La Justicia Climática no es una Palabra de Moda, es Nuestro Futuro

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Martha Daniela Guerrero 

“¡Gracias por hacer greenwashing!”, gritó Greta Thunberg antes de abandonar un panel en la 26ª Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, acusando a líderes y empresas de promover un lavado de imagen sin acciones concretas. La activista climática sueca de 18 años denunció la cumbre, llamándola un “festival de greenwashing de naciones del Norte Global” y “una celebración de dos semanas de seguir como si nada y bla bla bla.” 

Custodiada por un robusto perímetro de seguridad, la Conferencia de la ONU sobre el Cambio Climático, conocida como COP26, acogió a funcionarios de todo el mundo con el supuesto objetivo de alcanzar acuerdos para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y evitar que la temperatura media global aumente más de 1.5 grados en comparación con niveles preindustriales a finales de este siglo. Cercada por barreras metálicas y policías armados, la cumbre aseguró la entrada de dignatarios y representantes corporativos, dejando a muchos activistas ambientales fuera. 

La COP26 resultó ser para muchos un intentó fallido de la ONU para lograr acuerdos en el combate del cambio climático.

A causa de restricciones sanitarias, una distribución desigual de vacunas a nivel mundial y políticas de migración restrictivas para ciudadanos de países en desarrollo buscando ingresar al Reino Unido, la COP26 no contó con la presencia de muchos defensores del medio ambiente, muchos de ellos mujeres y personas de color de las regiones menos responsables y más afectadas por el cambio climático. 

La Exclusión de Activistas Jóvenes y del Sur Global 

Diaka Salena Joroma, una activista de Sierra Leona que ha estado abogando por la justicia climática después de que un deslave provocado por lluvias torrenciales en 2017 mató a cientos de personas en la capital del país, Freetown, no asistió a la COP26 a pesar de haber recibido una invitación debido a retrasos en la aprobación de su visa.

En septiembre, Climate Action Network International (CAN), una red mundial de ONGs que representa a más de 1500 organizaciones en al menos 130 países, denunció la exclusión de “muchos delegados gubernamentales, activistas de la sociedad civil y periodistas, especialmente de países del Sur Global, muchos de los cuales están en la “lista roja” de Covid-19 del Reino Unido”.

La COP26 resultó ser para muchos un intentó fallido de la ONU para lograr acuerdos en el combate del cambio climático.

La coordinadora de política climática de CAN, Teresa Anderson, señaló que la inequidad en la distribución de vacunas y el fracaso de los organizadores para facilitar vacunas a los asistentes de los países en desarrollo excluyeron a las naciones del Sur Global. Anderson destacó que la presencia física en la COP26 era fundamental para naciones con menos recursos buscando negociar con los países más ricos del mundo, cuyas emisiones superarán el nivel de 1.5°C en 2030, independientemente de lo que haga el otro 90% de los países, según un estudio reciente del Instituto de Medio Ambiente de Estocolmo y el Instituto de Política Ambiental Europea.

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Inundaciones, incendios y olas de calor son algunas de las catástrofes climáticas que afectan y afectarán más a países con menores ingresos a medida que el planeta sigue calentándose. Sin embargo, representantes del Sur Global, personas de color y activistas jóvenes fueron insuficientemente representados en la COP26, mientras que líderes de países occidentales y representantes corporativos dominaron el foro. 

La activista climática Alexandria Villaseñor, de 16 años, dijo que en la COP25 de Madrid en 2019 pudo observar libremente las negociaciones. “Aquí, en la COP26, no he podido observar en absoluto. Me siento perdida, como si estuviera aquí de adorno o para contar a los periodistas lo que me da esperanza una y otra vez,” tuiteó Villaseñor. 

La secretaria ejecutiva de la ONU para el Cambio Climático, Patricia Espinosa, reconoció que el acceso fue un problema debido a los protocolos de distanciamiento social. Sin embargo, Villaseñor y otros activistas aseguraron que no se priorizó el acceso digital para quienes no podían estar físicamente en las salas. “Hoy el presidente Obama está en la #COP26, y aparentemente, tiene un mensaje para los jóvenes. Pero los jóvenes no estarán en la sala. No hay entradas para la mayoría de nosotros,” tuiteó Villaseñor el 8 de noviembre. “Las entradas estaban limitadas a 2 por delegación u ONG, y los adultos se las llevaron. Tampoco hay enlace de vídeo. Supongo que lo veremos más tarde en YouTube.”

