La insurrección del Capitolio revela a un Estados Unidos en crisis

La insurrección del Capitolio revela a un Estados Unidos en crisis

Compartir
Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp

Daniela Guerrero

El 6 de enero de 2021 se convertirá en una fecha inolvidable en la historia moderna de EU. Los sucesos del miércoles pasado conmocionaron a una nación inquieta y polarizada, cuando una turba irrumpió violentamente en un edificio federal que se consideraba impenetrable.

En las semanas previas a la certificación de la victoria electoral de Joe Biden y Kamala Harris, la preocupación por posibles disturbios en las calles de DC se mezcló con amenazas de oposición por parte de múltiples legisladores republicanos de ambas cámaras ante los resultados electorales en Arizona, Georgia y Pennsylvania. 

Considerando lo conocidos que hoy son los detalles de la insurrección en el Capitolio en todo el mundo a través de informes, vídeos e imágenes, resulta más pertinente abordar cinco elementos clave sobre el significado más amplio de estos acontecimientos. 

1) Donald Trump, el presidente en funciones, incitó activamente a los agitadores

Uno de los primeros debates entre quienes condenaron y justificaron al presidente Trump fue si había sido el personaje central de la insurrección y el principal instigador de la violencia. A pesar de que muchos de los que entraron en el Capitolio venían directamente del “Save America Rally” de Trump, el papel del presidente fue rápidamente relativizado por aquellos buscando defenderlo

Para evitar discusiones circulares, es más útil examinar las acciones concretas de Trump desde las elecciones del 3 de noviembre. Según la detallada crónica consejo editorial del New York Times, Trump se quejó del veredicto emitido por los votantes desde el primer día tras las elecciones. Trump y sus partidarios se valieron de eufemismos de fraude en la identificación de votantes y de electorados “ilegales” para denigrar los índices de participación sin precedentes de votantes afroamericanos y latinos.

En diciembre de 2020, Trump tuiteó para promover la “gran protesta” del 6 de enero, instando a sus partidarios a “estar ahí, porque será salvaje.” El Washington Post reportó que ese tweet se convirtió en el post de thedonald.win esa mañana, ya que comentaristas anónimos escribieron cosas como, “Tenemos órdenes de marcha.” 

Si el llamado de Rudy Giuliani a “un juicio por combate” no fue suficientemente explícito, el discurso de 70 minutos de Trump incluyó las siguientes declaraciones: “No lo aguantaremos más”, “He estado en dos elecciones – gané ambas y la segunda la gané aún más que la primera,” “Vamos a bajar [al Capitolio] y yo estaré allí contigo,” “Nunca recuperarán nuestro país con debilidad – tienen que mostrar fuerza y ser fuertes,” y “Si no luchan con todo ya no tendrán un país.”  

Si esta retórica incendiaria y beligerante resulta insuficiente para condenar el papel protagónico del presidente, tal vez el hecho de que después de que la multitud asaltara el Capitolio, Trump se negara a decirles que se detuvieran durante varias horas sea más persuasivo. 

Tras las apelaciones de varios republicanos de alto rango, finalmente publicó un vídeo en el que repitió denuncias de fraude electoral y concluyó diciendo a los alborotadores: “Los amamos, son muy especiales. Pero es hora de volver a casa.” Más tarde tuiteó que “estas son las cosas y eventos que suceden cuando una victoria electoral sagrada es despojada viciosamente.” 

2) Este fue un episodio netamente estadounidense

No importa cuántos expertos, periodistas, expresidentes y funcionarios públicos se sintieron cómodos comparando la crisis con algo que sólo sucedería en naciones latinoamericanas, “países del tercer mundo” y “repúblicas bananeras”, este episodio fue inequívocamente estadounidense. Esta retórica xenófoba y altamente condescendiente no sólo oculta la infame historia del imperialismo americano en el siglo XX, sino que también sugiere que lo que sucedió es antitético a EU y corresponde a otro “tipo” de país.

En palabras de la periodista Teresa Albano, es esencial reconocer que “EU se fundó sobre dualidades conflictivas: los altos ideales del autogobierno, libertad y democracia, y las bajas realidades de la esclavitud, la supremacía blanca, la colonización de los pueblos indígenas y la explotación laboral.” 

Expiar el comportamiento de estos norteamericanos a través de analogías despectivas usando términos como “república bananera” y “país del tercer mundo” revela tanto una falta de voluntad para asumir el peso del episodio como una ceguera sostenida ante la problemática historia estadounidense en otros países.

