El reencuentro: Catherine Deneuve y Catherine Frot

El reencuentro: Catherine Deneuve y Catherine Frot

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Dos mujeres son el hilo conductor en una historia que reflexiona sobre la pasión, la vida, y el perdón justo antes de la muerte.

Cada ser humano es un rompecabezas de historias, y un acertijo para los demás. Ni qué decir del corazón de una mujer, que es un profundo mar de secretos, y es justo en dicha figura que el director francés Martin Provost, afinó la pluma para también escribir El Reencuentro, cinta cuyo título original Sage Femme, hace alusión a las parteras, mujeres que viven ayudando a recibir la vida con su loable labor.

La historia comienza con Claire Breton —Catherine Frot— una comadrona entregada en cuerpo y alma a su trabajo. Casi a punto de llegar a los cincuenta años, madre de un hijo que sacó adelante sola, y con la incertidumbre de un oficio que la modernidad está a punto de aniquilar, el futuro no pinta nada bien. Para agregar más tensión, hace su aparición la excéntrica Béatrice —una fantástica Catherine Deneuve— la amante de su padre ya fallecido. El destino decidirá enseñarles una valiosa lección.

Al mero estilo francés, el relato de Provost es de ritmo lento, pero no menos interesante. La sorpresa es reunir a dos grandes actrices. La primera, musa de Luis Buñuel y Roman Polanski, y a sus casi 75 años sigue derrochando sensualidad, con más de 100 filmes en su haber, es la bellísima Catherine Deneuve, haciendo mancuerna con su compatriota Catherine Frot, otra grande de la pantalla, a quien recordamos en su papel de Madame Marguerite. Mesurada, de excelente técnica y humanizando a cada personaje que interpreta, ambas revitalizan colosalmente la naturaleza de ser mujer.

Una historia de apariencia sencilla, esconde en las miradas, palabras y gestos de sus protagonistas algo más complejo. Visto desde la butaca, la arrogancia, irreverencia y egoísmo de Béatrice, no embona ni abona nada al carácter desinteresado y humilde de Claire. Dos mundos opuestos, que se vincularon a través de un hombre fallecido treinta años atrás, un amante para la primera, y un padre para la segunda.

Quizá no con la fuerza que debería, el tema de las matronas y el afán de la tecnología por borrarlas del mapa no es tocado a fondo, pero deja la puerta abierta al debate, cuando Claire, es despedida de la clínica de maternidad donde pasó gran parte de su vida, y se rehúsa a formar parte de los nuevos y gigantescos hospitales. Pero sí escarba más en los secretos, desenmarañando sentimientos añejos, olvidados por el paso del tiempo.

El recuento de historias se vuelve exquisito con la química que emana entre las dos mujeres, entre el rechazo por la llegada de la mentirosa, pero agradable mujer, que poco a poco va cediendo espacio para la redención. El qué debo hacer, pronto es respondido desde lo más hondo del corazón cuando el cáncer aparece de improvisto.

Situaciones tan hermosas como la llegada de un bebé, otras devastadoras como la noticia de una enfermedad terminal, y tan cotidianas como disfrutar de un buen corte y un vino, todo en la vida, sin excepción, se presenta con fecha de caducidad. En un mismo escenario bailan vida y muerte. Al final del camino el verdadero triunfo será reconocer con valentía que nunca es tarde para hacer las pases con el pasado.

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