Tras más de un año de pandemia, jornaleras migrantes de Brooklyn luchan por sus derechos

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Martha Daniela Guerrero

En conmemoración del día internacional de las trabajadoras del hogar, decenas de personas marcharon por el puente de Williamsburg el 16 de junio. Cruzando desde Manhattan, el grupo integrado en su mayoría por trabajadoras de limpieza migrantes llegó a Domino Park, Brooklyn, donde compartieron testimonios sobre las condiciones precarias de su trabajo. 

“Somos las mujeres que arriesgamos nuestras vidas y las de nuestras familias por esta ciudad,” dijo Merced Aguilar, una migrante mexicana que trabaja como limpiadora doméstica desde 2013, cuando llegó a Nueva York tras más de quince años en California. “Luchamos contra el Covid-19 desde las casas de tantos neoyorquinos, limpiando y desinfectando, ganando menos de $15 la hora. Necesitamos que esta ciudad nos vea y nos reconozca con un salario digno y condiciones de trabajo más seguras.”  

Aguilar, originaria de San Juan Calmeca en el municipio de Tepexco, Puebla, portaba una playera roja con un dibujo de un puño alzado, y un paliacate a juego que leía “Mejores Salarios.” Con la mitad de su rostro cubierto por una mascarilla negra mientras caminaba bajo los intensos rayos de sol, Aguilar se distinguía por sus brillantes ojos cafés, enmarcados en delineador blanco y negro. En su bolsa, se asomaba la asta de una pequeña bandera de México, que pronto sacó y comenzó a ondear por las calles de Nueva York. 

En compañía de decenas de mujeres limpiadoras, trabajadores migrantes de construcción y repartición de comida, y activistas del Proyecto de Justicia Laboral y National Domestic Workers Alliance, Aguilar marchó en nombre de Liberty Cleaners, un colectivo de mujeres jornaleras creado hace cuatro años.

“Empezamos con un grupo pequeño de mujeres que buscaban que su trabajo de limpieza por hora fuera mejor pagado, más seguro, y menos propenso a abusos,” dijo María Valdez, organizadora del Proyecto de Justicia Laboral, un centro de trabajadores y organización comunitaria de Brooklyn que trabaja directamente con las mujeres de “La Parada.” 

Por casi dos décadas, un grupo de hasta 150 mujeres se ha congregado diariamente en la esquina entre las avenidas Marcy y Division en Williamsburg, Brooklyn, para buscar trabajo como jornaleras en limpieza doméstica, construcción residencial, procesamiento de alimentos, y otras industrias. Aguilar llegó a la esquina conocida como La Parada en el verano de 2013. “Una amiga me dijo que era una parada para mujeres que necesitaban trabajo,” dijo la madre soltera de 43 años. “Me dijo ahí te paras, y ahí van a venir a emplearte. Te van a dar $10 la hora.” El acotamiento con vistas a la Brooklyn-Queens Expressway forma parte de un barrio residencial judío jasídico, cuyos residentes emplean a la mayoría de las mujeres como trabajadoras domésticas. Contratistas comerciales también reclutan jornaleras para trabajos esporádicos en la construcción y manufactura.  

Este 16 de junio, Aguilar y muchas de sus compañeras en La Parada marcharon en protesta de malas condiciones laborales. Durante su animada caminata hacia Domino Park, las jornaleras, quienes se refieren a sí mismas como “las mujeres de Marcy,” también buscaron visibilizar los estragos que la pandemia de Covid-19 ocasionó en su línea de trabajo, incluyendo la muerte de una limpiadora a causa del virus, una ola masiva de desempleo, y ninguna ayuda del gobierno durante más de un año de incertidumbre.

Tras más de un año de pandemia, jornaleras migrantes de Brooklyn luchan por sus derechos
Fotos: Proyecto de Justicia Laboral

“Es como una Rifa que Puedes Ganar o Perder”

Una mañana cálida de junio, semanas antes de la marcha por el puente de Williamsburg, Aguilar estaba parada en la esquina de Marcy, lista para trabajar a las 7:45 am. Su pelo, corto y oscuro, se encontraba recogido y cubierto con una malla tejida para mantener su rostro despejado al limpiar y desinfectar. Tras ajustar su uniforme, el cual consiste en una bata azul marino, pantalones negros, y zapatos antideslizantes, Aguilar inspeccionó sus alrededores, esperando a que un empleador la eligiera para limpiar su hogar. 

Como Aguilar, la mayoría de las jornaleras llegan a La Parada desde las 7:45, y no se van hasta alrededor de las 5:30 de la tarde. Como Aguilar, la mayoría son trabajadoras migrantes, provenientes de países como México, Guatemala, Honduras, El Salvador, Ecuador, Albania, Polonia y Rumania. 

También lee: Repartidores de Nueva York cerca de obtener leyes para mejorar condiciones de trabajo

De acuerdo con el estudio Defendiendo la dignidad: Mujeres jornaleras en Brooklyn, NY, publicado por el Instituto del Trabajador de la Universidad de Cornell en 2016, existen aproximadamente 34 centros de contratación de jornaleros en la ciudad de Nueva York. La Parada es el único sitio frecuentado exclusivamente por mujeres. 

Según investigadores de Cornell, la esquina de Brooklyn cuenta con un “núcleo amplio y permanente de mujeres en busca de empleo.” Aunque estas jornaleras no están obligadas a permanecer en La Parada durante un periodo determinado, trabajadoras, activistas, e investigadores dijeron que la mayoría de las mujeres se ven obligadas a permanecer de pie hasta ocho horas diarias debido a su extrema necesidad de empleo, lo cual también baja los salarios, que pueden ser tan bajos hasta $8 la hora. 

Sin ningún tipo de refugio ni instalaciones sanitarias, más del 50% de las mujeres declararon haber contraído infecciones urinarias desde que empezaron a frecuentar la esquina de Marcy. “Hay que pasar calor, frío, hambre, y sed, solo para agarrar un trabajo de dos o tres horas,” dijo Aguilar. 

En los últimos meses el número de jornaleras ha crecido, ya que el desempleo y el incremento de flujos migratorios han propiciado la llegada de muchas mujeres nuevas. Además de quienes han emigrado recientemente, ahora acuden a La Parada mujeres que antes trabajaban en salones de uñas, restaurantes, y otros sectores de servicios devastados por la pandemia que aún no se recuperan a pesar de la reciente reapertura de Nueva York. “Siempre hay chicas nuevas con mucha necesidad dispuestas a trabajar por menos y los empleadores lo saben”, dijo Yadhira Sánchez, directora del centro de trabajadores del Proyecto de Justicia Laboral en Williamsburg, el cual se encuentra muy cerca de La Parada. 

