Cuomo y Salgado Macedonio: Que Todo Cambie, para que Todo Siga Igual

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Daniela Guerrero

En política, la inercia es una fuerza poderosa. Cuando estructuras enteras de personas, poder y dinero se apoyan en una determinada forma de “hacer las cosas”, es probable que la idea de cambio sea rápidamente desacreditada o ridiculizada por muchos. Este último mes, vimos a dos hombres poderosos en países vecinos aplicar el mismo manual para hacer frente a los escándalos de violencia sexual amenazando sus futuros políticos. Los pasos de su estrategia son bastante sencillos: 1) aguantar; 2) gritar no, no, no, a todo pulmón; 3) y dejar que la inercia se encargue del resto.

¿Quiénes son estos hombres? El gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, y el candidato a gobernador de Guerrero, Félix Salgado Macedonio. ¿Qué hicieron? Los políticos estadounidense y mexicano se negaron a asumir ninguna responsabilidad ante múltiples acusaciones de violencia sexual. ¿Cómo lo hicieron? Señalaron a una “turba” enfurecida de personas hipersensibles buscando chivos expiatorios.

Hoy, Cuomo sigue siendo el gobernador de Nueva York, a pesar de múltiples llamados de legisladores y líderes a nivel estatal y federal, incluyendo al presidente Biden, para que renuncie. Hoy, Salgado es aspirante oficial a la gubernatura de Guerrero, a pesar de múltiples llamados de legisladores y líderes a nivel estatal y federal para que fuera eliminado de la boleta. 

¿quiénes son estos hombres? El gobernador de nueva york, andrew cuomo, y el candidato a gobernador de guerrero, félix salgado macedonio. ¿qué hicieron? Los políticos estadounidense y mexicano se negaron a asumir ninguna responsabilidad ante múltiples acusaciones de violencia sexual.

A pesar de ser dos figuras políticas que hablan idiomas diferentes y que probablemente no se conocen, Cuomo y Salgado tuvieron el mismo pensamiento. ¿Qué tal si en vez de que la gente se centre en mi supuesto comportamiento, me convierto en una víctima indefensa a la que se le “cancela” o “lincha”? 

Así planteó Cuomo el problema: “La gente sabe la diferencia entre jugar a la política, plegarse a la cultura de la cancelación y la verdad. Dejemos que la revisión continúe, no voy a dimitir, no fui elegido por los políticos, fui elegido por el pueblo.” 

Esta fue la defensa de Salgado: “Hasta el día de hoy he sido objeto de un linchamiento político y mediático sin precedente en la historia de México, auspiciado y patrocinado por poderes fácticos e intereses oscuros.”

Si estas dos declaraciones suenan casi idénticas, es porque lo son. Tanto Cuomo como Salgado han concentrado su retórica y su peso político en una sola idea, alarmantemente popular entre muchos en el público estadounidense y mexicano: “Como hombre, ya no puedes hacer nada sin que te llamen depredador”.

No importa lo arcaica que pueda sonar esta idea, Cuomo y Salgado han demostrado que su uso entre quienes están en el poder no sólo sigue siendo válido, sino que es defendida como una de “muchas verdades” en el “caótico” nuevo mundo donde la violencia sexual se destapa y  examina con más fuerza. 

¿quiénes son estos hombres? El gobernador de nueva york, andrew cuomo, y el candidato a gobernador de guerrero, félix salgado macedonio. ¿qué hicieron? Los políticos estadounidense y mexicano se negaron a asumir ninguna responsabilidad ante múltiples acusaciones de violencia sexual.

¿Por qué se pueden seguir ignorando, relativizando y contrarrestando acusaciones graves de acoso y abuso sexual? ¿Por qué sigue siendo válido reducir presuntos actos de violencia sexual a un conjunto de “rumores” desagradables que alguien que “te odia” inicia para “destruirte”? ¿Por qué sigue siendo suficiente para presuntos agresores decir que todo es mentira para mantenerse en posiciones de poder? 

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Las respuestas están profundamente arraigadas en la forma en que se sigue percibiendo y tratando a las mujeres en países tan diferentes como México y Estados Unidos. Si las defensas de Cuomo y Salgado siguen siendo aceptadas y defendidas por muchos, es porque una parte sustancial del público y de quienes están en el poder todavía ve la violencia sexual como una parte mundana de la vida. Una simple crisis de relaciones públicas que siempre pasará. 

Algunos incluso añoran los días de gloria en los comportamientos abusivos eran tolerados e incluso alentados como parte de la conducta de “un verdadero hombre.” Salgado, de 64 años, y Cuomo, de 63, encarnan sin duda una generación que creció con roles de género claramente definidos, y a menudo reductivos, así como con normas sociales basadas en dinámicas de poder desiguales entre hombres y mujeres.

