La desigualdad global hace de la vacuna de Covid-19 un privilegio, no un derecho

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Martha Daniela Guerrero 

Se han administrado más de 1,100 millones de vacunas Covid-19 en todo el mundo, la mayoría de las cuales han llegado a los brazos de los habitantes de los países más ricos del mundo. Los marcados contrastes en la disponibilidad de vacunas y las tasas de inoculación entre naciones como Israel, Estados Unidos o el Reino Unido, y países como India, Argelia y México, encarnan las desigualdades estructurales que definirán la recuperación de la pandemia mundial. 

El Duke Global Health Innovation Center Launch and Scale Speedometer, que ha hecho un seguimiento de las compras de vacunas de Covid-19, ha determinado que los países de altos ingresos han comprado más de la mitad de todas las dosis mundiales. 

Según el último análisis de la Kaiser Family Foundation sobre el acceso a vacunas, los países de altos ingresos representan alrededor de 19% de la población adulta global, pero han comprado colectivamente 54% del suministro mundial de vacunas. Un tercio de las dosis restantes ha sido adquiridas colectivamente por países de ingresos bajos y medios, que representan el 81% de la población adulta mundial. 

Estos patrones de distribución tan desiguales se unen a la alarmante predicción de que no habrá suficientes vacunas para inocular a la población mundial hasta al menos 2023

Mientras que algunos países siguen siendo incapaces de vacunar a un porcentaje significativo de su población, otros podrían tener muchas vacunas de sobra, lo que otorga a las naciones ricas una ventaja sin precedentes ante posibles aliados y enemigos sin vacunas. 

Por ejemplo, Estados Unidos, donde más de la mitad de la población adulta ha recibido al menos una dosis, dispondrá de un excedente de aproximadamente mil millones de dosis a finales de año, según Brookings Institution. Mientras tanto, India, con una tasa de vacunación del 10%, sigue batiendo récords de nuevas infecciones diarias

Las consideraciones geopolíticas y humanitarias se han mezclado con los recientes anuncios realizados por la administración del presidente Biden, que se vio cada vez más presionada para eliminar impedimentos a la exportación de materiales para la producción de vacunas en la India. Analistas y funcionarios han dicho que la India será un beneficiario potencial de las dosis adicionales debido a preocupaciones humanitarias – y debido a su papel como potencial aliado en una rivalidad geopolítica con China

La retórica oficial en torno al “préstamo” en marzo de cuatro millones de dosis de vacunas AstraZeneca a Canadá y México vino acompañada de una muestra similar de motivaciones mixtas. La secretaria de prensa de la Casa Blanca, Jen Psaki, dijo que, aunque la prioridad del gobierno federal seguía siendo la vacunación de la población estadounidense, “garantizar que nuestros vecinos puedan contener el virus es un paso fundamental para acabar con la pandemia”. 

La desigualdad global hace de la vacuna de Covid-19 un privilegio, no un derecho

Finalmente, la semana pasada la administración de Biden anunció que enviaría hasta 60 millones de dosis de AstraZeneca a otros países. ¿El único detalle? Estas vacunas se fabricaron en una planta de Emergent BioSolutions en Baltimore, donde la producción se detuvo por temores de contaminación. La Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) ahora debe certificar que las dosis cumplan las normas estadounidenses de seguridad y calidad antes de donarlas a otros países.  

Mientras EU avanza hacia una política limitada de donación o negociación de dosis excedentes con gobiernos extranjeros que las necesitan, el Reino Unido, que ha ordenado alrededor de 400 millones de dosis de vacunas y tendrá muchas sobrantes, se ha comprometido a donar la mayoría de las dosis no utilizadas a países sin acceso

Científicos como Sir Jeremy Farrar, investigador médico británico y director del Wellcome Trust, han dicho continuamente que las naciones ricas que han comprado la mayor parte del suministro global de vacunas deben compartir las dosis con el resto del mundo. 

En un reciente artículo de opinión en The Guardian titulado “Los líderes políticos deben asegurarse de que las vacunas contra el virus Covid no sean patrimonio de los ricos”, Farrar sostuvo que hasta que las vacunas y pruebas no estén al alcance de todos, el mundo simplemente no podrá detener la pandemia y sus consecuencias devastadoras.

“En muchos países, los hospitales están inundados de pacientes y se enfrentan a la escasez de suministros médicos vitales”, escribió Farrar. “Es sencillamente inaceptable que, mientras se calcula que una de cada cuatro personas en países de altos ingresos han recibido la vacuna  de Covid, sólo una de cada 500 ha recibido la inyección en naciones de bajos ingresos.”