Aguilar dijo que algunas semanas son mejores que otras, pero que desde que inició la pandemia en marzo del año pasado, no ha logrado pasar de los 400 dólares semanales, sin importar cuántos días venga a la esquina de Marcy, o cuántas horas esté dispuesta a trabajar. “Es como una rifa que puedes ganar o perder,” dijo. “Me levanto temprano decidida a conseguir trabajo, pero no depende solo de mí. Hay semanas en las que no gano más de $200.” 

“Hay que Llorar en Silencio”

Aguilar llegó a California a los 19 años, en 1997. Poco después de cruzar la frontera, comenzó a enviar dinero a su familia en San Juan Calmeca. Aguilar trabajó en restaurantes y plantas empacadoras de alimentos, sosteniendo a sus padres y a una docena de hermanos. “No podía llamarles muy seguido, porque en mi pueblo no había teléfono, había una caseta y tenían que traer a la gente a hablar ahí.” 

Aguilar conoció al padre de su hijo en California, quien la abandonó cuando su hijo tenía un año y dos meses. “Ni siquiera me dijo a donde se iba,” dijo Aguilar. “Un día se fue a trabajar y ya no regresó.” Aguilar cree que su antigua pareja regresó a México, pero desde ese momento se hizo cargo de su hijo completamente. 

Fotos: Proyecto de Justicia Laboral

Durante décadas, Aguilar enfrentó los retos de tener que trabajar todo el día como madre soltera. Una de las primeras veces que dejó a su hijo con la mamá de una amiga para que lo cuidara, recibió una llamada horas antes de terminar su turno en una planta empacadora en California, donde trabajaba antes de mudarse a Nueva York. “Me dijo ven por tu niño, lleva todo el día llorando y los vecinos pueden llamar a la policía”, dijo Aguilar. “En ese momento, sentí tanta tristeza, porque sabía que todavía me faltaban tres horas de trabajo. Era un bebé y me necesitaba, pero cuando eres padre y madre, nunca puedes dejar de trabajar.”

De acuerdo con cifras del estudio de la Universidad de Cornell, cerca del 40% de las trabajadoras de La Parada son el principal proveedor familiar, manteniendo hasta 3 hijos. 

A pesar de que cuando comenzó a trabajar en la esquina de Marcy, el hijo de Aguilar ya era un adolescente, pronto se dio cuenta de que en La Parada afrontaría nuevos retos.

“Me tuve que acostumbrar a no controlar mis horas de trabajo, a trabajar por $10 la hora, a limpiar por cuatro horas sin descansos, sin un vaso de agua. Muy poca gente sabe lo que tenemos que hacer para ganar $100, lo mucho que hay que trabajar y aguantar para decir, estos $100 son míos,” dijo Aguilar. “Mi trabajo es honesto y honrado, pero es muy duro. Hay que dormir con dolor en las manos, en los pies, en la espalda, en las rodillas. Hay que aguantar insultos, gritos, y abusos por parte de muchos empleadores. Hay que llorar en silencio.”

Trabajadoras y activistas dijeron que, en 2013, $10 la hora o menos era la norma en La Parada, y tomó años subir el salario a $12 o $13, aunque muchos empleadores aun no respetan este aumento. “Años después de que el salario mínimo de $15 entró en efecto en Nueva York, muchos empleadores siguen rompiendo la ley y se rehúsan a pagar salario mínimo por un trabajo que lo merece,” dijo Ligia Guallpa, directora ejecutiva del Proyecto de Justicia Laboral. “Y lo peor es que en su mayoría, lo hacen en base a una discriminación de los estados migratorios y países de origen de estas trabajadoras.”  

Además de salarios extremadamente bajos, las mujeres de Marcy enfrentan una serie adicional de discriminaciones que hacen su trabajo inseguro en más de un sentido. 

El robo de salarios es un reto constante que enfrentan estas jornaleras, quienes al tener más de un empleador y trabajar por hora o por día, se topan con pagos atrasados, cheques sin fondos, disminución de las tasas prometida por hora, e incluso personas que se rehúsan a pagarles. 

Limpiadoras como Aguilar han instalado aplicaciones como Zelle para evitar que empleadores le digan que no tienen efectivo para pagarle, pero jornaleras y activistas dijeron que ese tipo de medidas no solucionan el problema de raíz. “Muchas veces no te pagan ni a tiempo, ni la cantidad original que acordaron, y sin un contrato, no puedes hacer mucho,” dijo Gloria, una trabajadora de la parada, quien prefirió no dar su apellido. “Nosotros al no tener un contrato con ningún empleador, sabemos que es día trabajado, día ganado. Pero muchas veces si no quieren pagar, ni siquiera eso es cierto.” 

María Figueroa, Directora de Investigación Laboral y Política del Instituto del Trabajador de la Universidad de Cornell, dirigió el estudio Defendiendo la dignidad, realizado en el verano de 2015 en colaboración con Jews for Racial & Economic Justice (JFREJ) y el Proyecto de Justicia Laboral, en el que se encuestó a más de ochenta jornaleras de la esquina de Brooklyn. 

Entre los problemas más frecuentes entre las encuestadas figuró el robo de salarios — 42% de las mujeres reportaron haber recibido un pago menor al acordado y más de 75% reportaron haber trabajado menos horas de las previamente acordadas. La ausencia de descansos al trabajar en turnos de cuatro o incluso ocho horas, el abuso verbal y el acoso sexual, también destacaron.  “Algunas personas ven una parada con mujeres jóvenes reunidas y asumen que prestan todo tipo de servicios, incluido trabajo sexual” dijo Valdez. “Se hacen una idea completamente equivocada de la ocupación de estas jornaleras, simplemente porque son mujeres.”   

Fotos: Proyecto de Justicia Laboral

El estudio reveló que las jornaleras también se enfrentan varios riesgos de seguridad y salud en su trabajo, como la exposición a sustancias químicas tóxicas contenidas en los productos de limpieza, el tener que limpiar los suelos de rodillas porque no se les proporciona un trapeador, y la exposición a patógenos humanos derivada de la falta de herramientas adecuadas para limpiar los baños. 

Trabajadoras de La Parada dijeron que todavía es considerado normal entre empleadores el no darles guantes, trapeadores, utensilios, y líquidos para limpiar, y mucho menos alimentos o dinero para alimentos, aun cuando trabajaban todo el día en una casa. 

Gloria dijo que, durante sus primeros años como jornalera, sus empleadores no le daban trapeador y tenía que arrodillarse para limpiar el piso. “Era una casa de tres pisos y la limpiaba toda de rodillas. Me salió un bulto en la rodilla. Fui al medico y me dijo que tenía un hueso fuera de lugar por poner tanta presión en mis articulaciones,” dijo Gloria. “La gran necesidad que tenemos nos ha obligado a trabajar en estas condiciones muchas veces.”

“A mi me han dado bolsas de plástico como guantes, he usado medias y calcetines usados como cubrebocas, una empleadora me dio una bata para dormir vieja para que la usara como uniforme,” dijo Aguilar. “Después de ese día, fui a comprar una bata de limpieza y zapatos especiales. Fue humillante.” Aguilar dijo que a pesar de que algunos hogares sufren de infestaciones de insectos y ratas, algunos empleadores no proveen ningún equipo de protección.  