Teniendo esto en cuenta, no es de extrañar que Cuomo y Salgado no sólo se empeñan en socavar la gravedad de las acusaciones, sino que parecen tener dificultades para comprender por qué el público no pasa la página. 

Si miramos más allá de los comportamientos abusivos y criminales que varias mujeres han denunciado en ambos países, la forma en que ambos hombres han actuado en general refleja un contexto más amplio de sexismo en el que se criaron generaciones enteras de funcionarios públicos, figuras de poder y ciudadanos. 

La semana pasada, el New York Times entrevistó a más de 35 miembros del personal de la cámara ejecutiva de Cuomo. Muchos de ellos dijeron que la oficina del Gobernador era un entorno de trabajo poco profesional y tóxico, especialmente para mujeres jóvenes. Doce empleadas dijeron que se sentían presionadas a usar maquillaje, vestidos y tacones, porque eso era “lo que le gustaba al gobernador.”

En las últimas semanas, han reaparecido informes sobre Salgado Macedonio como alcalde de Acapulco en 2008, recordando a la opinión pública mexicana su papel en la exoneración de varios hombres que dirigían una red de prostitución infantil que atendía a turistas estadounidenses y canadienses. Por aquel entonces, Salgado era conocido por su predilección por “salir de fiesta con mujeres jóvenes,” una preferencia que le otorgó el apodo del “Señor de los Table Dance.” 

Trágicamente, dentro de sus propios contextos nacionales, ni Cuomo ni Salgado son excepcionales. Encarnan formas populares y concretas de concebir y tratar a las mujeres: como un objeto, como un premio, como una extraña tentación, como un medio desechable para obtener placer o poder. Pero siempre como un ser ajeno y perpetuamente vulnerable ante los hombres.  

Además del carácter predecible de sus acciones y defensas, Cuomo y Salgado también han ilustrado una importante lección. La violencia sexual es un fenómeno tan frecuente y normativo que aún hay mucho espacio para abstraer, negar, ridiculizar y distraer. 

Líderes pueden seguir virando hacia frases vagas como “guerras políticas,” “sabotajes de adversarios”, y “circos mediáticos.” 

La conversación puede seguir centrándose en la “lealtad”, como en el caso del antiguo asesor de Cuomo y actual zar de vacunación Larry Schwartz, quien llamó a varios líderes demócratas del estado para recordarles la importancia de mostrar fidelidad al gobernador. Muchos neoyorquinos pensaron que un recordatorio de este tipo por parte del hombre encargado de distribuir las vacunas venía con ataduras. 

En el caso de Salgado, la conversación fue sobre “enemigos políticos.” El presidente mexicano López Obrador no sólo respaldó al nuevo candidato de Morena, sino que reiteró lo común que es que “todo tipo de acusaciones”, en el caso de Salgado seis mujeres acusándolo de violación, “salgan en un ciclo electoral.” AMLO lamentó el auge del “linchamiento político” por parte de un “feminismo importado” auspiciado por los “enemigos” de su gobierno. 

Si la violencia sexual puede seguir siendo planteada como varios temas diferentes, que a su vez siempre son más casuales y relativos — como la guerra de la política, la cultura de la cancelación o el boicot estratégico a los hombres poderosos — entonces simplemente no es importante o real para un gran número de personas. 

Si presuntos abusadores todavía pueden convertirse en víctimas convincentes para tantos, y aún merecen seguir adelante en medio de severas acusaciones con la ayuda de múltiples aliados, entonces tal vez las cosas no han cambiado tanto como nos gusta decir que lo han hecho. 

Sobre el papel, la violencia sexual ya no es aceptada. En la práctica, sigue siéndolo. En palabras ya populares de Giuseppe Tomasi de Lampedusa, tal vez la clave sea cambiar las cosas, para que todo siga igual.

Cuomo and Salgado Macedonio: Has Anything Changed When It Comes to Sexual Violence?

Daniela Guerrero

In politics, inertia is a powerful force. When entire structures of people, power, and money rely on a certain way of “doing things,” the idea of change is likely to be quickly maligned or ridiculed by many. This past month, we have seen two powerful men in neighboring countries run the same playbook to deal with sexual violence scandals threatening their political futures. The steps to their strategy are actually quite simple: 1) stick it out; 2) scream no, no, no, at the top of your lungs; 3) and let inertia take care of the rest.

Who are these men? New York governor Andrew Cuomo and Guerrero governor candidate Félix Salgado Macedonio. What did they do? The American and Mexican politicians refused to take responsibility for multiple accusations of sexual violence. How did they do it? They pointed to an angry “mob” of oversensitive people looking for someone to blame. 

Today, Cuomo remains New York’s governor, despite multiple calls from legislators and leaders at the state and federal level, including President Biden, for him to resign. Today, Salgado is an official candidate for Guerrero’s race for governor, despite multiple calls from legislators and leaders at the state and federal level for his removal of the ticket. 