Aunque COP26 dedicó un día a la “juventud”, la conferencia en la que funcionarios hablaron sobre el futuro de las poblaciones más jóvenes no incluyó a ningún miembro menor de 30 años. El ex vicepresidente norteamericano Al Gore, de 73 años, y el emisario climático de E.U., John Kerry, de 77 años, fueron los voceros estelares. 

“Cuando llegué a la COP26, sólo había hombres blancos de mediana edad en traje”, dijo en un acto de prensa Magali Cho Lin Wing, de 17 años, miembro de la Junta Consultiva Juvenil de UNICEF del Reino Unido. “Y pensé, ¿Esto es una conferencia sobre el clima o un evento corporativo? ¿A esto vienen? ¿A intercambiar tarjetas de negocios?”

“No Vamos a Aceptar su Pacto Suicida” 

El pasado fin de semana, decenas de miles protestaron en Glasgow, mientras COP26 se llevaba a cabo. Contra vientos y lluvias, marcharon activistas climáticos, junto con sindicalistas, miembros de grupos de izquierda, y organizaciones religiosas. La diversa multitud exigió a líderes, corporaciones, e instituciones financieras tomar medidas que realmente se ajusten a la magnitud de la crisis climática, la cual ya está causando destrucción alrededor del mundo, así como reconocer los vínculos del cambio climático con el capitalismo global, el colonialismo, la discriminación racial, y la desigualdad económica.

Cantando, agitando pancartas y tocando tambores, los manifestantes saturaron varias zonas de la ciudad escocesa, pronunciando discursos contra las respuestas de líderes y corporaciones contra el cambio climático en las últimas décadas. “Los responsables de la contaminación se esconden en esta cumbre, detrás de barreras metálicas y filas de policías,” dijo el portavoz de la Coalición COP26, Asad Rehman. “No vamos a aceptar su pacto suicida.”

Desde la firma del acuerdo de París en 2015, las proyecciones de las Naciones Unidas sobre el calentamiento global para finales de siglo han bajado de 4 a 2.7°C. La Agencia Internacional de la Energía publicó un análisis que sugiere que los compromisos adquiridos en COP26 podrían situar al planeta en una ruta de aumento de 1.8°C. Sin embargo, para alcanzar ese nivel de calentamiento, aún por encima del umbral del consenso científico de 1.5°C, sería necesario que todas las naciones cumplieran sus promesas, lo cual parece improbable según activistas y expertos. 

Según una investigación especial de The Washington Post, estas promesas se basan en datos erróneos. Tras examinar los informes de 196 países, periodistas norteamericanos revelaron una enorme diferencia entre lo que las naciones declaran como emisiones y los gases de efecto invernadero que realmente envían a la atmósfera. La brecha oscila entre 8500 y 13,300 millones de toneladas anuales de emisiones no declaradas, un margen “lo suficientemente grande como para mover la aguja sobre cuánto se calentará la Tierra.”

Muchos países intentan compensar sus emisiones por la quema de combustibles fósiles argumentando que el carbono es “absorbido” por la tierra dentro de sus fronteras. Las normas de la ONU permiten a países como China, Rusia y Estados Unidos restar más de 500 millones de toneladas de emisiones anuales en virtud de esta laguna legal, y en el futuro permitirán a estos y otros países soltar una cantidad importante de gases mientras proclaman cero emisiones netas de carbono. 

En otras palabras, reportes de emisiones más bajas en muchas ocasiones son el resultado de sustracciones por parte de los países, alegando una absorción de carbono que en muchos casos no existe o se produce a una escala mucho menor.

Quienes Niegan el Cambio Climático Invierten en Industrias Contaminantes

Con la ayuda de instituciones financieras, empresas tecnológicas y gobiernos, las principales empresas contaminantes han trabajado duro para distorsionar la naturaleza de nuestra crisis climática, por lo que es imperativo entender quién es realmente responsable de la desestabilización masiva del planeta. En un artículo para The Guardian, las periodistas Georgia Wright, Liat Olenick y Amy Westervelt se refieren a la falsa narrativa de la culpa individual y al desconocimiento de la responsabilidad corporativa en la crisis climática. 