De acuerdo con el estudio realizado por Cornell, 94% de las mujeres reportaron estar expuestas a sustancias químicas tóxicas contenidas en los productos de limpieza que utilizan sin equipo de protección ni ventilación. Casi el 80% reportó haber sufrido lesiones o caídas por limpiar lugares de difícil acceso, como superficies exteriores de ventanas y áticos. 

“Cuando uno no conoce sus derechos, piensa que está bien lo que te dicen los empleadores, o lo que te piden hacer. Te gritan quick, quick, quick, y yo me ponía tan nerviosa que hacía todo lo que decían sin pensarlo,” dijo María, una trabajadora de La Parada que prefirió no dar su apellido. “Piensas que es normal limpiar de rodillas por horas, limpiar un escusado sucio sin guantes, recargarse en el marco de una ventana para limpiarla por fuera. Pero no es normal trabajar así.”  

Investigadores y activistas dijeron que el estado migratorio de las trabajadoras tiende a ser utilizado en su contra. A pesar de contratarlas para limpiar, muchos empleadores buscan reducir los costos asociados con protecciones y prestaciones básicas, como salario mínimo, utensilios de limpieza, equipo protector, e incluso descansos para comer. 

Fotos: Proyecto de Justicia Laboral

Para muchas mujeres de La Parada, no comer por hasta ocho horas se convirtió en algo habitual, así como usar rodilleras y llevar sus propios productos de limpieza y guantes. “No teníamos comida, ni dinero para comer, ni tiempo para comer nuestra comida incluso si la traíamos”, dijo Aguilar.  

“Es una contradicción contar con que todos los días se presenten a trabajar y usar su labor de limpieza, y al mismo tiempo no respetar sus derechos como trabajadoras porque muchas son indocumentadas,” dijo Valdez. 

“Me Arruinó la Pandemia”

Cuando Liberty Cleaners se formó en 2017, Aguilar y otras trabajadoras comenzaron a ver cambios que, a pesar de ser limitados, ofrecían una ventana a cómo podrían mejorar las condiciones laborales de las trabajadoras domésticas de Marcy con el tiempo.  

Valdez dijo que mediante Liberty Cleaners, muchas jornaleras descubrieron estrategias como mantener un registro de horas, aprender frases en inglés, y redactar contratos para su trabajo por hora o por día. “Gran parte de nuestro objetivo al trabajar con ellas era demostrarles que con al hacer estas cosas, podían negociar con sus empleadores de forma efectiva,” dijo Valdez. “Aunque tal vez suenen como cambios muy pequeños, para ellas, muchas veces representaban una gran diferencia en la seguridad de su empleo.”

En conjunto con las trabajadoras, el Proyecto de Justicia Laboral creó guías impresas en inglés, español, y yiddish, especificando estándares laborales para las limpiadoras. En la portada de las guías individuales en forma de cuadernillo se lee, “Stand Up to Clean Up.” En la primera sección, titulada “Antes del Trabajo,” pequeñas frases y preguntas en tres idiomas se distinguen: ¿Cuántas horas le gustaría que trabaje?; ¿Tiene productos de limpieza? Necesito un trapeador y guantes. En la segunda categoría, titulada “En el Trabajo,” las frases buscan ayudar a las trabajadoras a comunicarse de forma clara: ¿Puedo usar el baño?; ¿Puedo tomar un descanso?; Necesito usar un trapeador para evitar dolores crónicos e intensos en la espalda y las rodillas; No puedo mezclar dos productos de limpieza porque es peligroso. Finalmente, la sección “Después del Trabajo” ayuda a las jornaleras a asegurar su pago y buscar continuidad de empleo: Terminé. ¿Podría pagarme, por favor?; Acordamos $_ por hora; Me gustaría volver a trabajar con usted. Llámeme o envíeme un mensaje de texto si le gustaría contratar o recomendarme. 

Además de ayudarlas a sobrepasar barreras de idioma con empleadores mediante frases sencillas, el folleto también enfatiza los derechos que tienen las trabajadoras, incluidos el ser pagadas inmediatamente después de limpiar, acordar tarifas por hora antes de comenzar a trabajar, limpiar en un lugar seguro y libre de acoso físico y abuso sexual, exigir equipo protector y ventilación al trabajar con químicos tóxicos, y tomarse un descanso de 30 minutos al trabajar más de cuatro o seis horas. 

Fotos: Proyecto de Justicia Laboral

Gloria, quien pertenece a Liberty Cleaners, fue inspirada por el colectivo de limpiadoras para exigir mejoras en la seguridad de su trabajo. 

Los ojos de la trabajadora originaria de Ecuador se llenaron de lágrimas cuando recordó la primera vez que le exigió a una empleadora un trapeador para no limpiar de rodillas. “Estaba temblando, pero me armé de valor y le dije si usted me da trapeador me quedo, y si no me voy, porque yo ya no puedo limpiar de rodillas. Me dijo que no, y temblando todavía, agarré mi bolsa y caminé a la salida de la casa,” dijo Gloria. “Tenía mucho miedo de perder ese trabajo, pero tenía más miedo de que el hueso de mi rodilla se saliera aún más. Pero al final, mi empleadora cedió y me dio un trapeador. Fue un momento muy feliz para mi.” 

Gloria dijo que, aunque no habla inglés todavía, entiende cada vez más. “No digo muchas cosas correctamente, pero me esfuerzo para darme a entender,” dijo. “Ya me defiendo más, ya no me dejo aplastar como al principio. Pero hay tantas compañeras recién llegadas que hoy viven lo mismo que yo he vivido antes. Por el miedo a decir algo, por la barrera de idioma, y por pensar que no vamos a encontrar otro trabajo, muchas mujeres aceptan menos de lo que se merecen.”

Para Aguilar, una veterana de la limpieza y miembro dedicada de Liberty Cleaners, los esfuerzos para estabilizar el proceso de contratación y establecer estándares mínimos liderados por organizadores del Proyecto de Justicia Laboral cambiaron su vida. Aguilar aprendió mucho, y aprendió rápido.  

La trabajadora mexicana dijo que se enfocó en comunicarse más y mejor en inglés, comenzó a tomar cursos de limpieza y seguridad, y redactó un contrato exigiendo herramientas de limpieza, descansos para almorzar pagados, y un salario mínimo de $15 entre semana y $18 en fines de semana. Además de estipular tasas de cancelación de última hora y de pagos retrasados, Aguilar también comenzó a pedir cartas de recomendación a sus empleadores. 

Desde 2017, Aguilar había logrado grandes avances con sus clientes. “Muchas compañeras creen que no tienen ningún derecho, que, al pedir un trapeador, o decir no voy a limpiar ventanas por fuera por que me puedo caer, o pedir un salario de $15 por hora, las van a correr del país,” dijo. “Yo pensaba eso, pero Liberty Cleaners me enseñó que no es cierto. Me enseñó a defenderme.” 