Además, Farrar hizo un llamado a naciones como el Reino Unido y Estados Unidos para que lideren el acceso equitativo a las vacunas, algo que hasta ahora simplemente no es una realidad. “El Reino Unido ha suministrado casi tantas dosis a sus propios ciudadanos como las que Covax ha podido enviar a 120 países que necesitan urgentemente las vacunas”. 

La iniciativa Covax de la ONU ha tenido dificultades para alcanzar su objetivo de distribuir vacunas al 20% de la población más vulnerable de cada país. Debido a la escasez de fondos, a la insuficiencia de suministros y a desigualdades estructurales, Covax sólo ha conseguido entregar alrededor de una quinta parte de las dosis de AstraZeneca previstas para mayo. 

En medio de cálculos políticos, súplicas de los científicos y ejemplos flagrantes de desigualdad entre países, el Covid-19 sigue devastando comunidades en todo el mundo. Aunque los habitantes de Estados Unidos, Reino Unido y otros países que tienen el privilegio de contar con vacunas a tiempo se han distanciado de la crisis sanitaria, hoy vemos cómo naciones como India, Brasil, Turquía, México y Siria viven sus peores días. 

Estos dolorosos contrastes encarnan una severa división entre naciones basada en la riqueza, con diez países que han recibido las tres cuartas partes de las vacunas disponibles y una treintena de naciones que no han inyectado a una sola persona. 

Acontecimientos recientes, como las donaciones de 34 millones de dosis de Moderna y un millón de inyecciones de AstraZeneca de Suecia a Covax; y el anuncio de Katherine Tai, embajadora de la Oficina del Representante Comercial de EU, sobre el apoyo del gobierno norteamericano a la suspensión de patentes para las vacunas Covid-19, encarnan el enorme impacto que naciones privilegiadas podrían tener en la lucha contra la pandemia. 

Pero hasta ahora, estas acciones no son suficientes para acabar con una pandemia que sigue haciendo estragos en demasiados países. En una comunidad global plagada por desigualdades estructurales vinculadas a la explotación económica, legados colonialistas y asimetrías acumuladas entre naciones que muchos aún distinguen como “desarrolladas” versus “subdesarrolladas”, la cooperación auténtica nunca ha sido más necesaria.

Para aquellos abogando por un enfoque que priorice los intereses nacionales y no dé “limosnas de vacunas” a otros países, vale la pena considerar las advertencias de los expertos sobre los peligros que podría conllevar una distribución desigual de las vacunas si el virus sigue mutando. 

En palabras de Farrar, la vacunación global no es simplemente una cuestión de equidad y justicia, sino un objetivo de interés económico y salud pública para todos los países. “Las costas en las que ahora hace estragos el Covid pueden parecer lejanas para algunos, pero la realidad es que mientras el virus siga propagándose en otros países, sigue siendo una amenaza para todos”, concluyó el analista. “Con las infecciones mundiales en su punto más alto, estamos jugando con fuego”. 

De la misma manera que la inequidad social ha influido en quienes se han infectado y muerto por Covid-19 en la mayoría de los países, hoy las vacunas no son un derecho, sino un privilegio reservado para unos cuantos. 

Global inequity makes the Covid-19 vaccine a privilege, not a right

Martha Daniela Guerrero 

More than 1.1 billion Covid-19 vaccines have been administered globally — most of them have gone into the arms of people living in the world’s wealthiest countries. The stark contrasts in vaccine availability and inoculation rates between nations such as Israel, the US, or the UK, and countries such as India, Algeria, and Mexico, embody structural inequities set to define global pandemic recovery. 

The Duke Global Health Innovation Center Launch and Scale Speedometer, which has been monitoring Covid-19 vaccine purchases, has determined that high-income countries already bought over half of all global doses. 

According to the Kaiser Family Foundation’s latest analysis of vaccine access, high-income nations represent around 19% of the global adult population, but have collectively purchased 54% of the global vaccine supply. A third of remaining doses has been collectively purchased by low- and middle-income countries, which account for 81% of the global adult population. 

These starkly unequal distribution patterns are paired with the alarming prediction that there will not be enough vaccines to inoculate the world’s population until at least 2023

While some countries remain unable to vaccinate a significant percentage of their populations, others may have many shots to spare — granting wealthy nations unprecedented leverage with potential vaccine-less allies and enemies. 

