California en llamas: el cambio climático no empezó en 2020

California en llamas: el cambio climático no empezó en 2020

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Una de las narrativas más populares sobre el 2020 se centra en su carácter apocalíptico. A inicios del año, las tensiones entre Irán y Estados Unidos avivaron la idea de una “tercera Guerra Mundial” en el imaginario popular. En marzo, la dramática propagación del COVID-19 transformó al 2020 en el año del “fin del mundo.”

El miércoles 9 de septiembre, los residentes del área de la bahía de San Francisco despertaron con un cielo “apocalípticamente anaranjado,” creado por el exceso de humo de una temporada de incendios forestales sin precedente en la costa oeste de Estados Unidos.

Durante los últimos días, incendios forestales han devastado 2.5 millones de hectáreas en California, una superficie 20 veces mayor a la del año pasado. Desde principios de este año, se han quemado más de 3.2 millones de hectáreas, un área más grande que todo el estado de Connecticut.

Dieciséis de los veinte incendios más grandes en la historia del estado han ocurrido desde 2007; nueve en los últimos cinco años y seis en tan solo este año. El viernes 11 de septiembre, 28 incendios forestales se encontraban activos, incluyendo el más grande en la historia californiana.

Franjas del noroeste del Pacífico también están en llamas, una situación descrita por la gobernadora de Oregón, Kate Brown, como un “evento único en una generación.” Más de 500,000 personas en Oregón han tenido que abandonar sus hogares la semana pasada cuando el fuego y humo invadieron sus hogares. Las evacuaciones obstruyeron carreteras, vaciaron ciudades enteras y provocaron confusión en un estado que jamás había enfrentado incendios de esta escala.

En Washington, los incendios se propagaron rápidamente. De acuerdo con el gobernador Jay Inslee, por lo menos 600,000 hectáreas — la mayor área quemada en la historia del estado desde la histórica temporada de 2015 — se consumieron la semana pasada.

Al menos 70 incendios forestales arrasan la costa oeste, dañando la calidad del aire en varias ciudades estadounidenses. Según IQ Aire, Portland, Seattle y San Francisco mostraron los tres peores índices. Al menos 33 personas han muerto este año a causa de los incendios, incluyendo 20 sólo la semana pasada, además de docenas de desaparecidos y cerca de 3000 viviendas destruidas.

Expertos en incendios forestales reportan jamás haber visto fuegos tan extensos y de tan rápido crecimiento en tantos sitios simultáneamente. Muchos fueron tan severos que crearon su propio clima, incluyendo rayos que salían de un cielo cargado de cenizas.

Hoy, las llamas incontrolables que recorren el oeste estadounidense le recuerdan a un país — y a un mundo — convencido de la excepcionalidad del 2020, que muchos de los retos globales que enfrentamos actualmente no son inexplicables ni fugaces, sino las primeras consecuencias de décadas de irresponsabilidad y apatía colectiva.

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De la misma forma que gobiernos y ciudadanos ignoramos las advertencias de cientos de científicos durante décadas sobre el riesgo inminente de un nuevo virus respiratorio como el COVID-19, parecemos condenados a negar lo innegable: el cambio climático ya está sucediendo y sus consecuencias no harán más que agravarse a partir de está década.

Ver al cambio climático como un fenómeno improbable, lejano y relativo es un error que ya estamos comenzando a pagar. Así como nuestros impulsos por trivializar y abstraer las probabilidades de contagio y los riesgos aún altamente desconocidos del COVID-19 en función de nuestra comodidad y deseos de “regresar a la normalidad” han resultado en muertes prevenibles, nuestra desidia por el cambio climático como una amenaza actual y real resultará en decesos masivos a manos de un planeta reaccionando a abusos prolongados.

Cuando el COVID-19 llegó, la mayoría de los países habían destinado pocos recursos para responder a una pandemia, lo que resultó en estrategias espontáneas, confusas y en algunos casos, inexistentes. El cambio climático ya está aquí, y parecemos igualmente determinados a ignorarlo, a hablar de un “Apocalipsis” misterioso e irónico sin conexión a nuestras acciones.

Hoy, la inercia y el asombro se sobreponen a la admisión de nuestros errores y cambios reales de conductas. Algunos toman orgullo en su cinismo, puesto que estamos “condenados” y el cambio climático es “imparable.” Otros ni siquiera parecen creer en la relación entre incendios y huracanes cada vez más fuertes con algo tan abstracto como el efecto invernadero.

Sin embargo, ráfagas como las que actualmente dominan a la costa oeste norteamericana se han vuelto más frecuentes e intensas como resultado directo del cambio climático. Las temporadas de incendios se han alargado, y áreas cada vez más extensas se están incendiando a causa de temperaturas y sequías sin precedente.

El cambio climático no es un invento, y aquellos desinteresados en sus orígenes o desarrollo, sufrirán sus efectos. No en 20 años, no en medio siglo, hoy. A pesar de un impulso terco de catalogar cataclismos “apocalípticos” — incendios, huracanes, tormentas, inundaciones — como anomalías extrañas, la realidad del cambio climático se impondrá con mayor fuerza e inclemencia cada año.

Puede que pensemos que estas crisis serán intermitentes o que podemos predecir su gravedad. Sin embargo, la crisis climática ocasionada por la acción humana está llevando los riesgos de estos incendios a nuevas alturas, facilitando fuegos cada vez más extremos e impredecibles.

Medidas inmediatas para combatir desastres naturales con una severidad que aún no conocemos sólo nos llevará hasta cierto punto. Debemos reconocer y combatir la causa de raíz de ardientes sequías, temperaturas extremas, huracanes con ojos cada vez más definidos, y el ascenso incesante del nivel del mar.

Al no combatir el cambio climático de manera integral y a largo plazo, jamás serán suficientes nuestros esfuerzos para mitigar crisis inmediatas de las cuáles eventualmente no tendremos descanso. No habrá presupuesto o unidades especializadas que alcancen al pasar el punto de no retorno de la crisis climática.

Los efectos climáticos serán cada vez más tangibles, e incluso quienes no consideraron al calentamiento global como algo que podría afectar sus vidas, sufrirán sus consecuencias: huracanes, tormentas, erosión, inundaciones, incendios, olas de calor, y sequías.

De la misma forma que “creer” en el COVID-19 parece importar cada vez menos ante un virus que nos ha demostrado su indiferencia al escepticismo de sus huéspedes, el cambio climático ya no es una “posibilidad,” sino la realidad de la que nos advirtieron expertos por décadas.

La crisis climática no “comenzó” en el 2020 solo porque hoy notamos el cielo anaranjado en San Francisco. El cese de actividades por la pandemia no “reparó” años de deterioro ambiental. El cambio climático no es “lo último que nos faltaba,” ni forma parte del misterioso “Apocalipsis” en el que insistimos para no enfrentar el peso de nuestras acciones colectivas. La destrucción incomparable generada por esta temporada de incendios forestales es solo el comienzo de un proceso que depende de nosotros detener o por lo menos desacelerar.

La inestabilidad a la que nos ha expuesto el 2020 nos parecerá cada vez menos excepcional, menos cómica y mucho menos inexplicable conforme el planeta responda a nuestras acciones con fenómenos cada vez más drásticos y adversos para nuestra supervivencia como especie. Para quien aún tenga la duda, el cambio climático ya está ocurriendo.

TW: @daniguerreroo

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