Sin embargo, tras años cultivando mejores relaciones con sus empleadores y llenando su semana con trabajos más estables bajo los contratos que creó mediante Liberty Cleaners, Aguilar vio su mundo derrumbarse cuando el Covid-19 llegó a Nueva York desde marzo de 2020, devastando la ciudad por meses. 

“En un momento, perdí todos mis trabajos de limpieza. Me arruinó la pandemia, ahora nadie quiere firmar mi contrato,” dijo Aguilar. “Las mejoras por las que luché ocho años se derrumbaron. La pandemia me dejó sin ahorros, con muchas deudas y con un nivel de trabajo y sueldo más bajo, otra vez.” 

De acuerdo con cifras preliminares de un segundo estudio sobre La Parada realizado el año pasado por el Instituto del Trabajador de la Universidad de Cornell, más de la mitad de las trabajadoras encuestadas sufrieron desempleo a causa de la pandemia. 

Cuando el Covid-19 llegó a Nueva York el año pasado, los riesgos de salud y seguridad que ya existían para estas mujeres ahora incluían la posibilidad de contraer un virus potencialmente mortal del que sabían muy poco. 

Mientras casi el 40% dijo que no pudo trabajar durante la pandemia por tener que cuidar a sus hijos menores, el 25% de mujeres reportó haber sido directamente expuesta al virus a causa de empleadores enfermos.

Aguilar dijo que, al llegar a casa de una empleadora, notó que su esposo no salía de su habitación. Tras limpiar la sala, la cocina, el baño, y el resto de los cuartos, un hombre visiblemente enfermo, tosiendo, y sin cubrebocas, salió de la habitación para que Aguilar la limpiara. “Cuando entré al cuarto, se me puso la piel de gallina, supe que lo que estaba a punto de limpiar era peligroso,” dijo. “Abrí rápido las ventanas, limpié lo mas rápido que pude, y cuando termine fui al baño y me lave las manos varias veces.” Aguilar recordó que cuando el hombre enfermo entró al cuarto otra vez cuando terminó de limpiarlo, esperaba que su empleadora le dijera si tenía Covid-19. “Nunca me dijo nada, terminé de limpiar y me fui con ese miedo de, ¿estoy enferma?” 

Aunque Aguilar no se enfermó después de esa experiencia, no todas sus compañeras corrieron la misma suerte. “Tenía tos, tenía fiebre, sentía que se me salían los ojos de la cara,” dijo Olga, una trabajadora de La Parada que no dio su apellido, quien se contagió de Covid-19 en una de las casas que limpiaba, donde el esposo de su jefa también estaba enfermo. “Yo limpiaba detrás de él, y tres días después empecé a sentirme muy mal. Pasé meses recuperándome. Pienso en esos días, y no quiero ni recordarlos, pero tenemos que decir esto fue lo que vivimos, esto fue lo que sobrevivimos” 

Durante la marcha del 16 de junio, las trabajadoras le rindieron homenaje a Martha Coyotl, una trabajadora doméstica que falleció a causa de Covid-19. 

Fotos: Proyecto de Justicia Laboral

“Yo trabajaba con Martha, era mi amiga, y un día nos avisaron que estaba grave en el hospital,” dijo Aguilar. “Después de que murió, yo no quería salir más a la calle, tenía mucho miedo de trabajar. Pero nunca tuve otra opción.” 

Las trabajadoras dijeron que, aunque muchas mujeres contrajeron Covid-19 al seguir trabajando en distintos hogares, una vez que les avisaban a los empleadores que estaban enfermas, jamás les volvían a llamar. “Nosotras perdíamos, aunque los propios empleadores fueran los que nos contagiaran,” dijo María, una trabajadora de La Parada que prefirió no dar su apellido. 

Las mujeres de La Parada dijeron que, al no poder trabajar desde casa, al exponerse a entrar a casas de extraños durante la pandemia, y al trabajar en un barrio judío ortodoxo donde las precauciones ante el Covid-19 eran mínimas o inexistentes, el riesgo de enfermarse era muy alto.  

Sin embargo, la mayoría de las jornaleras, se vieron obligadas a correr el riesgo de contraer el virus por cuestiones económicas. Sin ninguna ayuda del gobierno a causa de ser migrantes indocumentadas, las mujeres de La Parada no se podían quedar en casa. “Todos decían quédense en casa, pero no podíamos porque teníamos cuentas que pagar, teníamos que comer,” dijo Aguilar. “Con mucho miedo, teníamos que salir a buscar trabajo, arriesgando nuestra vida y la de nuestras familias.”  

Aguilar dijo que, incluso priorizando el trabajo sobre su propia salud, después del cierre de marzo de 2020, ganó poco o nada de dinero cada mes. “No había trabajo e incluso cuando conseguía algo, la gente pagaba mucho menos.” Aguilar dijo que acabó con los ahorros de dos décadas en un año. “De repente no tenía dinero para comprar comida, para pagar la renta, para estar al día con mis cuentas.” 

Aguilar cerró los ojos llorosos y se le escaparon algunas lágrimas al recordar los primeros meses de la pandemia. “Recuerdo los trenes vacíos”, dijo. “Recuerdo estar en el tren, pensando, ¿Qué voy a hacer si no puedo trabajar como lo he hecho toda mi vida? ¿Qué va a pasar si me enfermo, me muero, y dejo a mi hijo solo?” 

Aguilar recuerda la pandemia como una lucha que no terminaba. “A veces la lucha era aguantar mucha nieve o sentir que me deshidrataba bajo el sol con miedo a tomar agua para no ir al baño,” dijo. “A veces la lucha era entrar a una casa y oír a alguien toser y rezar para que no fuera Covid, o darme cuenta de que me iban a pagar $12 dólares en lugar de $15 y saber que no podía decir nada.”  

Al no poder encontrar trabajos estables y bien pagados a medida que pasaba el año 2020, Aguilar dijo que la mayoría de los días esperaba en la esquina de Marcy, a veces durante más de doce horas. Muchos días terminaron sin trabajo y con lágrimas. “Después de horas esperando, volver a casa sin dinero me destrozaba. Mi hijo me preguntaba por mi día y yo me ponía a llorar”. 

Aguilar dijo que, si no fuera por sus ahorros de toda la vida, estaría atrasada en su renta, como muchas de sus compañeras. Vive con su hijo de 22 años, que acaba de graduarse en la universidad y ha estado trabajando en el turno de noche en McDonald’s para ayudar con los gastos. Aguilar dijo que sus cuentas de servicios se han acumulado en los últimos meses, y que el trabajo de limpieza no ha vuelto a los niveles anteriores a la pandemia a pesar de las reaperturas. “Hay menos trabajo y muchas más mujeres en La Parada”, dijo. “Ahora tengo miedo de mi correo. No quiero abrir mis cuentas cuando llegan porque estoy muy atrasada. Me preocupa cada mes poder pagar mi renta.”  