Además, la supremacía blanca fue considerada la amenaza terrorista doméstica más mortífera a la que se enfrentaba EU por la Evaluación de Amenazas 2020 del Departamento de Seguridad Nacional

El informe publicado en octubre de 2020 describió a los extremistas supremacistas blancos como individuos que demuestran “una larga intención de atacar a minorías raciales y religiosas, miembros de la comunidad LGBTQ+, figuras políticas, y aquellos que creen que promueven el multiculturalismo y la globalización a expensas de la supremacía blanca.” 

Durante varias semanas antes del 6 de enero, varios periodistas y expertos enfocados en el extremismo de derecha advirtieron al público norteamericano sobre lo que probablemente sucedería en el mitin de MAGA. El periodista y consultor Arieh Kovler escribió el 21 de diciembre que “milicias armadas se reunirán en DC a las órdenes de Trump” y que era “muy probable que intenten asaltar el Capitolio después de que certifique la victoria de Joe Biden.”

Provenientes de varios estados y representando a varias facciones extremistas, la turba del Capitolio incluía a miembros del grupo neofascista Proud Boys, el grupo de milicia de extrema derecha Three Percenters, y el grupo de teorías de conspiración QAnon, el cual  afirma que el Presidente Trump está librando una guerra secreta contra “élites de pedófilos adoradores de Satanás en el gobierno, los negocios y los medios de comunicación”. 

Desafortunadamente para aquellos que buscan neutralizar a estos extremistas como “manifestantes” o difundir desinformación sobre el rol oculto de Antifa en la insurrección, múltiples imágenes y videos muestran a los alborotadores cargando banderas confederadas, sogas y símbolos racistas y antisemitas al violentar la entrada al Capitolio.

A pesar de los continuos esfuerzos por presentar la esencia del ataque como algo extraño o inexplicable, el ataque al Capitolio reflejó algunos de los dogmas racistas e intolerantes estadounidenses más arraigados. En palabras del periodista y escritor Baynard Woods para el Washington Post, “la supremacía blanca no es antiamericana o ajena a lo que somos — es el fruto de todo lo que hemos ignorado desde que la Reconstrucción fue derrocada en Carolina del Sur en 1876.”

3) La raza de la multitud influyó en el comportamiento de la policía 

Los prejuicios raciales definieron la respuesta policial a los alborotadores que asaltaron el Capitolio, ya que los agentes reaccionaron de manera muy diferente a un grupo que era mayoritariamente blanco. 

En contraste a las reacciones violentas de la policía a manifestantes de Black Lives Matter durante el verano de 2020, los agentes no protegieron al Capitolio de la incursión violenta y no arrestaron a la mayoría de los que irrumpieron en el edificio. Mientras que los manifestantes pacíficos de BLM fueron viciosa y excesivamente atacados por policías, los alborotadores blancos que asaltaron un edificio federal fueron recibidos con moderación e indulgencia. 

La ex Primera Dama Michelle Obama habló sobre estos crudos y predecibles contrastes en el comportamiento de la policía en una declaración. Enfatizó el “doloroso abismo entre las respuestas a los disturbios de ayer y las protestas pacíficas de este verano y el movimiento más amplio por la justicia racial.” 

Katie Way, de Vice, reportó imágenes virales de oficiales de policía cooperando con insurrectos. Un clip que fue inicialmente publicado en TikTok mostraba a agentes apartándose para permitir pasivamente que un grupo de personas atravesara las barreras del Capitolio. Otro mostraba a un hombre enmascarado deteniéndose para tomarse una foto con un oficial de policía del Capitolio.

4) El bloqueo de las cuentas de Trump era necesario, pero hace falta una mayor reflexión sobre las teorías de conspiración y discursos de odio en línea.

Más allá de los tweets del presidente Trump sobre el rally MAGA, el evento fue publicitado en redes sociales, incluyendo Instagram, Facebook y Twitter

El periodista Jeff Sharlet lamentó que, aunque la frase “asaltar el Capitolio” apareció más de 100,000 veces en redes sociales en el último mes según Zignal Labs, pocos parecían estar particularmente preocupados por la posible violencia provocada por el intenso tráfico en línea. Según el New York Times, muchas de estas menciones aparecieron en hilos virales que discutían abiertamente la invasión al Capitolio e incluían detalles sobre cómo acceder al edificio federal. 

