La esperanzadora elección de 2020 en un país lastimado

La esperanzadora elección de 2020 en un país lastimado

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Daniela Guerrero

Me quedé dormida alrededor de las 3:30 am del viernes 6 de noviembre. En contra de todos los consejos, de todas las promesas de dejar de ver las noticias, de actualizar Twitter, mi mente inevitablemente regresaba a las elecciones norteamericanas.

Programé mi alarma a las 9:30 am bajo la pretensión de salir a correr temprano. Sin embargo, lo único que pude hacer la mañana del sábado 7 de noviembre fue tomar café y especular sobre el estado de ánimo del estadista de CNN, John King, después de incontables cálculos y predicciones frente a un mapa electoral estancado.

“Después de cuatro largos y tensos días, hemos llegado a un momento histórico en esta elección,” anunció Wolf Blitzer en CNN. Convencida de ser testigo de otra actualización parcial, apenas miré la televisión mientras revisaba mi teléfono.

En Twitter, Associated Press anunció la victoria de Biden en Pennsylvania. Wolf siguió hablando, “CNN proyecta que Joseph R. Biden Jr. es el 46o presidente de los Estados Unidos.”

A pesar de las garantías de estadistas, periodistas y funcionarios de que este momento llegaría, la parte de mí que anticipó la victoria de Trump en 2016 y que no se sorprendió ante los más de 70 millones de estadounidenses que votaron por cuatro años más, había insistido en la precaución.

Toda la semana, me obligué a recordar que Trump prosperaba en entornos caóticos; que cualquier cosa podía pasar en un año sin precedente.

Cuando sus colegas en CNN le preguntaron al periodista afroamericano Van Jones qué pensaba sobre la victoria de Biden y Harris, finalmente me atreví a mirar la pantalla. Su voz vaciló mientras buscaba las palabras para describir un sentimiento abrumador.

“Esta mañana es más fácil decirles a tus hijos que el carácter importa, que decir la verdad importa, que ser una buena persona importa.” Sus palabras emergieron directamente de un dolor que millones de personas en este país han cargado durante décadas, pero sobre todo, durante los últimos cuatro años.

“Gastas demasiada energía de tu vida tratando simplemente de mantenerte a flote,” dijo el periodista sin lograr contener sus lágrimas. “Sólo quiero que mis hijos vean esto y sepan que puedes hacer cosas de la forma barata y puedes salirte con la tuya. Pero eventualmente te alcanza.” concluyó un Van Jones visiblemente agotado. “Lo siento por la gente que perdió. Para ellos no es un buen día. Pero para mucha gente, hoy es un buen día.”

Como mexicana que se mudó a Washington, DC en el verano de 2015, el único Estados Unidos que he conocido de cerca es aquél gobernado por Donald Trump. Con el tiempo, tuve que desarrollar una armadura emocional para navegar una presidencia que antagonizó y señalo a comunidades de color y migrantes, que me hizo sentir insegura y desplazada en más de una ocasión.

Durante cuatro años, sentí la necesidad de aclarar que era una migrante “legal,” que mi identidad mexicana no era un defecto. Me volví selectiva sobre dónde y cuándo hablar español en público. A pesar de burlarme de declaraciones absurdas, durante cuatro años presencié con pánico cuánta gente acogió una retórica sexista, racista y etno-nacionalista con brazos abiertos.

Me duelen las familias separadas en la frontera, las vidas destruidas sin razón alguna. Me duele el daño que asesores como Stephen Miller lograron efectuar en el sistema de asilo. El costo humano de un aparato federal que se dedicó a restringir y demonizar la migración es irreversible.

Sin embargo, hoy siento esperanza por el momento que vive Estados Unidos. Mi optimismo no proviene de Joe Biden como un salvador presidencial o del Partido Demócrata como una plataforma incuestionable y perfecta. Proviene del número histórico de estadounidenses que vieron el poder de su voto manifestado; de la decisión de exigir un tipo de liderazgo que responda a un Estados Unidos más amplio y que sea responsable de sus acciones.

Mi esperanza proviene de personas como Stacey Abrams, quién combatió ferozmente la supresión del voto en Georgia; de organizadores de la Unión Culinaria que tocaron medio millón de puertas en todo Nevada durante la pandemia; de una coalición multigeneracional y multirracial cada vez más consciente del papel clave de la gente “común” dentro de instituciones y oficinas destinadas a servir, no a explotar o a destruir.

Hoy, Estados Unidos se enfrenta una pandemia que le ha costado la vida a cerca de 240,000 estadounidenses y ha ocasionado la pérdida de millones de empleos y modos de vida. Hoy, Estados Unidos continúa siendo un país desigual y dividido que promueve estructuras sistemáticamente discriminatorias y racistas.