“No han sido tiempos fáciles para nadie,” dijo Aguilar. “Pero para nosotras, fue una caída libre. Nadie nos protegió nunca, ni del virus, ni del hambre, ni de vivir sin trabajar.” 

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“Falta Mucho Camino por Recorrer”: El Futuro de las Mujeres de La Parada                   

Las mujeres de La Parada son especialmente vulnerables a padecer condiciones de trabajo inferiores y a abusos laborales porque, como jornaleras y trabajadoras domésticas, se encuentran técnicamente excluidas de muchas de las protecciones legales que se conceden a la mayoría de los demás trabajadores en Estados Unidos. 

La mayoría de las leyes de protección laboral de Estados Unidos se basan en un modelo de empleo formal. A pesar de sus esfuerzos por proporcionar seguridad a los trabajadores domésticos, la Carta de Derechos de los Trabajadores Domésticos de Nueva York acabó excluyendo a las limpiadoras que trabajan en hogares privados con poca frecuencia y para diferentes personas, lo que representa la mayoría de las jornaleras de La Parada. Además, los artículos 200, 240 y 241(6) de la Ley Laboral del Estado de Nueva York excluyen a las mujeres de La Parada que limpian obras de construcción y de fabricación ligera, ya que las protecciones sólo se aplican a los trabajadores contratados por empleadores comerciales, como contratistas de limpieza.  

Fotos: Proyecto de Justicia Laboral

Recientemente, la senadora estatal Jessica Ramos (D, Queens) lideró la aprobación de una ley para proteger los derechos y beneficios de las trabajadoras domésticas prohibiendo aún más la discriminación, mejorando el acceso al seguro de incapacidad temporal y sensibilizando a los empleados sobre sus protecciones en el lugar de trabajo.

“Las trabajadoras domésticas cuidan de las cosas más personales para nosotros y han puesto sus vidas en riesgo a lo largo de esta pandemia para hacerlo”, dijo Ramos en un comunicado. “Merecen las mismas protecciones y derechos hacia un entorno laboral libre de discriminación que cualquier otro trabajador de nuestro estado”.

Sin embargo, de la misma manera que la mayoría de las leyes estatales y federales soslayan a las trabajadoras domésticas que también son jornaleras y tienen más de un empleador, no es probable que el proyecto de ley de Ramos afecte directamente a las mujeres de La Parada.

En su informe, María Figueroa, Directora de Investigación Laboral y Política del Instituto del Trabajador de la Universidad de Cornell, señaló tanto la “falta de datos sobre cuestiones laborales y sobre la dinámica de los lugares de contratación informal,” así como “importantes lagunas en el marco legal existente para proteger a las jornaleras empleadas como trabajadoras domésticas”. 

Según el estudio de 2016, más de dos tercios de las mujeres de La Parada eran las principales fuentes de ingresos en sus hogares y tenían hijos a su cargo en casa o en otros lugares. Además, con un máximo reportado de 20 horas de trabajo a la semana, las jornaleras de la esquina de Brooklyn ganaban un promedio de $890 al mes en 2015. Figueroa dijo que esta combinación simplemente no es sostenible para un proveedor de familia promedio, y que es necesario regular las intersecciones entre el servicio doméstico y el trabajo por jornada.  

Cuando la marcha del 16 de junio terminó, Aguilar guardó su bandera de México en su bolsa y se sentó a conversar junto a sus compañeras de La Parada en una banca de Domino Park. 

Las trabajadoras se prepararon para ver el estreno de “Misterio,” una nueva canción de la artista chilena Anita Tijoux, realizada en colaboración con mujeres de La Parada, quienes aparecen a lo largo del video musical. Una leyenda apareció al inicio del video: “Tu ves nuestras caras, nuestras manos, y aceptas nuestra labor… debes reconocer nuestra humanidad también.” 

Las trabajadoras se señalaron a sí mismas, reconociéndose en las tomas del video y recordando sus experiencias al grabarlo. “Me siento muy orgullosa de estar aquí con todas mis compañeras”, dijo Aguilar. “Hoy nos vieron, se dieron cuenta de que existimos. Pero falta mucho camino por recorrer,” le respondió Teresa, una trabajadora de La Parada que prefirió no dar su apellido.  

Fotos: Proyecto de Justicia Laboral

“Queda un hueco para trabajadoras del hogar empleadas por hora o por día, no las protege ninguna ley,” dijo Valdez. “Su trabajo no es apreciado en ningún sentido — ni económica, ni política, ni socialmente.” 

“Muchas noches no puedo dormir pensando en el día siguiente, siempre estoy preocupada por conseguir trabajo”, dijo Aguilar. “Lo que me ha motivado es sobrevivir, pero vivo al día y es agotador.” 

Después de un año inimaginable de pandemia, Aguilar dijo que, a pesar de todo, se siente optimista. La trabajadora mexicana dijo que seguirá luchando para asegurar que le paguen tanto a ella como a sus compañeras $15 por hora, que sus empleadores les otorguen el equipo necesario para limpiar de manera segura, y que cada vez menos personas “abusen de mujeres como yo solo porque no trabajamos para una empresa o no tenemos papeles.” 

Aguilar dijo que también seguirá estudiando para mejorar sus métodos de limpieza con cursos, videos, y tutoriales en línea. “Seguiré a pie de lucha,” dijo. “Uno nunca puede dejar de exigir su dignidad.”

More than a year into the pandemic, day laborers in Brooklyn fight for their rights

Martha Daniela Guerrero

In celebration of International Domestic Workers’ Day, dozens of people marched across Williamsburg Bridge on June 16. Crossing from Manhattan, the group made up mostly of migrant domestic workers arrived in Domino Park, Brooklyn, where they shared testimonies about the precarious conditions of their work. 

“We are the women who risk our lives and those of our families for this city,” said Merced Aguilar, a Mexican immigrant who has worked as a domestic cleaner since 2013, when she arrived in New York after more than fifteen years in California. “We have fought Covid-19 from the homes of so many New Yorkers, cleaning and disinfecting, making less than $15 an hour. We need this city to see us and recognize us.”  

Aguilar, originally from San Juan Calmeca in the municipality of Tepexco, Puebla, wore a red T-shirt with a sketch of a raised fist, and a matching bandana that read “Better Wages.” With half of her features covered by a black face mask as she walked under the intense sun rays, Aguilar’s bright brown eyes stood out, framed in black-and-white eyeliner. She pulled out a small Mexican flag from her bag and began waving it through the streets of New York City. 

In the company of dozens of house cleaners, migrant construction and food delivery workers, and activists from Workers Justice Project and National Domestic Workers Alliance, Aguilar marched on behalf of Liberty Cleaners, a collective of women day laborers created four years ago.