For example, the United States, where over half of the adult population has received at least one dose, is set to sit on approximately a billion surplus doses by the end of the year, according to Brookings Institution. Meanwhile, India, with a 10% vaccination rate, continues to tragically break records in new daily infections

Geopolitical and humanitarian considerations have blended over recent announcements made by the Biden administration, which was increasingly pressured to remove impediments to the export of materials for vaccine production in India. Analysts and officials have said that India is set to become a potential beneficiary of additional doses because of humanitarian concerns — and because of its potential role as an ally in a geopolitical rivalry with China. 

The official rhetoric around the March “loan” of four million AstraZeneca doses to Canada and Mexico came with a similar display of mixed motivations. White House Press Secretary Jen Psaki said that while the Biden administration’s first priority remained to vaccinate the US population, “ensuring our neighbors can contain the virus is a mission-critical step to ending the pandemic.” 

Finally, last week the Biden administration announced it would send up to 60 million AstraZeneca doses to other countries. The only catch? These shots were made at an Emergent BioSolutions plant in Baltimore, where production stopped amid fears of contamination. The Food and Drug Administration is set to certify that the doses meet American standards for safety and quality before donating them to other countries.  

As the US moves towards a limited policy of donating or negotiating surplus doses with foreign governments in need, the UK, which has ordered around 400 million vaccine doses and will have many left over, has pledged to donate most unused doses to countries without access. 

Scientists such as Sir Jeremy Farrar, British medical researcher and director of the Wellcome Trust, have continually said wealthy nations who have bought up most of the global vaccine supply must share doses with the rest of the world. 

In a recent op-ed for The Guardian titled “Political leaders must ensure Covid vaccines aren’t the preserve of the rich,” Farrar argued that until vaccines and tests aren’t available to everyone, the world simply won’t be able to stop the pandemic and its devastating consequences. 

“In many countries, hospitals are flooded with patients and face shortages of vital medical supplies,” wrote Farrar. “It’s simply not acceptable that while an estimated one in four people in high-income countries has received a Covid vaccine, just one in 500 has received the jab in low-income countries.”

Additionally, Farrar called on nations like the UK and the US to lead the way in providing equitable access to vaccines, which so far is simply not a reality. “The UK has given almost as many doses to its own citizens  than Covax has been able to ship to 120 countries in dire need of jabs.” 

The UN-based Covax initiative has struggled to reach its goal of distributing vaccines to the most vulnerable 20% of the population in every country. Due to funding shortfalls, severe supply shortages, and structural inequities, Covax has only managed to deliver around a fifth of the  AstraZeneca vaccine doses originally expected by May. 

Amidst political calculations, pleas from scientists, and glaring examples of inequity between countries, Covid-19 continues to devastate communities across the globe. 

Even if people in the US, the UK, and other countries who have the privilege of timely vaccines have distanced themselves from the health crisis, today we see nations like India, Brazil, Turkey, Mexico, and Syria live through their worst days.  

These painful contrasts embody a severe divide between nations based on wealth, with ten countries having received three-quarters of all available shots and around thirty nations who haven’t inoculated a single person. 

Recent developments, such as the donations of 34 million Moderna doses and a million AstraZeneca shots from Sweden to Covax; and this week’s announcement of Trade Representative Ambassador Katherine Tai on US support for waiving intellectual property protections for Covid-19 vaccines, embody the significant impact wealthy and privileged nations could have on the fight against the pandemic. 

But so far, these actions are simply not enough to end a pandemic that keeps raging in too many nations. As a global community plagued with structural inequities tied to economic exploitation, colonialist legacies, and accumulated imbalances between nations many still distinguish as “developed” v. “developing,” real cooperation has never been more necessary. 

For those quick to advocate for an approach that prioritizes national interests and doesn’t give “vaccine handouts” to other countries, it may be worth considering experts’ warnings about the very real dangers that could come with an unequal distribution of vaccines if the virus keeps mutating. 

In the words of Farrar, global vaccination isn’t simply the right thing to do, but a goal in every nation’s public health and economic self-interest. “The shores Covid now rages upon may seem distant to some, but the reality is that so long as the virus continues to spread in other countries, it continues to be a threat to everyone,” concluded the analyst. “With global infections at an all-time high, we are playing with fire.” 
In the same way that social inequality has influenced who has become infected and died from Covid-19 in most countries, today vaccines are not a right, but a privilege reserved for a few. 

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