El papel de la policia en Estados Unidos: Seguridad y violencia

Ante eventos magnos, como lo han sido las marchas ahora globales contra de la brutalidad policial y la violencia racial, resulta difícil fijar consecuencias a largo plazo.

Los movimientos sociales no suelen ser lineales ni integrales — y la progresión de “Black Lives Matter” no es la excepción.

Más allá de un rechazo rotundo a la discriminación racial, las marchas de los últimos días en Estados Unidos parecen concentrarse cada vez más en el sistema policial y su financiamiento.

Algunos activistas y funcionarios electos están aumentando las llamadas para reducir el presupuesto otorgado a los departamentos de policía, así como reestructurarlos y reformarlos de manera radical.

Las exigencias de reformas han dejado a muchos dudosos de lo que realmente significarían estos cambios y de cómo las ciudades enfrentarían el crimen con un presupuesto reducido. La incertidumbre prevalece, puesto que las propuestas y cortes presupuestarios varían de condado a condado.

Sin embargo, un consenso parece formarse con creciente contundencia: los departamentos policiales reciben la mayoría de los presupuestos estatales y a cambio, exhiben prejuicios raciales tan generalizados que se traducen en violencia y muertes prevenibles.

Por lo general, los llamados a desmantelar los departamentos de policía buscan recortes de gastos significativos a las fuerzas policiales que consumen una parte cada vez mayor de los presupuestos de ciudades en todo Estados Unidos.

El domingo 7 de junio, una mayoría a prueba de veto del Consejo de la Ciudad de Minneapolis —en la cuál falleció George Floyd en manos de policías — se comprometió a desmantelar el Departamento de Policía, prometiendo crear un nuevo sistema de seguridad pública en un estado donde la policía ha sido acusada de racismo por años.

Para la mayoría de los defensores, «liquidar a la policía» no significa reducir a cero los presupuestos de seguridad pública.

La “abolición policial” por la que muchos abogan no se traduce en la desaparición de las fuerzas policiales de la noche a la mañana.

Desfinanciar a la policía significaría reducir el alcance de las responsabilidades policiales mediante la evaluación de sus responsabilidades y facultades otorgadas; significaría invertir más en educación pública, en servicios de salud, en programas de vivienda; significaría ampliar el uso de programas de mediación comunitaria y de interrupción de violencia.

Ante movimientos sociales como el que se ha presentado en los últimos días en Estados Unidos, predecir el “final de los tiempos” se vuelve muy tentador. Sin embargo, es importante recordar que los problemas y soluciones que circulan actualmente forman parte de tradiciones más extensas y antiguas.

Los llamados a desfinanciar el sistema policíaco no son nuevos — tampoco lo es la resistencia de muchos representantes electos.

Mientras algunos perciben el valor de reestructurar los departamentos de policía para evitar depredaciones sistemáticas, otros simplemente ven menos dinero para una organización esencial en la preservación del orden y la seguridad pública.

En una reciente columna de opinión, Christy E. López, profesora de la Facultad de Derecho de la Universidad de Georgetown y directora del Programa Innovador de Vigilancia, abordó estas contradicciones.

De acuerdo con López, la “abolición” de la policía — un guiño a la abolición de la esclavitud —
significa reducir, con la visión de eventualmente eliminar, “nuestra dependencia de la vigilancia para garantizar nuestra seguridad pública.”

“Significa reconocer que medidas como criminalizar la adicción y la pobreza, realizar 10 millones de arrestos por año y encarcelar masivamente a minorías no han proporcionado la seguridad pública que queremos y nunca lo harán,” escribió la profesora en el Washington Post.

López reconoce que los mayores abusos cometidos por fuerzas policiales forman parte de corrosiones sociales profundas en Estados Unidos.

“El sistema policial no inventó el racismo institucionalizado en Estados Unidos, la inequidad social o la masculinidad estereotipada,” escribió la académica bajo la esperanza de reconocer la interconexión entre distintos sistemas y actitudes generales. “Los daños de la vigilancia son producto de estas patologías más amplias. Si nos libráramos de la policía mañana, esas patologías se mantendrían. Y continuarían siendo mortales.”

A pesar del tamaño del reto de restructurar el modelo de seguridad norteamericano, López sostiene que distintas etapas de acción son necesarias antes de la abolición. “Las reformas policiales exitosas nos ayudan a aprender a identificar y mitigar los daños de estas características estructurales, incluso mientras trabajamos para rehacerlas.”

La pregunta de desfinanciar a la policia y abolir el sistema de seguridad actual pone nerviosos a algunos, mientras se convierte en una exigencia para otros.

El objetivo general de la abolición de la policía consiste en repensar lo que parece fijo. La apuesta que la mayoría de los activistas, ciudadanos y representantes electos a favor de desfinanciar a la policia están dispuestos a hacer es: al gastar más en áreas como educación, vivienda y servicios de salud, vendrán olas de cambio social sistémico que reducirán las supuestamente inamovibles tasas de crimen y violencia.

Líderes en diferentes ciudades han abogado por varios planes específicos, pero en general, los llamados al cambio buscan repensar tácticas de seguridad pública que, hasta hace unos días, parecían inamovibles.

Activistas y ciudadanos dicen que su intención es garantizar la seguridad y la justicia, pero terminar con un sistema diferente.

Estos cambios sucederán a destiempo, con distinta fuerza y bajo escrutinios distintos. Muchas fuerzas intervendrán a lo largo del proceso de abolición y resultados radicales y singulares aún parecen lejanos — pero la conversación ya comenzó.

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