A medida que gigantes tecnológicos como Facebook, Twitter y Google siguen ofreciendo cambios superficiales sobre regulación exhaustiva, tanto usuarios como legisladores deben preguntarse si esta reticencia puede tener algo que ver con los ingresos publicitarios de usuarios que consumen teorías de conspiración y comparten discursos de odio.

Por ejemplo, en paralelo a la suspensión definitiva de la cuenta de Trump por parte de Twitter el viernes 8 de enero, el New York Times informó que desinformación sobre Antifa invadiendo el Capitolio encabezaba la lista de falsedades en línea, incluido el tráfico de Twitter. Otras teorías de conspiración populares fueron afirmaciones de que el ataque fue un “trabajo interno”; instrucciones de “confiar en el plan” y “mantener la línea” para el presidente Trump; afirmaciones de que actores contratados “se hicieron pasar por MAGA”; y promesas de materiales confidenciales sobre la “elección robada” que saldrían a la luz. 

En los últimos meses, la Evaluación de Amenazas 2020 del Departamento de Seguridad Nacional había subrayado la utilidad de las redes sociales para la difusión sin freno de “ideologías extremistas violentas que fomentan la violencia en Estados Unidos.” 

El Washington Post informó que en las semanas previas al 6 de enero aparecieron menciones sobre violencia y armas en la aplicación de mensajería encriptada Telegram, así como en el sitio de medios conservadores Parler, que Amazon, Apple y Google han suspendido en medio de preocupaciones por nuevas amenazas de violencia. Llamadas abiertas a la violencia también aparecieron en el foro virtual thedonald.win, expulsado de su ubicación original en Reddit en junio debido a contenido racista, sexista, antisemita y explícitamente violento. 

En una entrevista con MarketPlace Tech de NPR, la cofundadora de Global Project Against Hate and Extremism, Heidi Beirich, habló de las marcadas diferencias entre Estados Unidos y Europa en lo que respecta a la gestión del discurso de odio, especialmente si se tiene en cuenta la experiencia de países como Alemania con la retórica incendiaria y el genocidio. 

Beirich también habló de la incapacidad y falta de voluntad de las empresas tecnológicas para autorregularse en estos temas a pesar de la retórica humanitaria que a menudo intentan mostrar para tranquilizar a los usuarios. 

“Tienen normas contradictorias, sistemas de moderación de contenidos que no funcionan, falta de transparencia,” dijo en una entrevista con NPR, “estas empresas de medios sociales tienen monopolios no sólo en EU, sino en todo el mundo, por lo que no hay presión sobre ellos para que sean mejores en la vigilancia de lo que se produce en sus plataformas.” 

A pesar de la relevancia de que Twitter suspendiera permanentemente la cuenta de Trump, esta cuenta es sólo la punta del iceberg en cuanto al contenido destructivo y altamente redituable que se ha permitido que circule libremente durante años en EU. 

5) Los aliados que ahora “condenan” a Trump lo apoyaron durante 4 años

Por último, es importante contextualizar las condenas de varios aliados incondicionales de Trump. Es esencial recordar que muchos republicanos de alto rango han ofrecido poco más que silencios pasivos y declaraciones autocomplacientes sobre la insurrección del Capitolio, en la cuál las corrosivas implicaciones de las mentiras sobre fraude electoral que toleraron o ignoraron se materializaron violentamente. 

Además, una vez que el Congreso se volvió a reunir en un Capitolio destartalado por los alborotadores para formalizar la victoria de Biden, más de 100 legisladores republicanos siguieron oponiéndose a los resultados en algunos estados.  

Durante cuatro años, figuras como Lindsey Graham (R-SC), Mitch McConnell (R-KY), el vicepresidente Mike Pence y el ex Jefe de Gabinete Mick Mulvaney apoyaron a Trump en algunos de sus momentos más cuestionables. Su distanciamiento, y en el caso de la Secretaria de Educación Betsy DeVos y la Secretaria de Transporte Elaine Chao – casada con Mitch McConnell – sus renuncias al gabinete, dicen más sobre sus instintos de supervivencia política que sobre su valentía.

Mientras varios funcionarios de la administración Trump renunciaron la semana pasada — con menos de dos semanas antes de que sus trabajos hubieran terminado automáticamente de todos modos — su anterior simpatía y permisividad no pueden borrarse por una salida simbólica y conveniente. La partida de muchos funcionarios que no sólo apoyaron a Trump consistentemente sino que también permitieron las afirmaciones infundadas del presidente sobre el fraude electoral que finalmente llevó a la insurrección violenta en el Capitolio, tiene muy poco que ver con principios.  