Un informe de Carbon Majors, que forma parte del Climate Accountability Institute, descubrió que sólo 100 empresas han sido responsables del 70% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero desde 1988. Destacando empresas como ExxonMobil, Shell, BP y Chevron, el informe afirmó que un “conjunto relativamente pequeño de productores de combustibles fósiles tienen la clave para reducir sistemáticamente las emisiones de carbono.”

En un comunicado de prensa de la semana pasada, el gobierno del Reino Unido, anfitrión de COP26, dijo que 190 naciones y organizaciones se unirían a un compromiso para dejar de invertir en nuevos proyectos en el sector del carbón. Poco después, Patrick Galey, de la Agencia France-Presse, señaló que sólo 23 nuevos países, representando el 13% del consumo de carbón, se unieron a este compromiso, sumándose a una lista de 46 países en la que diez miembros ni siquiera queman carbón. Estados Unidos, China, Rusia y Australia no estuvieron en la lista, demostrando la legitimidad del escepticismo de activistas contra gobiernos, instituciones financieras y empresas contaminantes con pocos deseos de cambiar.  

Las acusaciones de activistas como Greta Thunberg sobre greenwashing son acertadas, con una industria petrolera que financia campañas para negar el cambio climático, bloquea reformas energéticas y extrae petróleo mediante mecanismos cada vez más caros y contraproducentes, como refrigeradores artificiales en un Ártico que se derrite y diques de contención protegiendo a refinerías de un nivel del mar en ascenso. 

Gobiernos de todo el mundo, sobre todo de los principales responsables de las emisiones del planeta, han demostrado lo arraigados que están sus intereses con las corporaciones e instituciones financieras que se benefician de industrias contaminantes. 

Cuando Estados Unidos propuso recientemente su legislación climática más importante, el senador de West Virginia Joe Manchin, un demócrata de 74 años con profundos vínculos financieros con la industria del petróleo y el gas, lideró la carga contra un proyecto de ley de que, entre otras cosas, ayudaría a eliminar gradualmente los combustibles fósiles del sistema eléctrico estadounidense durante la próxima década.

Junto con muchos legisladores republicanos y la senadora de Arizona Kyrsten Sinema, una demócrata “centrista” de 45 años fuertemente financiada por las empresas opuestas a este proyecto de ley, Manchin ha defendido ferozmente a una industria de combustibles fósiles que lo ha financiado política y personalmente. En este ciclo electoral, Manchin recibió más dinero que cualquier otro senador estadounidense en donaciones políticas de la industria petrolera, incluidas empresas mineras de carbón y operadores de gasoductos. 

Además de financiarse políticamente a base de industrias contaminantes, las acciones de Manchin en Enersystems, la empresa de inversión en carbón que creó en 1988 y que ahora dirige su hijo, tienen un valor de entre 1 y 5 millones, y el senador ha recibido más de 5 millones de dólares en dividendos durante la última década. La industria del carbón representa el 71% de los ingresos de inversión de Manchin y alrededor de un tercio de su capital total.  

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El poder desproporcionado de Manchin y Sinema, junto con una postura Republicana estadounidense asentada en la negación explícita del cambio climático, muestra cómo funcionarios públicos se ponen regularmente al servicio de las industrias más contaminantes en su lucha contra la regulación. El campo de juego no está equilibrado, ya que gobiernos, instituciones financieras y empresas en Estados Unidos y otros países como China, Rusia y Australia, defienden un status quo que es ecológicamente insostenible, pero altamente lucrativo para unos cuantos.  

El Mito de los “Moderados” del Cambio Climático

Como argumenta Kate Arnoff, de The New Republic, llamar “moderados” o “centristas” a líderes que niegan o relativizan el cambio climático es engañoso frente a una crisis que, según las últimas proyecciones, matará a por lo menos 83 millones de personas para el año 2100.

“Quizá el aspecto políticamente más difícil del cambio climático es que, después de décadas de negación y retraso, ya no hay ninguna posición ‘moderada’ coherente”, escribió el autor de temas energéticos David Roberts en su boletín.