“We started with a small group of women seeking to make their hourly cleaning work better paid, safer, and less prone to abuse,” said Maria Valdez, an organizer of Workers Justice Project, a Brooklyn-based worker center and community organization that works directly with the women of “La Parada.” 

Tras más de un año de pandemia, jornaleras migrantes de Brooklyn luchan por sus derechos

For nearly two decades, a group of up to 150 women has gathered daily at the corner of Marcy and Division avenues in Williamsburg, Brooklyn, to seek work as day laborers in domestic cleaning, residential construction, and food processing. Aguilar arrived in the corner known as La Parada in the summer of 2013. “A friend told me it was a stop for women who needed work,” said the 43-year-old single mother. “She told me, you stand here, and people are going to come and employ you. They’re going to give you $10 an hour.” The curb overlooking the Brooklyn-Queens Expressway is part of a Hasidic Jewish neighborhood, whose residents employ most of the women as domestic workers. Commercial contractors also recruit them for odd jobs in construction and manufacturing.  

On June 16, Aguilar and many of her fellow women at La Parada marched in protest of poor working conditions. On their way to Domino Park, the day laborers who refer to themselves as “the women of Marcy” sought to make visible the havoc that the Covid-19 pandemic wreaked on their line of work, including the death of a cleaner from the virus, a massive wave of unemployment, and no government assistance for more than a year of uncertainty.

“It’s like a Raffle That You Can Win or Lose.”

On a warm June morning, weeks before the Williamsburg Bridge March, Aguilar stood at the corner of Marcy, ready to work at 7:45 am. Her hair, short and dark, was slicked back and covered with a woven mesh to keep her face clear to clean and disinfect. After adjusting her uniform, which consisted of a navy-blue smock, black pants, and slip-resistant shoes, Aguilar surveyed her surroundings, waiting for an employer to choose her. 

Like Aguilar, most of the day laborers arrive at La Parada as early as 7:45, and do not leave until around 5:30 in the afternoon. Like Aguilar, most are migrant workers, from Mexico, Guatemala, Honduras, El Salvador, Ecuador, Albania, Poland, and Romania. 

According to the 2016 study Defending Dignity: Women Day Laborers in Brooklyn, NY, published by the Worker Institute at Cornell University, there are approximately 34 day laborer hiring centers in New York City. La Parada is the only site frequented exclusively by women. 

According to researchers, the Brooklyn corner has a “large and permanent core of women seeking employment.” Although these day laborers are not required to stay at La Parada for any set period, workers and activists said that most of the women are forced to stand for up to eight hours a day due to their dire need for employment, which also decreases wages, which can be as low as $8 an hour. 

Without any shelter or sanitary facilities, more than 50% of the women reported contracting urinary tract infections since they began frequenting Marcy’s corner. “You have to go through heat, cold, hunger, thirst, until you can grab a two- or three-hour job,” Aguilar said. 

In recent months, the number of workers has grown, as unemployment and an increase in migration flows have led to the arrival of many new women. In addition to those who have recently migrated, women who once worked in nail salons, restaurants, and other service sectors devastated by the pandemic flocked to La Parada and stayed. “There are always new women in deep need, willing to work for less, and employers know it,” said Yadhira Sanchez, director of Workers Justice Project’s Williamsburg worker center, which is very close to La Parada. 

Aguilar said some weeks are better than others, but since the pandemic began in March last year, she hasn’t broken past $400, no matter how many days she comes to Marcy’s corner, or how many hours she’s willing to work. “It’s like a raffle you can win or lose,” she said. “I get up early determined to get work, but it’s not just up to me. There are weeks when I don’t make more than $200.” 

“You Have to Cry in Silence”

Aguilar arrived in California at age 19, in 1997. Shortly after crossing the border, she began sending money to her family in San Juan Calmeca. Aguilar worked in restaurants and food packing plants, supporting her parents and a dozen siblings. “I couldn’t call them very often, because there wasn’t a phone in my town, there was a booth and they had to bring people in to talk.” 

Aguilar met her son’s father in California, who left her when her son was one year old. “He wouldn’t even tell me where he was going,” Aguilar said. “One day he left for work and never came back.” Aguilar believes her former partner returned to Mexico, but from that point she took full responsibility for her son. 

For decades, Aguilar faced the challenges of having to work around the clock as a single mother. One of the first times she left her son with a friend’s mom, she received a call hours before the end of her shift at a packing plant in California, where she worked before moving to New York. “She told me come get your boy, he’s been crying all day and the neighbors may call the police,” Aguilar said. “At that moment, I felt so sad, because I knew I still had three hours of work. He was a baby and he needed me, but when you’re the only parent, you can never stop working.”

According to figures from the Worker Institute study, about 40% of La Parada’s female workers are the primary family provider, supporting up to 3 children. 

Although when she started working at Marcy’s corner, Aguilar’s son was already a teenager, she soon realized that at La Parada she would face new challenges.

“I had to get used to not controlling my working hours, working for $10 an hour, cleaning for four hours without breaks, without a glass of water. Very few people know what we have to do to earn $100, to say, these $100 are mine,” said Aguilar. “My work is honest and decent, but it’s very hard. You have to sleep with pain in your hands, in your feet, in your back, in your knees. You have to put up with insults, yelling, and abuse from employers. You have to cry in silence.”

Workers and activists said that, in 2013, $10 an hour or less was the norm at La Parada, and it took years to raise wages to $12 or $13, although many employers still don’t respect this increment. “Years after the $15 minimum wage went into effect in New York, many employers are still breaking the law and refusing to pay minimum wage for work that merits it,” said Ligia Guallpa, executive director of the Worker Justice Project. “And what’s worse is that for the most part, it’s based on discrimination of these workers’ immigration statuses and countries of origin.”  

In addition to extremely low wages, Marcy’s women face an additional set of discriminations that make their work insecure in more ways than one. 

Wage theft is a constant challenge for workers with more than one employer charging on an hourly or daily basis. Cleaners encounter late payments, bounced checks, lower-than-promised rates, and even people who refuse to pay them. 

Cleaners like Aguilar have set up apps like Zelle to prevent employers from telling her they don’t have cash to pay, but day laborers and activists said such measures don’t solve the root of the problem. “They often don’t pay you on time or the original amount they agreed to, and without a contract, you can’t do much,” said Gloria, a worker at La Parada, who chose not to give her last name. “We know it’s day worked, day earned. But many times, if they don’t want to pay, even that’s not true.” 

Maria Figueroa, Director of Labor and Policy Research at Cornell University’s Worker Institute, led the Defending Dignity survey of more than eighty day laborers, in collaboration with Jews for Racial & Economic Justice (JFREJ) and the Worker Justice Project. 

Around 42% of women reported being underpaid and more than 75% reported working fewer hours than previously agreed upon. No breaks when working four- or even eight-hour shifts, as well as verbal abuse and sexual harassment also stood out as issues for workers.  “Some people see a stop with young women gathered together and assume they provide all kinds of services, including sex work,” Valdez said. “They get a completely wrong idea about the occupation of these day laborers, simply because they are women.”   

