Isla de Perros: Una parábola de lealtad

Isla de Perros: Una parábola de lealtad

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La película animada Isla de Perros, dirigida por Wes Anderson, muestra el viaje del héroe en busca de su propia identidad en un Japón futurista.

La utópica ciudad de Megasaki es azotada por un extraño brote de gripe canina, la epidemia obliga al malencarado Alcalde Kobayashi ordenar el exilio de todos los perros hacia la Isla de la Basura para purgar la enfermedad. Al poco tiempo, Atari, sobrino del Alcalde con apenas 12 años de edad, emprenderá una misión secreta por la isla en busca de su mejor amigo.

Después del éxito con El gran hotel Budapest en 2014, el prolífico director estadounidense Wes Anderson, regresa con una fábula rodada bajo la técnica de stop motion, cargada con pequeñas dosis de activismo político y social en un Japón futurista, —que aplican para cualquier nación del mundo— nada alejadas de la realidad actual.

Cada cuadro del filme desborda una excéntrica estética pop al cadencioso ritmo del taiko, sushis, luchadores de sumo, y wasabi; que se aderezan con el idioma japonés que hablan los humanos —pocas veces se traducen sus líneas al espectador— y los perros ladrando el inglés, advierten la poca atención que los seres humanos representan en la trama. Las voces que llenan de vida a estas mágicas criaturas son figuras asiduas en el cine de Anderson: Bill Murray, Bryan Cranston, Edward Norton, Bob Balaban, Jeff Goldblum, Greta Gerwig, Frances McDormand, Scarlett Johansson, Harvey Keitel, F. Murray Abraham, Yoko Ono, Tilda Swinton, Ken Watanabe, Liev Schreiber, Roman Coppola y hasta Anjelica Huston complementan el drama perruno con infinidad de matices como cuadros por segundo.

Perdidos en el absurdo de una isla, lejos del mundo —solo el ser humano se puede cansar de su mejor amigo— la simpática jauría demuestra muchas más atribuciones sociales, encaminadas todas, a la construcción de relaciones afectivas y duraderas con sus amos. Parece que confiar en los seres humanos fue su único delito.

Un recurso evidente y recurrente de Anderson que termina siendo un agasajo visual, es la simetría de sus tomas que se amalgama a la perfección con los acordes del compositor francés Alexandre Desplat —ganador del Óscar a la mejor banda sonora por La forma del agua de Guillermo del Toro— ejemplifican magistralmente el totalitarismo nipón añadiendo un sinnúmero de sentimientos fruto del rechazo social de los galgos.

El filme Isla de Perros logra transmitir con sus marionetas la sensibilidad necesaria para impactar a todo tipo de audiencia, la empatía que destilan los perros, quizá no hubiera funcionado con gatos. Notablemente arriesgada, por la vigencia de sus temas políticos, y la tensa relación de occidente con la tierra del sol naciente, el prolijo ejercicio no defrauda, y pone un megáfono a segmentos vulnerables de la sociedad: los niños y sus mascotas, —representados dignamente con Atari Kobayashi y la activista de intercambio Tracy Walker— que desde su inocente percepción alzan la voz cuando no se siente cómodos dentro de las estructuras impuestas por los adultos.

Una parábola apabullante que destila lealtad, intentando descifrar la entrega absoluta de un ser vivo que pareciera no esperar nada a cambio. Wes Anderson y su Isla de Perros darán batalla durante la ceremonia del Óscar el siguiente año.

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