“Es posible encontrar un punto medio en muchos ámbitos de la política”, dijo el senador demócrata de Massachusetts Ed Markey, defensor de acciones inmediatas contra el cambio climático. “Pero no podemos hacer concesiones en materia científica. No hay un término medio entre un mundo habitable y uno inhabitable.”

A pesar de los evidentes conflictos de intereses y fracasos institucionales que aquejan a los responsables de la política y la economía global, una narrativa que enfrenta a los moderados “racionales” y a los radicales “ingenuos” sigue dominando los debates sobre el cambio climático, caracterizando a las generaciones más jóvenes como demasiado idealistas y demasiado inexpertas para comprender las complejidades de la legislación y la acción política. 

Sin embargo, a medida que se hace más evidente que la inacción frente al cambio climático está profundamente relacionada con las concentraciones de riqueza más grandes del mundo, principalmente en naciones occidentales, los argumentos a favor del gradualismo y la moderación son expuestos por las generaciones más jóvenes como defensas empedernidas de grandes fortunas. 

La retórica actual en torno a la justicia climática retrata a las generaciones más jóvenes como militantes fatuos y “copos de nieve” incapaces de comprender lo difícil que es cambiar las cosas de la noche a la mañana. Mientras tanto, los “adultos” en la mesa presentan a las industrias de los combustibles fósiles, la manufactura y la producción de carne, así como a la especulación financiera en torno a su éxito, como sistemas intocables sosteniendo la economía global. 

La COP26 resultó ser para muchos un intentó fallido de la ONU para lograr acuerdos en el combate del cambio climático.

Los principales emisores de gases contaminantes del mundo, incluidos Estados Unidos, China, países de Europa Occidental, Rusia, India, Japón y Australia, emplean una mezcla de negativas, silencios y discursos para evitar cambios significativos, mientras que el ministro de Asuntos Exteriores de Tuvalu, quien grabó su discurso de la COP26 sumergido hasta las rodillas en el océano, advirtió que la isla del Pacífico Sur probablemente estará bajo el agua para finales de este siglo. 

“Mi mayor miedo es perder a mi país,” dijo Brianna Fruean, una activista de 23 años que creció en Samoa, una isla del Pacífico especialmente vulnerable a la elevación del nivel del mar y a los ciclones. “He visto las inundaciones en nuestras casas, he sacado el lodo.”

El activismo por la justicia climática, como el que mostraron Thunberg y las decenas de miles de personas que marcharon en Glasgow denunciando y rechazando las propuestas insuficientes de funcionarios gubernamentales, empresas, e instituciones financieras, es radical. Frente a caracterizaciones despectivas o burlonas de este radicalismo por parte de nuevas generaciones en materia de cambio climático, es imperativo reconocer su valor. El cambio climático es la amenaza más radical a la que nos hemos enfrentado, dejando a millones de personas vulnerables ante cataclismos, fallas de infraestructura, y migraciones masivas. 

El radicalismo se considera un signo de ingenuidad e ignorancia por parte de los activistas climáticos y de las generaciones más jóvenes, mientras que los compromisos moderados y los cambios graduales se presentan como el único camino a seguir por parte de muchos expertos, periodistas, funcionarios gubernamentales y grupos con grandes concentraciones de poder y riqueza, muchos de los cuales se benefician directamente de industrias altamente contaminantes. Pero los compromisos moderados y los pasos graduales no nos permitirán habitar este planeta de forma segura durante el próximo siglo. 

Como miembros de las generaciones más jóvenes, no hay nada más importante que defender el radicalismo frente al cambio climático y cuestionar las concepciones autocomplacientes de la justicia climática por parte de los “adultos” sentados a la mesa.  

Si la destrucción del medio ambiente es la propuesta sensata y adecuada, y reevaluar estructuras políticas y presionar a quienes se enriquecen a base de industrias contaminantes es un desvarío extremista e ingenuo, los adultos “moderados” tienen mucho que aprender de los jóvenes “radicales,” para quienes la justicia climática no es una palabra de moda, sino la única oportunidad de tener un futuro.

Climate Justice is Not a Buzzword, it’s Our Future

Martha Daniela Guerrero 

“Thanks for greenwashing!” shouted Greta Thunberg before walking out of a panel at the 26th UN Climate Change Conference. The 18-year-old Swedish climate activist denounced this year’s summit, calling it a “Global North greenwash festival” and “a two-week celebration of business as usual and blah blah blah.” 