The study also found that day laborers face a number of occupational health and safety risks, such as exposure to toxic chemicals contained in cleaning products, having to clean floors on their knees because they are not given a mop, and exposure to human pathogens due to inadequate tools for cleaning bathrooms. 

La Parada workers said that it’s still considered normal among employers not to give them gloves, mops, cleaning supplies, and other tools, let alone food or money for food, even when they work all day in a single house. 

Gloria said that, during her early years as a day laborer, her employers would not give her a mop. “It was a three-story house and I cleaned it all on my knees. I got a lump on my knee. I went to the doctor and he told me I had a bone out of place from putting so much pressure on my joint,” Gloria said. “We need the money, and that has forced us to work like this many times.”

“I’ve been given plastic bags as gloves, I’ve worn used socks and stockings as face masks, one employer gave me an old sleeping gown to wear as a uniform,” Aguilar said. “After that day, I went to buy a cleaning gown and special shoes. It was humiliating.” Aguilar said that although some homes suffer from bug and rat infestations, employers don’t usually provide protective equipment.  

The Worker Institute survey found that 94% of women reported being exposed to toxic chemicals contained in the cleaning products they use without PPE or ventilation. Nearly 80% percent reported suffering injuries or falls from cleaning hard-to-reach places, such as exterior window surfaces and attics. 

“When you don’t know your rights, you think that what employers tell you, or what they ask you to do, is normal. They yell ‘quick, quick, quick,’ and I would get so nervous that I’d do everything they said without thinking about it,” said María, a worker at La Parada who preferred not to give her last name. “You think it’s normal to clean on your knees for hours, to scrub a dirty toilet without gloves, to lean on a window frame to clean it from the outside. But it’s not normal to work like that.”  

Researchers and activists said that the workers’ immigration status tends to be used against them. Despite hiring them to clean, many employers seek to reduce costs associated with basic protections and benefits, such as minimum wage, cleaning utensils and protective gear, and even meal breaks. 

For many women at La Parada, not eating for up to eight hours became commonplace, as did wearing knee pads and carrying their own cleaning supplies and gloves. “We had no food, no money to eat, no time to eat our food even if we brought it,” Aguilar said.  

“It’s a contradiction to expect them show up every day to work and use their cleaning labor, and at the same time not respecting their rights as workers because many are undocumented,” Valdez said. 

“I Was Ruined by the Pandemic”

When Liberty Cleaners was formed in 2017, Aguilar and other workers began to see changes which, while limited, offered a window into how working conditions for Marcy’s domestic workers could improve over time.  

Valdez said that through Liberty Cleaners, many day laborers discovered strategies such as keeping track of their hours, learning English phrases, and writing contracts for their hourly or daily work. “A big part of our goal was to show them that by doing these things, they could negotiate with their employers effectively,” Valdez said. “While they may sound like very small changes, for them, they often made a big difference in their job security.”

In collaboration with the women workers, Workers Justice Project created printed manuals in English, Spanish, and Yiddish, specifying labor standards for cleaners. The cover of the individual guides reads, “Stand Up to Clean Up.” In the first section, titled “Before Work,” small phrases and questions in three languages stand out: How many hours would you like me to work?; Do you have cleaning supplies? I need a mop and gloves. In the second category, “At Work,” the phrases aim to help workers to communicate clearly: Can I use the bathroom?; Can I take a break?; I need to use a mop to avoid chronic and intense pain in my back and knees; I can’t mix two cleaning products because it is dangerous. Finally, the “After Work” section tells day laborers how to secure their pay and seek continued employment: I’m done; Can you pay me, please?; We agreed on $_ per hour; I’d like to work with you again. Call or text me if you would like to hire or recommend me. 

In addition to helping them overcome language barriers with employers through simple phrases, the brochure also emphasizes the rights workers have, including getting paid immediately after cleaning, agreeing to hourly rates before starting work, cleaning safely, and taking a 30-minute break when working for more than four or six hours. 

Gloria, who belongs to Liberty Cleaners, was inspired by the collective to demand improvements in the safety of her work. 

The Ecuadorian-born worker’s eyes filled with tears as she recalled the first time that she demanded a mop from an employer. “I was trembling, but I mustered up my courage and told her if you give me a mop I’ll stay, and if not, I’ll leave, because I can’t clean on my knees anymore. She said no, and still shaking, I grabbed my bag and walked out of the house.” Gloria said. “I was very afraid of losing that job, but I was more afraid that the bone in my knee would stick out even more. In the end, my employer gave me a mop. It was a very happy moment for me.” 

Gloria said that although she doesn’t speak English yet, she understands more. “I don’t say many things correctly, but I try hard to make myself understood. I don’t let myself be crushed like I was at the beginning,” she said. “But there are so many newcomers today who are going through the same things I went through before. Because of the fear of saying something, because of the language barrier, and because they think they won’t find another job, many women accept less than what they deserve.”

For Aguilar, a veteran cleaner and dedicated Liberty Cleaners member, efforts to stabilize the hiring process and establish minimum standards led by Workers Justice Project organizers changed her life. Aguilar learned a lot, and she learned fast.  

The Mexican worker said she focused on communicating more and better in English, began taking cleaning and safety courses, and drafted a contract requiring cleaning tools, paid lunch breaks, and a minimum wage of $15 on weekdays and $18 on weekends. In addition to stipulating last-minute cancellation and late payment fees, Aguilar also began asking for letters of recommendation from her employers. 

Since 2017, Aguilar had made great strides with her clients. “A lot of girls think that they don’t have any rights, that, by asking for a mop, or saying I’m not going to clean windows outside because I might fall, or asking for a $15 wage, they’re going to get kicked out of the country,” she said. “I used to think that, but Liberty Cleaners taught me that’s not true. It taught me to stand up for myself.” 

However, after years of cultivating better relationships with her employers and filling her week with more stable jobs under the contracts she created, Aguilar saw her world come crashing down when Covid-19 swept through New York in March 2020, devastating the city for months. 

“I lost all my cleaning jobs in days. I was ruined by the pandemic, now no one wants to sign my contract,” Aguilar said. “The improvements I fought for eight years just collapsed. Covid left me with no savings, a lot of debt, and a lower level of work and pay, again.” 

According to preliminary figures from a second study of La Parada, conducted last year by the Worker Institute, more than half of the workers suffered unemployment because of the pandemic. 

Additionally, when Covid-19 arrived in New York last year, the health and safety risks that already existed for these women suddenly included the possibility of contracting a deadly virus they knew very little about. 

While nearly 40% said they were unable to work because of the pandemic, around 25% of women surveyed reported being directly exposed to the virus because of sick employers.