Hoy, muchos americanos blancos sucumben al extremismo y al fanatismo, buscando un espacio en un país cada vez más diverso. Hoy, Estados Unidos continúa siendo uno de los mayores emisores de carbono y consumidores de plástico del mundo.

El remplazo de Trump y Pence por Biden y Harris no es una panacea que mágicamente cambiará a Estados Unidos. Una potencial mayoría demócrata en el Senado no resolverá asuntos con raíces profundas y enredadas.

Pero puede que este cambio exija a millones de norteamericanos comenzar de nuevo y trabajar por los ideales que han colocado en esta nueva presidencia.

Donald Trump, elecciones Estados Unidos, joe biden y donald trump - Informe Confidencial

This election restored my ability to hope

Daniela Guerrero

I fell asleep around 3:30 am on Friday, November 6th. Against friends’ advice, against promises to stop scrolling, stop refreshing, my mind inexorably found its way back to the election. After a text telling me to “go to bed and stop watching polls!” I reluctantly dozed off.

I had set my alarm for 9:30 am under the pretense of going for an early Saturday run in DC to clear my head. The reality came closer to distractedly gulping half a pot of coffee and speculating on John King’s relationship with his electoral map in my pajamas.

“After four long, tense days, we’ve reached a historic moment in this election,” announced Wolf Blitzer. Convinced of witnessing yet another partial update, I barely looked up at the TV while scrolling on my phone. The Associated Press tweet announcing Biden’s win in Pennsylvania stopped me cold. Wolf kept speaking, “CNN projects that Joseph R. Biden Jr. is elected the 46th president of the United States.”

Despite assurances that this moment would come, the part of me who had suspected a Trump victory in 2016 earlier than my white friends, who remained unsurprised at the more than 70 million Americans who voted for four more years, insisted on caution. I had told myself that Trump thrived in chaotic environments; that anything could still happen.

When Van Jones was asked his thoughts on Biden’s victory, I finally dared to look up at the screen in front of me. His initial expression reminded me that I wasn’t the only one completely overwhelmed. His voice faltered as he uttered the words that spoke directly to me, to millions of Americans.

“This morning it’s easier to tell your kids that character matters, telling the truth matters, being a good person matters.” His thoughts came out unrehearsed, emerging directly from a heavy, boundless pain that millions of people in this country have carried for too long. “You spend so much of your life energy just trying to hold it together.”

The clip quickly went viral under the caption “today is a good day.” Van Jones’s words captured something essential about hope and the end of the Trump presidency. Saturday wasn’t a mystic day in which the country’s layered, serious problems disappeared; it wasn’t a perfect day in which all Americans united. But for so many of us, it was a really good day.

I drove around DC on Saturday, honking through the sunny streets. I cried and laughed — and finally exhaled. As a Mexican immigrant who moved to the US in the summer of 2015 with her parents and little brother, all I have ever known is Trump’s America.

As a woman of color, I had to build the thickest skin possible to get through a presidency that attacked me directly; that made me feel unsafe and deviant.

For four years, I felt the need to clarify that I was a legal immigrant, to sanitize my Mexican origins. I became selective about where and when to speak Spanish publicly. I mocked Trump’s absurd statements but privately panicked at how many people he energized with his sexist, racist, ethno-nationalist rhetoric.

The countless families separated at the border for no reason still break my heart. The damage inflicted by people like Stephen Miller upon the asylum system will always hurt me. The human cost of a meticulously destructive federal apparatus that restricted and demonized immigration is irreversible.

Still, today I feel hopeful. My optimism doesn’t stem from Joe Biden as a presidential savior or the Democratic Party as an unquestionable, perfect platform. It comes from the historic number of Americans who saw the power of their vote manifest; from the resolve to demand a kind of leadership that responds to a larger America and can be held accountable.

My hope comes from people like Stacey Abrams, who fiercely combatted voter suppression in Georgia; from Culinary Union organizers who knocked on half a million doors across Nevada during a raging pandemic; from a multigenerational, multiracial coalition increasingly aware of the influence that “ordinary” people can have over institutions and offices meant to serve, not exploit or destroy.

Today, America faces a pandemic that has cost the lives of nearly 240,000 people and resulted in the loss of millions of jobs and livelihoods. Today, America remains an unequal and divided country, marked by systemic racism.

Today, many white Americans succumb to extremism and bigotry, seeking a place in an increasingly diverse country. Today, America continues to be one of the world’s largest carbon producers and plastic consumers in the world.

Replacing the Trump-Pence ticket with Joe Biden and Kamala Harris will not magically transform America. A potential Democrat majority in the Senate won’t fix issues with deep, tangled roots. But it’s a chance to start over, to strive and work for something better every single day.

Today, I cherish the ability to feel optimistic again.

TW: @daniguerreroo

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