Guarded by a robust security perimeter, the UN Climate Change Conference, known as COP26, hosted leaders from around the world under the alleged goal of reaching agreements to reduce green gas emissions and keep the average global temperature from rising above 1.5 degrees compared with preindustrial levels by the end of this century. Surrounded by metal gates and armed police securing all points of entry, the global summit kept dignitaries and corporate representatives in, while shutting many environmental activists out. 

Pandemic restrictions, along with an uneven global vaccine distribution and highly restrictive immigration policies for citizens of developing countries wishing to enter the U.K., resulted in the absence of many environmental advocates at COP26, many of them women and people of color from the regions least responsible and most affected by climate change. 

La COP26 resultó ser para muchos un intentó fallido de la ONU para lograr acuerdos en el combate del cambio climático.

The Exclusion of Global South & Younger Advocates 

Diaka Salena Joroma, an activist from Sierra Leone who has been campaigning for climate justice after a 2017 torrential-rain-fueled mudslide killed hundreds in the country’s capital Freetown, didn’t attend COp26 despite having received an invitation because of delays in her visa approval. 

Back in September, Climate Action Network International (CAN), a global NGO network representing more than 1,500 organizations from at least 130 countries, decried the exclusion of “many government delegates, civil society campaigners and journalists, particularly from Global South countries, many of which are on the U.K.’s Covid-19 ‘red list’.”

CAN climate policy coordinator Teresa Anderson pointed to vaccine inequality and organizers’ failures to facilitate shots for attendees from developing countries as exclusionary forces against Global South nations. Anderson highlighted that a physical presence at COP26 was pivotal for poorer nations seeking negotiations with the world’s wealthiest countries, whose emissions are set to exceed the 1.5°C-aligned level in 2030, regardless of what the other 90% of countries do, according to a recent study by Stockholm Environment Institute and the Institute for European Environmental Policy.

La COP26 resultó ser para muchos un intentó fallido de la ONU para lograr acuerdos en el combate del cambio climático.

Flooding, fires, and heatwaves are some of the climate change-induced catastrophes that are and will more adversely affect communities in lower-income countries as the planet continues to heat up. Yet, Global South representatives, people of color, and young climate activists remained significantly underrepresented in COP26, while Western, predominantly white leaders and corporate representatives took center stage. 

Sixteen-year-old climate activist Alexandria Villaseñor said that at the COP25 in Madrid in 2019 she was able to freely observe negotiations “which is what being a ‘NGO Observer’ is all about.” “Here, at COP26, I haven’t been able to observe at all. I feel lost, like I’m here as an ornament or to tell reporters what gives me hope over and over and over,” Villaseñor tweeted. 

UN Climate Change Executive Secretary Patricia Espinosa acknowledged that access was a problem because of social distancing protocols. However, Villaseñor and other activists argued that digital participation for those who couldn’t physically be in the rooms where key climate discussions took place wasn’t made a priority. “Today Pres. Obama is at #COP26, and apparently, he has a message for youth. But youth won’t be in the room. There’s no tickets for most of us,” tweeted Villaseñor on November 8. “Tickets were limited to 2 per delegation or NGO, and the adults took them. There’s no video link either. Guess we’ll watch it later on YouTube.” 

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While COP26 dedicated a day to “youth,” the conference in which officials talked about the future of younger populations featured no members under 30, and the lunchtime events featured 73-year-old former U.S. Vice President Al Gore and 77-year-old U.S. climate envoy John Kerry. 

“When I arrived at COP26, I could only see white middle-aged men in suits,” Magali Cho Lin Wing, 17, a member of the UNICEF U.K. Youth Advisory Board, said at a press event. “And I thought, ‘Hold on, is this a climate conference or some corporate event? Is this what you came for? To swap business cards?’”

“We’re Not Going to Accept Their Suicide Pact”

Last weekend, tens of thousands of people protested in Glasgow, as COP26 took place. Against wind and rain, young and seasoned climate activists, along with trade unionists, members of faith and leftist organizations, and others, marched the streets, calling on global leaders, corporations, and financial institutions to take actions that match the scale of the climate crisis already causing destruction around the world, as well as acknowledge climate change’s often unaddressed links to racial discrimination, colonialism, global capitalism, and income inequality. 