Si los aliados más firmes de Trump lo traicionaron o lo defendieron, no hay mucha diferencia ante el panorama general. Durante cuatro años, la mayoría de estos personajes habilitaron a un presidente abiertamente racista y sexista, cuyas acciones destructivas y retórica divisiva no han cambiado desde 2016. 

EU debe enfrentarse a sí mismo

La presidencia de Trump — y su mortífero adiós — no puede ser tratada como una inexplicable aberración que no refleja al país hoy. Estados Unidos necesita echar un vistazo a las corrosiones sociales profundamente arraigadas que una figura como Trump ha aprovechado y energizado durante los últimos cuatro años. 

Mientras el país se enfrenta a los esfuerzos de sus propios ciudadanos no sólo para socavar la democracia, sino también para defender violentamente el Holocausto, un Sur esclavizado y una sociedad en la que se honra la supremacía blanca, la nación debe asumir causas y consecuencias sin más vendas. 

Relativizar, confiar en el sensacionalismo y aislar este incidente como trágico, pero en última instancia distinto a la realidad norteamericana, no beneficiará a un país que se ve cada vez más obligado a enfrentarse a su problemático pasado.

En palabras del periodista y miembro de la junta editorial del New York Times Brent Staples, “este acto deliberado de olvido, agravado por el mito de la inocencia americana, ha demostrado ser peligroso por diversos motivos.” 

Muchos de los oscuros sentimientos expresados violentamente por quienes invadieron el Capitolio se remontan a la fundación de un país para el que la esclavitud, el nacionalismo blanco, la supremacía blanca, la segregación, el racismo sistémico, el fanatismo y la discriminación no han sido excepciones, sino normas históricamente aplicadas que muchos buscan revivir y preservar.

Capitolio, capitolio estados unidos, DONALD TRUMP CAPITOLIO, Estados Unidos - Informe Confidencial

Capitol insurrection reveals an America in crisis

January 6th, 2021 will remain an unforgettable date in modern US history. The sequence of events of this past Wednesday shocked a distraught and polarized nation, as a mob violently stormed a federal building deemed impenetrable. 

In the weeks leading up to Joe Biden’s and Kamala Harris’s electoral victory certification, concerns about unrest in DC streets merged with threats from multiple Republican lawmakers across both chambers to oppose Arizona, Georgia, and Pennsylvania results. 

Considering how well known the details of the Capitol insurrection have become globally through reports, videos, and images, it becomes more relevant to address five key elements about the events’ broader significance. 

  1. Donald Trump, a sitting president, actively incited rioters

One of the first debates between those condemning and justifying President Trump was whether he’d been the insurrection’s central figure and chief instigator of violence. Despite the fact that many who broke into the Capitol came straight from Trump’s “Save America Rally,” the president’s actual role was quickly relativized by those seeking to defend him. 

To avoid circular discussions, it may be more useful to look at Trump’s effective actions since the November 3rd election. As chronicled by the New York Times’s editorial board, he railed against the verdict rendered by voters from day one after election day. Trump and his supporters relied on euphemisms of voter ID fraud and “illegal” electorates to denigrate unprecedented participation rates from Black and Latino voters

In December of 2020, Trump tweeted to promote the “big protest” on January 6th, urging supporters to “be there, will be wild!”, a statement that ultimately dominated cries among those marching DC streets. The Washington Post reported that Trump’s December tweet became the top post on thedonald.win on January 5th, as anonymous commenters wrote things like, “We’ve got marching orders.” 

If Rudy Giuliani saying, “let’s have trial by combat,” wasn’t explicit enough, Trump’s 70-minute speech included the following statements: “We will not take it anymore,” “I have been in two elections — I won them both and the second one I won much bigger than the first, okay?”, “We’re going to walk down [to the Capitol] and I’ll be there with you,” “You’ll never take back our country with weakness — you have to show strength and be strong,” and “If you don’t fight like hell you’re not going to have a country anymore.”  

If such inflammatory, warlike rhetoric directed at an active crowd remains insufficient for some to condemn Trump’s leading role, perhaps the fact that after the mob stormed the Capitol, Trump declined to definitely tell them to stop for several hours may be more persuasive. 

After appeals from senior Republicans, he finally released a video in which he doubled down on election fraud claims and concluded by telling rioters, “We love you, you’re very special. But it’s time to go home.” He later tweeted that “these are the things and events that happen when a sacred landslide election victory is so unceremoniously and viciously stripped away.” 