Aguilar said that, upon arriving at the home of an employer, she noticed that her husband didn’t leave his room. After cleaning the rest of the house, a visibly ill man, coughing, and without a mask, came out of the room for Aguilar to clean. “When I entered the room, I got goosebumps, I knew what I was about to clean was dangerous,” she said. “I quickly opened the windows, cleaned as fast as I could, and when I was done, I went to the bathroom and washed my hands several times.” Aguilar said she kept expecting for her employer to tell her if it was Covid-19. “She never said anything to me, I finished cleaning and left with that fear of, wait am I sick?” 

Although Aguilar didn’t get sick after that experience, not all of her coworkers were as lucky. “I had a cough, I had a fever, I felt like my eyes were popping out of my face,” said Olga, a worker at La Parada who caught Covid-19 in one of the houses she cleaned, where her employer’s husband was also sick. “I was cleaning behind him, and three days later I started feeling very sick. I spent months recovering. I think about those days, and I don’t even want to remember them, but we have to say this is what we lived through, this is what we survived.” 

During the June 16 march, workers paid tribute to Martha Coyotl, a domestic worker who died from Covid-19. 

“I worked with Martha, she was my friend, and one day we found out that she was at the hospital,” Aguilar said. “After she died, I didn’t want to go out anymore, I was too afraid to work. But I never had a choice.” 

The workers said that although many women contracted Covid-19 by continuing to work in different homes, once they told employers they were sick, they were never hired again. “We always lost, even if the employers were the ones who infected us,” said María, a worker at La Parada. 

Exposed to entering strangers’ homes during the pandemic and working in an Orthodox Jewish neighborhood with high Covid-19 rates, the women at La Parada said that the risk of getting sick was very high.  

Most of the day laborers, however, were forced to assume such a high risk for economic reasons. Without any government aid as undocumented migrants, they couldn’t stay home. “Everyone said stay home, but we had bills to pay, we had to eat,” Aguilar said. “With a lot of fear, we had to go out and look for work, risking our lives and the lives of our families.”  

Aguilar said that even prioritizing work over her own health, she made little to no money each month. “There was no work and even when I did get some, people paid a lot less.” Aguilar said she wiped out two decades’ worth of savings in one year. “Suddenly I had no money to buy food, to pay rent, to keep up with my bills.” 

Aguilar closed her teary eyes as she recalled the early months of the pandemic. “I remember the empty trains,” she said. “I remember being on the empty train, thinking, what am I going to do if I can’t work like I have all my life? What’s going to happen if I get sick, die, and leave my son alone?” 

Aguilar remembers the pandemic as a struggle that never ended. “Sometimes the struggle was enduring a lot of snow or feeling like I was dehydrated in the sun, afraid to drink water so I wouldn’t go to the bathroom,” she said. “Sometimes the struggle was walking into a house and hearing someone cough and praying it wasn’t Covid, or realizing I was going to get paid $12 instead of $15 and knowing I couldn’t say anything.”

Unable to find steady, well-paying jobs as 2020 wore on, Aguilar said most days she waited at Marcy, sometimes for more than 12 hours. Many days ended with no work and in tears. “After hours waiting, coming home with no money would crush me. My son would ask me about my day, and I would just start crying.” 

Aguilar said that if it weren’t for her life savings, she would be behind on rent, like many of her peers. She lives with her 22-year-old son, who just graduated from college, and has been working the night shift at McDonald’s to help with expenses. Aguilar said her utility bills have been piling up in recent months, and cleaning work hasn’t returned to pre-pandemic levels despite reopenings. “There’s less work and a lot more women at La Parada,” she said. “Now I’m afraid of my mail. I don’t want to open my bills when they come in because I’m so far behind. I worry every month about being able to make rent.”  

“It hasn’t been an easy time for anyone,” Aguilar said. “But for us, it was free fall. No one ever protected us, not from the virus, not from hunger, not from living without working.” 

“We Still Have a Long Way to Go”: The Future of the Women at La Parada  

Women at La Parada are particularly vulnerable to enduring substandard working conditions and employer abuse because, as day laborers and domestic workers, they are excluded from legal protections. 

Most labor protection laws in the US are based on a formal employment model. Despite its efforts to provide security for domestic workers, the New York Domestic Worker Bill of Rights ultimately excluded cleaners working in private households on an infrequent basis, and for different people, which represents most of La Parada’s day laborers. Additionally, sections 200, 240, and 241(6) of New York State Labor Law exclude women from La Parada who clean construction and light manufacturing sites because protections only apply to workers hired by commercial employers, such as cleaning contractors. 

Recently, State Senator Jessica Ramos (D, Queens) led the passing of a bill to protect the rights and benefits of domestic workers by further prohibiting discrimination, improving Temporary Disability Insurance Access and raising employee awareness regarding their workplace protections. 

“Domestic workers take care of the things most personal to us and have put their lives at risk throughout this pandemic to do so,” said Ramos in a statement. “They deserve the same protections and rights to a discrimination-free work environment as every other worker across our state.” 

However, in the same way most state and federal laws overlook domestic workers who are also day laborers, Ramos’s bill is not likely to directly help women at La Parada. 

In her report, Figueroa pointed to both a “lack of data on workplace issues and on the dynamics of informal hiring sites” and “significant gaps in the existing legal framework for protecting women day laborers who are employed as domestic workers.” 

According to the 2016 study, women reported a maximum of 20 work hours per week, earning an average of $890 per month. Figueroa said such a low salary isn’t sustainable for a workforce with so many primary breadwinners, and regulation of the intersections between domestic work and day labor are necessary.  

When the June 16 march ended, Aguilar tucked her Mexican flag in her bag and sat down to chat with her colleagues from La Parada on a bench at Domino Park.

The workers prepared to watch the premiere of “Misterio,” a new song by Chilean artist Anita Tijoux, made in collaboration with women from La Parada, who appear in the music video. A caption appeared at the beginning of the clip, “You see our faces, our hands, and you accept our labor…you must recognize our humanity as well.” 

The workers pointed to themselves, recognizing each other in the video footage and recalling their experiences filming. “I feel very proud to be here with all my compañeras,” Aguilar said. “Today they saw us, they realized we exist. But we still have a long way to go,” replied Teresa, a worker from La Parada who preferred not to give her last name.  

“There’s this massive loophole for domestic workers employed on an hourly or daily basis, no law protects them,” Valdez said. “Their work is not appreciated in any sense – neither economically, politically, nor socially.” 

“Many nights I can’t sleep thinking about the next day, I’m always worried about getting work,” said Aguilar. “What has motivated me is surviving, but I live from day to day and it’s exhausting.” 

After an unimaginable year, Aguilar said that despite everything, she feels optimistic. The Mexican worker said she will continue to fight to ensure that she and her co-workers are paid $15 an hour, that their employers give them the equipment they need to clean, and that fewer people “abuse women like me just because we don’t work for a company or don’t have papers.” 

Aguilar said she will also continue to study to improve her cleaning methods with courses, videos, and online tutorials. “I will continue to stand up for myself,” she said. “You can never stop claiming your dignity.”

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