Chanting, waving banners, and beating drums, demonstrators flooded large parts of the Scottish city, uttering speeches denouncing leaders’ and corporations’ responses to climate change over the past few decades. “Inside that conference of polluters, the climate criminals are hiding behind barbed wire and fences and lines of police,” said COP26 Coalition spokesperson Asad Rehman. “We’re not going to accept their suicide pact.”

Since the 2015 signing of the Paris agreement, United Nations projections for global warming by the end of the century have dropped from roughly 4 to about 2.7 degrees Celsius. The International Energy Agency released an analysis suggesting that COP26 pledges could put the planet on a 1.8-degree-increase path. However, reaching that level of warming, still above the scientific consensus threshold of 1.5 degrees Celsius, would require all nations and specifically, corporations, to follow up on their promises, which seems highly unlikely according to activists and experts. 

According to a special investigation by The Washington Post, these pledges are based on intentionally flawed data. After examining 196 country reports, journalists revealed a giant gap between what nations declare their emissions to be vs. the greenhouse gases they actually send into the atmosphere. The gap ranges from 8.5 to 13.3 billion tons a year of underreported emissions, a margin “big enough to move the needle on how much the Earth will warm.”

Many countries offset their fossil fuels emissions by claiming that carbon is “absorbed” by land within their borders. U.N. rules allow countries, such as China, Russia, and the United States to subtract more than half a billion tons of annual emissions under this loophole, and in the future will let these and other countries release significant emissions while claiming to be “net-zero.” 

In other words, lower emissions are the result of subtractions by countries on their balance sheets, claiming a carbon absorption that in many cases doesn’t exist or happens on a much smaller scale. 

Climate Change Deniers Profit off Polluting Industries

Aided by financial institutions, tech firms, and governments, top polluting companies have worked hard to misrepresent the nature of our environmental crisis, which is why it’s imperative to understand who is actually responsible for the large-scale destabilization of the planet. In a piece for The Guardian, journalists Georgia Wright, Liat Olenick, and Amy Westervelt referenced a false narrative of individual guilt and an erasure of corporate responsibility in the climate crisis. 

ONU emite un fuerte llamado para luchar contra el calentamiento global

A report from Carbon Majors, part of the Climate Accountability Institute, found that just 100 companies have been responsible for 70% of the world’s greenhouse gas emissions since 1988. Highlighting companies such as ExxonMobil, Shell, BP, and Chevron, the report claimed that a “relatively small set of fossil fuel producers hold the key to systemic change on carbon emissions.” 

In a press release last week, the U.K. government and COP26 host claimed that 190 nations and organizations would join a breakthrough pledge to phase out coal and stop investing in new coal-power projects. Shortly after, Patrick Galey from Agence France-Presse pointed out that only 23 new countries making up 13% of coal use joined this pledge, adding to a 46-country list in which ten members don’t even burn coal. The U.S. China, Russia, and Australia were notably missing from the list, exposing just how valid the skepticism of activists is when it comes to governments, financial institutions, and polluting corporations unwilling to change. 

Thunberg’s accusations of “greenwashing” are extremely accurate, as the oil and gas industry continues to fund climate science denial, block energy reform, and resort to increasingly expensive and counterproductive mechanisms to drill amid disastrous climatic conditions, such as artificial chillers in a melting Arctic and seawalls protecting oil refineries on the Gulf Coast.  

Governments around the world, particularly those of the planet’s largest emitters, have shown just how entrenched their interests are with corporations and financial institutions profiting off polluting industries. 

As the U.S. recently proposed its most consequential climate legislation on record, West Virginia Senator Joe Manchin, a 74-year-old Democrat with deep financial ties to the oil and gas industry, led the charge against a Democratic-led reconciliation bill that among other things, would help phase out fossil fuels from the American electric system over the coming decade.

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Paired with most Republican legislators and Arizona Senator Kyrsten Sinema, a 45-year-old “Centrist” Democrat heavily funded by corporations who opposed the bill, Manchin has fiercely defended a fossil fuel industry that has bankrolled him politically and personally. In the current electoral cycle, Manchin has received more money than any other U.S. senator in political donations from the oil and gas industry, including coal mining companies and gas pipeline operators. 