  1. This was a distinctly American episode

No matter how many pundits, journalists, former presidents, and public officials felt comfortable comparing the crisis with something that would only happen in Latin American nations, “third-world countries” and “banana republics,” this episode was distinctly American. Such xenophobic and highly condescending rhetoric not only obscures a nefarious history of twentieth-century American imperialism but also suggests that what happened is antithetical to the US and characteristic of other “kinds” of countries. 

In the words of journalist Teresa Albano, it’s essential to acknowledge that “the US was founded on conflicting dualities—the high ideals of self-government, freedom, liberty and democracy, and low realities of slavery, white supremacy, colonization of Indigenous people and labor exploitation.” 

Expiating the behavior of Americans through derogatory analogies deploying terms such as “banana republic” and “third-world country” reveals both an unwillingness to assume the distinctly American character of the episode and a dangerous blindness to the US’s problematic interventions abroad. 

Additionally, white supremacy was deemed the deadliest domestic terror threat facing the US by the Department of Homeland Security’s Threat Assessment of 2020

The report released in October 2020 described White Supremacist Extremists as individuals demonstrating “longstanding intent to target racial and religious minorities, members of the LGBTQ+ community, politicians, and those they believe promote multi-culturalism and globalization at the expense of the WSE identity.” 

For various weeks before January 6th, several journalists and experts focused on far-right extremism and white supremacy warned the American public about what would likely happen at the MAGA rally. Journalist and consultant Arieh Kovler wrote as early as December 21 that “armed Trumpist militias will be rallying in DC at Trump’s orders” and that it was “highly likely that they’ll try to storm the Capitol after it certifies Joe Biden’s win.”

Arriving from various states and representing multiple extremist factions, the Capitol mob included members of neofascist group Proud Boys, far-right militia group Three Percenters, and conspiracy theory group QAnon, which claims that President Trump is waging a secret war against “elite Satan-worshipping pedophiles in government, business and the media.” 

Unfortunately for those seeking to sanitize far-right extremists within the mob as “protesters” or spread misinformation shifting blame to Antifa, multiple images and videos show rioters carrying Confederate flags, setting up nooses, and displaying white supremacist, overly racist, and anti-Semitic symbols as they violently breached the Capitol.

Despite continual efforts to portray the essence of the attack as foreign or inexplicable, the Capitol attack portrayed some of America’s oldest racist and bigoted dogmas. In the words of journalist and writer Baynard Woods for The Washington Post, “white supremacy is not un-American or alien to who we are — it is the fruit of everything we have ignored since Reconstruction was overthrown in South Carolina in 1876.” 

  1. Race influenced police behavior — the mob was mostly white

Racial prejudice defined law enforcement responses to rioters that stormed the Capitol, as agents reacted in dramatically different ways to a group that was mostly white. 

In contrast to violent police reactions to Black Lives Matter and police brutality protestors during the summer of 2020, law enforcement officials failed to protect the Capitol from violent incursion and didn’t arrest most of those who broke into the building. While peaceful BLM protestors were viciously and excessively attacked by law enforcement agents, white rioters storming a federal building were met with restraint and leniency. 

Former First Lady Michelle Obama spoke about these stark and sadly unsurprising contrasts in police behavior in a statement. She emphasized the “painful gulf between responses to yesterday’s riot and this summer’s peaceful protests and the larger movement for racial justice.” 

Vice’s Katie Way reported on viral footage of police officers cooperating with insurrectionists. One clip that was initially posted on TikTok showed law enforcement agents stepping aside to passively allow a crowd of people through Capitol barriers. Another clip showed a masked man pausing to take a selfie with a US Capitol police officer. 

  1. Tech giants blocking Trump’s accounts was necessary — but a larger reckoning about conspiracy theories and hate speech is missing

Beyond President Trump’s tweets leading up to the MAGA rally, the event was cheered on social media platforms, including Instagram, Facebook, and Twitter. 

Journalist Jeff Sharlet lamented how even though the phrase “storm the Capitol” appeared over 100,000 times on social media in the last month according to Zignal Labs, few seemed particularly concerned with potential violence spurred by heavy online traffic. According to the New York Times, many of these mentions appeared in viral threads that openly discussed the likely storming of the Capitol and included details on how to access the federal building. 

As tech giants such as Facebook, Twitter, and Google continue to offer superficial change over sweeping regulation, users and lawmakers alike must wonder whether this reluctance may have anything to do with ad-fueled revenues from users who consume conspiracy theories and share hate speech.  