For two political figures who speak different languages and probably don’t know each other, Cuomo and Salgado had the same thought. What if, instead of having people focus on my alleged behavior, I become a helpless victim being “canceled” or “lynched”? 

Here’s how Cuomo phrased it: “People know the difference between playing politics, bowing to cancel culture and the truth. Let the review proceed, I’m not going to resign, I was not elected by the politicians, I was elected by the people.” 

Now, here’s Salgado: “To this day I have been the object of a political and media lynching, unprecedented in the history of Mexico, sponsored by de facto powers and dark interests.” 

If these two statements sound nearly identical, it’s because they are. Both Cuomo and Salgado have focused their rhetoric and clout on a single, and alarmingly popular idea among many in the American and Mexican public: “As a man, you can’t do anything anymore without being called a predator.”

No matter how archaic this notion may sound, Cuomo and Salgado have demonstrated that its use among those in power is not only still valid but will be upheld as one of many truths in a “crazy” new world where sexual violence is increasingly being uncovered and scrutinized. 

Why is ignoring, relativizing, and countering serious accusations of sexual assault and harassment still in the political playbook? Why is it still fair game to reduce alleged sexual violence to a set of nasty rumors someone who “hates” you started to “destroy” you? Why is it still enough for suspect abusers to simply say it’s all lies to stay in positions of power? 

The answers are deeply embedded in how women are still perceived and treated in countries as different as Mexico and the US. If Cuomo’s and Salgado’s approach is still accepted and defended to some degree, it’s because a substantial part of the public and those in power still see sexual violence as a mundane part of life. A touchy-feely public relations crisis that will always pass. 

Some may even yearn for the heydays where predatory behaviors were condoned and even encouraged as part of “being a real man.” Salgado, 64, and Cuomo, 63, certainly embody a generation that grew up with clearly defined, and often reductive gender roles, as well as social norms that fed off unequal power dynamics between men and women.

With this in mind, it’s no surprise that Cuomo and Salgado are not only determined to undermine the severity of the accusations but seem to have a hard time comprehending why the public won’t just move on. 

If we were to look past the predatory and criminal behaviors that various women have explicitly denounced, the way both men have generally acted reflects a larger context of sexism in which entire generations of public officials, powerful figures, and citizens were brought up. 

Last week, the New York Times interviewed over 35 staff members of Cuomo’s executive chamber. Many of them said the Governor’s office was an unprofessional and toxic working environment, especially for young women. Twelve female staffers said they felt pressured to wear make-up, dresses, and heels — because that was “what the governor liked.” 

Over the past few weeks, reports of Salgado Macedonio’s actions as mayor of Acapulco in 2008 resurfaced, reminding the Mexican public of his role in exonerating several men who ran a child prostitution rink catering to American and Canadian tourists. Back then, Salgado was known for his predilection for “partying with young women,” a preference that awarded him the nickname, Mr. Strip Club. 

Tragically, within their own national contexts, neither Cuomo nor Salgado are exceptional. They embody widespread and concrete ways of thinking about and treating women — as an object, as a prize, as a strange temptation, as a disposable means to pleasure or power. But ultimately, as an “other” perpetually vulnerable and inferior to men.  

Besides the predictability of their actions and defenses, Cuomo and Salgado have also illustrated an important lesson. Sexual violence is still so prevalent and normalized, that when we talk about it, there is still plenty of room to abstract, deny, ridicule, and distract. 

Leaders can still choose to talk around accusations: they can pivot to vague ideas like “political wars,” “enemy sabotage,” and “media circus.” 

The conversation can still be about “loyalty,” like in the case of former Cuomo top aide and current vaccination tzar Larry Schwartz, who called several state Democratic leaders reminding them of the importance of showing allegiance to the governor. Such a reminder from the man in charge of distributing vaccines was thought to come with strings attached by many in New York. 

In the case of Salgado, the conversation was about “political enemies.” Mexican president López Obrador not only stood behind the new Morena candidate, but he reiterated just how common it is for “all kinds of accusations,” which in Salgado’s case are six women accusing him of rape, to “surface in an election cycle.” He lamented the rise of the “political lynching” from an “imported feminism” sponsored by the “enemies” of his government. 

If sexual violence can still be conceptualized as various issues that, incidentally, always become innocuous and relative — like the war of politics, cancel culture, or strategic boycotting of powerful men — then it simply doesn’t matter or isn’t real for a great number of people. 

If accused predators can still become compelling victims to so many, and still deserve to keep going amidst severe accusations with the help of multiple allies, then maybe things haven’t changed as much as we like to say they have. 

On paper, sexual violence is no longer accepted. In practice, it very much still is. In now popular words by Giuseppe Tomasi de Lampedusa, maybe the key is changing things, just so everything stays the same. 

TW: @daniguerreroo