In addition to meaty political financing, Manchin’s shares in Enersystems, the coal brokerage firm he created in 1988 and is now run by his son, are worth between 1 and 5 million, with the senator receiving more than 5 million in dividend income from the company over the past decade. Coal brokerage represents 71% of Manchin’s investment income and around a third of his total net worth.  

The disproportionate power of Manchin and Sinema, along with a Republican stance set on explicit climate change denial, shows how public officials regularly serve the most polluting industries in their fight against regulation. The playing field is not even, as governments, financial institutions, and corporations in the U.S. and other high-emissions nations such as China, Russia, and Australia defend an ecologically unsustainable, but highly profitable status quo. 

The Myth of Climate Change ‘Moderates’

As argued by the New Republic’s Kate Arnoff, calling leaders who deny or relativize climate change “moderates” or “centrists” is misleading against a crisis projected to kill 83 million people by 2100 from excessive heat alone.  

“Perhaps the most politically difficult aspect of climate change is that, after decades of denial and delay, there is no longer any coherent ‘moderate’ position to be had,” energy writer David Roberts wrote in his newsletter.

“It’s possible to find a middle ground in many areas of politics,” said Massachusetts Democratic Senator Ed Markey, an advocate of swift climate action. “But we cannot compromise on science. There isn’t a middle ground between a livable and unlivable world.”

Despite the obvious conflicts of interest and institutional failures plaguing decision-makers in politics and the global economy, a narrative pitting “rational” moderates and “naive” extremists continues to dominate debates about climate change, often characterizing younger generations as too idealistic and inexperienced to understand the complexities of legislation and political action. 

However, as it becomes increasingly clear that climate change inaction is deeply connected to the world’s largest concentrations of wealth across mainly Western nations, the arguments in favor of gradualism and moderation are seen for what they are by younger generations: an unwillingness to solve a problem that will cost many their fortunes. 

The current rhetoric around climate justice portrays younger generations as performance activists and “snowflakes” unable to grasp just how hard it is to change things overnight. Meanwhile, the “adults” at the table frame the fossil fuel, manufacturing, and meat production industries, as well as the financial speculation around their success, as untouchable systems holding the global economy. 

The world’s biggest polluters, including the U.S., China, Western European nations, Russia, India, Japan, and Australia, employ a mix of denials, silences, and rhetoric to avoid meaningful change, while Tuvalu’s foreign minister, who filmed his COP26 speech knee-deep in the ocean, warned that the island in the South Pacific will likely be underwater by the end of the century. 

“My biggest fear is losing my country,” said Brianna Fruean, a 23-year-old activist who grew up in Samoa, a Pacific island nation that is particularly vulnerable to rising sea levels and cyclones. 

“I’ve seen the floods go into our homes, I’ve scooped out the mud.” 

Climate justice activism, such as the one displayed by Thunberg and the tens of thousands who marched in Glasgow denouncing and rejecting the largely insufficient proposals by government officials, corporations, and financial institutions, is radical. Counter to disparaging or mocking characterizations of this radicalism by younger generations when it comes to climate change, it’s imperative to recognize its value. Climate change is the most radical threat that we have ever faced, making millions vulnerable to extreme weather, life-threatening events, mass migrations, and infrastructure collapses. 

Radicalism is constantly portrayed as a sign of naivety and ignorance on the part of climate activists and younger generations, while moderate compromises and top-down changes are framed as the only way to go by many pundits, journalists, government officials, and individuals and groups with concentrated power and wealth, many of whom directly profit off highly polluting industries. But moderate compromises and gradual steps will not allow us to inhabit this planet safely over the next century. 

As members of younger generations, there is nothing more important than upholding radicalism when it comes to climate change and questioning self-serving conceptions of climate justice by the “adults” at the table.  

If the slightly slower destruction of the environment is the sensible, appropriate proposal, and reevaluating entire economic structures and pressuring those directly profiting from polluting industries is an extremist and naive rant, “moderate” adults have a lot to learn from “radical” youth, for whom climate justice is not a buzzword, but the only chance at a future.

TW: @daniguerreroo

JGR