GOP staff attorney and policy adviser for the Republican Caucus who voted to certify Biden’s victory in Michigan, was removed from his post on the state’s Board of State Canvassers. Brad Raffensperger, the Secretary of State who defended Georgia’s ballot-counting process against interference attempts by Trump and allies, has been stripped of his voting power on the State Election Board as part of the state’s new voting restrictions law. Lastly, Utah Senator Mitt Romney and arguably the party’s leading Trump critic, was recently booed and called a traitor during the state’s Republican Party convention. 

One of the talking points in President Biden’s campaign was that an “epiphany” would likely occur among “many of his Republican friends” if Trump were to be defeated in 2020. Today, not only is the epiphany missing, but Biden’s optimistic rhetoric has been increasingly proved wrong, as Republican key figures like House Minority leader Kevin McCarthy and his Senate counterpart, Mitch McConnell, vehemently oppose the new president and “manage” Trump and his significant grip over the GOP. 

In a February Washington Post Opinion piece, Ruth Marcus analyzed the seemingly opposed, but ultimately similar approaches within the Republican establishment towards Trump, a figure that holds real political, ideological, and electoral power. Titled “McConnell and McCarthy are playing different games with Trump. They might both win”, Marcus’s analysis dissected two main tactics used by Republicans who, unwilling to explicitly push election fraud claims or revisit the Capitol riot and impeachment proceedings in detail, still seek to retain Trumpism’s ultimate force. 

“Among elected Republicans these days, there are two primary approaches to dealing with former President Donald Trump,” wrote Marcus. “One is abject appeasement —  as exemplified by House Minority Leader Kevin McCarthy. The other, embodied by Senate Minority Leader Mitch McConnell, is resistance-lite.” 

Cheney’s likely replacement, New York Representative Elise Stefanik, embodies larger efforts to formally incorporate Trumpism into the GOP —  as a blanket ideology, as a net plus for electoral prospects, and as a vehicle to renegotiate the party’s recent legacy on pandemic management. Even though Stefanik has backed Trump’s claims of voter fraud, including her false assertion of 140,000 “illegal votes” in Georgia’s Fulton County, several Republicans have opposed the New York representative on account of her not being a “real conservative.” 

If Stefanik is “too liberal” for several GOP members, why is she still the frontrunner to replace Cheney? Many Republicans and experts believe that modern Trumpism will be driven by an allegiance to the former president as a figure, as well as general Trumpist ideology and rhetoric. Under that lens, the role of Trumpism in the Republican party will be less about policy and more about perceptions, ideas, and markers of contemporary conservatism in a highly divided, increasingly polarized nation.  

Considering that Cheney’s ouster from her leadership role this week constituted a proxy fight over support for Trump, it’s important to mark her words as she acknowledged her demotion. “Remaining silent and ignoring the lie emboldens the liar,” the Wyoming representative said. “I will not sit back and watch silence, while others lead our party down a path that abandons the rule of law and joins the former president’s crusade to undermine our democracy.”

Trump praised the decision to strip Cheney of her leadership, calling the Congresswoman a “bitter, horrible human being,” who has “no personality or anything good having to do with politics or our Country.” The former president’s assessment of Cheney’s likely replacement is a lot more positive, even though Stefanik’s voting record is demonstrably far less conservative. The reason? Constant support from the New York representative through his two impeachment trials, as well as her promotion of election fraud falsehoods. 

When Trump celebrated his first impeachment acquittal he commended a loyal Stefanik: “I thought, ‘She looks good, she looks like good talent,” said Trump. “I’ll always be your friend. What a great future you have.” 

As the Republican party increasingly favors Trumpism as a means to ensure votes and seats — paired with systemic disenfranchisement by restrictive voting laws, an embrace of disinformation and conspiracy theories when useful, and the institutionalization of a more ideologically defined conservatism — Liz Cheney’s expulsion from the party’s high ranks reveals a new paradigm for the GOP. 

Today, Trump, who once referred to himself as the party’s “golden goose,” might not be wrong.

Redes sociales del columnista:

TW: @daniguerreroo