For example, parallel to Twitter’s definite suspension of Trump’s account on Friday, January 8th, it was reported by the New York Times that Antifa falsehoods topped the list of online misinformation, which included Twitter traffic. Other popular conspiracy theories were claims of the attack as an “inside job;” instructions to “trust the plan” and “hold the line” for President Trump; assertions that hired actors in the mob “posed as MAGA”; and promises of the imminent release of confidential materials about the “stolen election.” 

In previous months, the Department of Homeland Security’s Threat Assessment 2020 had underscored the usefulness of unregulated social media platforms for the unchecked spread of “violent extremist ideologies that encourage violence and influence action within the United States.” 

The Washington Post reported that in the weeks leading up to January 6th talks of potential violence and guns appeared on the encrypted messaging app Telegram, as well as the conservative media site Parler, which Amazon, Apple, and Google have suspended amid concerns about further threats of violence. Open calls to violence also appeared on online forum thedonald.win, banned from its original Reddit location in June due to previous racist, sexist, anti-Semitic, and explicitly violent content. 

In an interview with NPR’s MarketPlace Tech, Global Project Against Hate and Extremism co-founder Heidi Beirich discussed the stark differences between the US and Europe when it comes to managing hate speech, especially considering the experience of countries such as Germany with inflammatory rhetoric and genocide. 

Beirich also spoke about tech companies’ inability and unwillingness to self-regulate on these issues despite the humanitarian rhetoric they often try to display to assuage users. 

“They have conflicting standards, content-moderation systems that don’t work, lack of transparency,” she said in an interview with NPR, “these social media companies have monopolies not just in the US, but around the world, so there’s no pressure on them to be better at watching what gets up on their platforms.” 

Despite the relevance of Twitter permanently suspending Trump’s account, this account is only the tip of the iceberg in terms of the destructive and highly profitable content that has been allowed to circulate freely for years in the US. 

  1. Allies now “condemning” Trump enabled him throughout his presidency

Lastly, it’s important to take condemnations of several staunch Trump allies with a grain of salt. Similarly, it’s essential to remember that too many senior Republicans have offered little more than passive silences and self-serving statements regarding the Capitol insurrection, in which the corrosive implications of the election fraud misinformation they either humored or ignored violently materialized. 

Additionally, once Congress reconvened in a tattered Capitol by pro-Trump rioters to formalize Biden’s victory, over 100 Republican lawmakers continued to oppose certain results.

For four years, figures such as Lindsey Graham (R-SC), Mitch McConnell (R-KY), Vice-president Mike Pence, and former Chief of Staff Mick Mulvaney supported Trump through some of his most questionable moments. Their distancing, and in the case of Education Secretary Betsy DeVos and Transportation Secretary Elaine Chao — married to Mitch McConnell — their Cabinet resignations, say more about their self-preservation instincts than their bravery.

As several Trump administration officials quit this past week — with less than two weeks before their jobs would have automatically ended anyway — their previous sympathy and enabling cannot be erased by a largely symbolic and convenient departure. The departures of many officials who not only supported Trump consistently but also indulged the president’s baseless claims of election fraud that ultimately led to the Capitol violent insurrection, have very little to do with principle.  

Whether Trump’s staunchest allies betrayed or defended him makes little difference when looking at the bigger picture. For four years, most of these figures enabled an openly racist and sexist president whose destructive actions and seditious rhetoric haven’t changed since 2016. 

The US must face itself

The Trump presidency — and its deadly goodbye— cannot be treated as an inexplicable aberration that doesn’t reflect America today. The US needs to take a hard look at the deeply entrenched social corrosions that a figure like Trump has tapped into and energized for the past four years. 

As the US grapples with widespread efforts from its own citizens not only to undermine democracy, but also to violently champion the Holocaust, an enslaved South, and a society in which white supremacy is honored, the nation must assume causes and consequences without any more blindfolds. 

Relativizing, relying on sensationalism, and isolating this incident as tragic but ultimately unrelated to the “real America” won’t serve a country increasingly pushed to face its troubled past.

In the words of journalist and New York Times editorial board member Brent Staples, “this willful act of forgetting — compounded by the myth of American innocence — has shown itself to be dangerous on a variety of counts.” 

Many of the dismaying sentiments violently expressed by those “fighting” against a “stolen election” can be traced back to the foundation of a country for which slavery, white nationalism, white supremacy, segregation, systemic racism, bigotry, and discrimination have not been exceptions, but historically enforced norms that the Capitol mob and those who have steadily incited them seek to revive and preserve.

TW: @daniguerreroo

Artículos relacionados