La lección que nos deja Thelma

La lección que nos deja Thelma

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El rompecabezas escandinavo que se forma en La maldición de Thelma incluye piezas sexuales, religiosas y de introspección.

Catalogada como el regreso triunfal del director noruego Joachim Trier —después de Reprise, 2006; Oslo, 31 de agosto, 2011; y El amor es más fuerte que las bombas, 2015— no traiciona sus ideales y continúa retratando la explosividad de la juventud, y en su más reciente entrega, entreteje una madeja de situaciones que van desde lo sexual y lo paranormal, hasta lo profundamente religioso.

Es la historia de Thelma —sobresaliente Eili Harboe— una chica universitaria que al zafarse de las estrictas reglas familiares sucumbirá al extraño deseo que siente por otra mujer, Anja —la no menos candente Kaya Wilkins— su compañera de clase, desencadenando inusuales poderes provenientes de traumas del pasado y que somatiza en convulsiones psicogénicas coincidiendo con ataques devastadores.

Thelma bien podría ser la nueva Carrie —aquella de 1976 creada por Brian De Palma— atormentada por sentimientos encontrados y un furor diabólico que se contrapone a la doctrina enseñada por sus padres rayando en el fanatismo religioso.

La maldición de Thelma coquetea con el cine de superhéroes pero con los claroscuros del suspense, y solo le hace un guiño porque aquí no hay maestro que encamine los pasos de nuestra protagonista, su fuerza interna es tan grande que no necesita de nadie más para descubrir su enorme potencial.

El majestuoso plano aéreo con que abre y cierra Trier, nos da la sensación, —que algunas veces se convierte en ventaja— de pasar desapercibido ante las punzantes miradas de otros jóvenes que cuando no alcanzan a comprender las diferencias, agreden. Trier también pone sobre la mesa el papel de los padres, en como aquella sobreprotección hacia su hija se transforma en abrumadora libertad cuando ingresa a la universidad y que tantas veces termina destruyendo la vida de tantos seres que caen en el vicio de las drogas y el alcohol. Si bien es importante enseñar la diferencia entre lo bueno y lo malo, no debe caerse en los extremos, y situarlos como dogma de fe, puesto que la experiencia enseña que lo único que se logra con lo anterior es generar culpa y miedo.

Al final la moraleja es contundente, la redención abre paso a la oportunidad, y es que nunca es demasiado tarde para corregir el rumbo. Thelma nos demuestra que es posible destruir el falso cuento de hadas que toda la vida nos han contado, despertando del letargo para corregir el final.

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